Giras

Sónar 09

Tres días de cielo electrónico

Sonar 09Apenas han pasado treinta horas desde que encaramos por última vez la salida de la Fira Gran Vía dejando atrás la hoguera de ímpetus dionisiacos y hedonismo desaforado en la que Sinden, Jeff Mills o Marcel Dettmann convirtieron la recta final de la última velada de Sónar de Noche. Ya ven, apenas un día de rémora, treinta horas gastadas entre autobuses, camas prestadas, salas de espera, trenes y aviones en modo returning, y sin embargo cuesta evitar la sensación de que todo lo vivido durante los últimos cuatro días -todas las sensaciones acumuladas, todo ese cúmulo de timbres e imágenes almacenados en el espacio de tres días y tres noches de actividad frenética que hacen del Sónar una experiencia tan gozosa como exigente a nivel físico- pasó hace ya mucho tiempo. Por eso, para ir fijando recuerdos mientras nuestros cerebros -aún algo embotados, para qué negarlo- encuentran de nuevo la ruta hacia la normalidad, hoy toca hacer recuento, volver a hacer una última lectura de un festival inusualmente intenso que en tiempos de crisis lacerante ha sido capaz de congregar a unas 74.000 personas dispuestas a divertirse a toda costa. Y vaya si lo hicieron... aunque no sólo de fiesta llevada hasta el paroxismo vive el Homo-Sónar moderno; además de cuerpos deliciosos entregados al hedonismo del baile infinito, por el Sónar también desfilan cerebros con ganas de dejarse sorprender. Agitación física y excitación aural, desenfreno y pan de orden intelectual. En saber abrazar la contradicción reside el secreto del equilibrio. Un nuevo triunfo para Sónar.

Jueves 18

Jueves por la mañana. Litros de café, últimas gestiones previas y directos al Sónar. Año tras año sigue sorprendiendo comprobar la naturalidad con la que el Sónar de Día se integra en el nucleo urbano de Barcelona. Dos calles más allá, la vida transcurre con total normalidad y, casi como cada día, la parcialmente mutilada Plaza del Angels se llena de patinadores y gentes ociosas amantes del sol y el alterne a la luz del día que no le hacen ascos a la lujosa banda sonora que el Sónar les brinda a sólo unos pocos metros de distancia.

Poco después del mediodía, dentro de ese nodo de actividad frenética en el que se convertirá durante tres días el entorno cerrado del CCCB y el MACBA, la gente va goteando. El que llega mira y se deja ver. Los más madrugadores buscan las caras sombras del Village, se reparten los metros de falso cesped, o acampan bajo las lonas del más recogido SonarDôme, un vergel de caras bonitas y gestos relajados, de gentes llegadas de todo el mundo que huelen a mar y visten sus mejores colores para brillar al ritmo de un primer día de fiesta. Sónar es uno de esos escasos enclaves espacio-temporales capaces de regalarte la sensación de estar en el momento justo en el lugar adecuado. No sabemos qué piensan ustedes, pero para nosotros esa sensación es de las que no tiene precio.

El Dôme nos regaló los primeros mejores momentos de la mano de Mwëslee y Chelis, un vigués y un zaragozano, dos cabezas y cuatro manos entregadas a un baño matutino de sensual y colorista funk sintético. Dos platos, dos lectores de CD, un mixer y MPC al servicio de una lluvia de ideas, vistiendo un estribillo de Adelle de beats fracturados pegados con celo sintético, abriendo el diccionario del future soul y el skweee por algunas de sus páginas más gozosas y representativas, mezclando voces rituales del Magreb con beats gordos y frecuencias torcidas, sugerentes rítmicas de regusto brasileño y delirios psicodélicos. Para cerrar, nada mejor que el “Space Is The Place” de Sun Ra rebozado de ruidos y ecos. Para ellos fue la primera tanda de merecidos aplausos justo antes de que el barcelonés Miaau llegara a seducirnos con su electrónica emotiva y cinemática. En sus manos el techno es sólo una herramienta, un juego de escuadra y cartabón electrónicos con los que delinear densas fantasías instrumentales que apuntan a extraños y oníricos parajes que poco tienen que ver con los dominios del club de baile. Muy sugerente lo de este micho.

La mañana se movió en terrenos deliciosamente tranquilos, con mucha música para escuchar sentado, para degustar con calma y destensar los nervios que nos procura la vida. Y esa va a ser una de las tónicas dominantes de un Sónar en el que este año abunda el beat making de perfil relajado, ese downtempo que mira de reojo al funk púrpura del futuro, que se envenena de psicodelia ligera, o se jacta de su deformidad de acento wonky.

El sospechoso habitual Jeff Mills protagonizó el primer momento grande en el Village. El de Detroit desempolvó su disfraz de The Wizard para, a cuatro platos, y tirando de vinilos viejos -en alguna que otra ocasión le llegó a saltar la aguja-, rememorar sus tiempos de DJ radiofónico al lado de The Electrifying Mojo. Como en aquellas legendarias sesiones, Mills volvió a exhibir su fascinante capacidad para mezclarlo todo con una facilidad pasmosa, despachando una soberana sesión a base de generosas raciones de funk y disco, de oscuras rodajas de electro robótico, techno primigenio, y mucho -pero que mucho- proto-rap. Curioso ver cómo la gente respondía con mayor entrega ante los ritmos más tórridos y orgánicos, o ante el boom bap de los clásicos himnos del hip-hop más old school, devolviendo un feedback considerablemente más frío ante los sonidos más sintéticos y abstractos, ante esas perlas viejas del techno y el house primigenio o la más atávica EBM que de cuando en cuando colaba en la mezcla. Por sus platos pasaron desde Erick B & Rakim hasta Marshal Jefferson, aunque lo que mejor sabor de boca nos dejó fueron sus citas al hip-hop de los primeros ochenta. Baile al sol y brazos en alto disfrutando de una generosa lección de historia en torno a las músicas de baile de raíz negra.

Jeff Mills 1.m4v
Luomo se disfrutó como un sorbete amable, como un tentempié en terraza de copa fina que no consiguió despertar las pasiones de casi nadie de los allí presentes. Quizá no fuera la mejor hora para disfrutar de lo suyo. Como nota curiosa, junto a Ripatti, en el escenario, estuvo en todo momento el animoso Jake Shears (el cantante de Scissor Sisters), contoneándose de forma divertida a la espera de que le tocara encargarse del micro. En un proyecto, el de Luomo, que en tiempos recientes descansa en multitud de voces ajenas, se agradeció la presencia de una garganta real sobre las tablas del Village. Mejor cuando él cantó que cuando las voces llegaban a nuestros oídos disparadas desde un disco duro.

Luomo 01.m4v
Mulatu Astatke brilló en su papel de padrino del ethio-jazz, llevando las canciones de su reciente “Out There” (Strut, 09) a terrenos mucho más orgánicos en compañía de The Heliocentrics. Hay algo en sus fraseos tranquilos, profundos y fluidos, en las líneas melódicas de sus metales, en los dibujos del vibráfono (que se oía menos de lo que nos hubiese gustado), en lo cadente y sinuoso de esa música templada empapada de jazz y psicodelia exótica, de funk americano y afrobeat nigeriano, que resulta extrañamente balsámico, narcótico. Que lo suyo embriaga, vamos.

Mulatu Astatke.m4v
Débruit se convirtió en una de las sorpresas -o no, porque en sus discos ya venía apuntando muy buenas maneras- de la jornada. Volcado sobre la pantalla de sus dos laptops (uno, el principal, cubierto por una toalla blanca que te llevaba a buscar analogías con el eterno pañuelo blanco de Louis Armstrong), el parisino brilló repartiendo andanadas de future funk de tremenda pegada, beats tan gordos como cojos atravesados de torcidísimas melodías sintéticas en clave de p-funk futurista que hacia el final de su actuación fueron dejando paso a especias más exóticas: algo de house anoréxico condimentado de efectos y pitidos digitales, una especie de dancehall caribeño que fue subiendo de revoluciones hasta acabar en terrenos cercanos al kwaito, y hasta un tema elegantemente bordado de guitarras congoleñas. Nos quedamos con ganas de más.

Debruit live @ Sonar.mp3
Onra se mostró desde el principio incapaz de contagiar a la parroquia con sus escuálidas y previsibles bases. De sus dos MPCs (nada de laptop) sólo salieron ritmos un tanto cansinos, repetitivos y esquemáticos, en los que echamos muy en falta el músculo del funk o la presencia de esos arabescos de exótica orientalista que hacen de sus discos experiencias tan recomendables.

Onra.m4v
Filastine, envuelto en la oscuridad cómplice del Convent del Angels, y ocasionalmente acompañado de una violinista -y chelista- francesa (de Lion, aunque sus aportaciones apuntaran a las músicas tradicionales del norte de África) y de una MC norteamericana (de Nueva Orleans, aunque no nos pregunten por sus credenciales, que somos muy malos recordando nombres), el americano errante se lució multiplicando la pegada de su electrónica global para brindarnos una de las mejores actuaciones de la jornada del jueves. Percusiones reales de acento altermundista sobre bases apretadas con sabor a dub y a electro booty, a folclore arabesco y dubstep wonky. Las frecuencias bajas bufaban en las cajas antes de salir catapultadas hacia sienes y pecheras, haciendo de su apuesta una experiencia eminentemente física, algo muy de agradecer habida cuenta de la escasa presión sonara (si les decimos que vimos a agentes municipales midiendo los volúmenes de ruido en los exteriores del complejo entenderán el porqué) que exhibió el soundsystem del Dôme durante todo el día.
Filastine.m4v
The Sight Below a levantar sus nebulosas de filiación shoegazer en el escenario SonarVillage (el más grande) a eso de las 19:00 de la tarde fue una decisión arriesgada. Su música hubiera encajado mucho mejor en horas más tempranas y en un entorno más recogido, quizás en el SonarHall, un escenario que se le acabó quedando pequeño -de nuevo aforo completo y gente haciendo cola para poder acceder hasta los bajos del CCCB- a los congoleños Konono N°1 y a sus aquelarres rítmicos a golpe de percusiones repetitivas y sus tres punzantes likembes electrificados.

Esperados tras su baja del año pasado -las autoridades les denegaron los pertinentes visados-, la gente disfrutó de lo lindo de su trance africanista a la manera de la tradición bazombo. Likembes que tan pronto suenan a frases de guitarra eléctrica como a secuencia electrónica, unas líneas de bajo ondulantes y profundas que no sabes desde dónde suenan, y canciones larguísimas, ritmos eternos, que van ganando o perdiendo dinámica al antojo de los gestos físicos de unos músicos que parecen haber vivido más de siete vidas. Tarde o temprano, aunque no quieras, aunque estés a otra cosa, su insistente y cálido remolino rítmico acaba por absorberte. Al final no te queda más remedio que bailar y bailar. Cuántas sonrisas de satisfacción vimos en la cara de quienes salían del Hall empapados en sudor.

Konono No.1.m4v
Young Fathers. La suya es una apuesta fresca, colorista y desenfadada, que se mira en el espejo del hip-hop de la vieja escuela para acabar travistiendo ese reflejo a base de moderno y hipster electro-hop, de pop sintético, algún eco dub y algún que otro discreto deje soulful. A su manera refrescantes, aunque su propuesta aún necesite de un par de veranos para acabar de madurar y dejar de pisar los suelos del hipster rap intrascendente e inocuo.

En SonarHall, Quayola se dedicó a exprimir las posibilidades del software audiovisual fusionando vídeo generado en tiempo real -figuras geométricas planas, moviéndose y generando planos bidimensionales sobre una pantalla que se convierte en lienzo sobre el que experimentar con la idea de la representación visual del propio sonido- y una electrónica crujiente y clickeante que no tardó en animarse para acabar provocando los primeros vaivenes de fiesta.

La pelirroja Elly Jackson se suponía uno de los platos fuertes de la jornada de día de ayer, pero no, la de Brixton no estuvo a la altura de su recientemente adquirida condición de nueva estrella del electropop británico; vamos, que no terminó de cumplir con todo lo que esperábamos de ella. Nadie puede negar que La Roux han amasado un puñado de hits pop incontestables, de esos que uno entiende que suenen hasta la saciedad en clubs postureros, radios, iPods, casas y hasta Zaras de todo el mundo, pero en directo la cosa aún cojea de alguna pata. Aunque parece ganar tablas cada semana (servidor la había visto hace cosa de veinte días, en la capital alemana, y allí se había mostrado aún más sosita), la presencia escénica de la Jackson (ropajes de arlequin y tupes en crecimiento al margen) es bastante escasa, tanto como su interesante voz cuando le toca moverse por terrenos bajos; o sea, La Roux tiene una voz natural tirando a aguda, una voz que en disco queda bien maquillada, engordada en cuerpo y equilibrada en matices, pero que en directo se gana por momentos la condición de voz "de pito". Además, los teclados sonaban poco empastados, sin el cuerpo, el brillo y el esplendor que tienen en el disco, y las bases quedaban quizás demasiado altas, demasiado secas. Eso sí, de tontos nada: saben que les basta cerrar su concierto con sus dos últimos singles encadenados para acabar con medio público -el inglés, sobre todo- entregado.

Laroux.m4v
Huw Stephens (presentador del programa "Introducing" de la BBC Radio, responsable de la selección de buena parte de los artistas que pasaron ayer por el escenario Village) mantuvo los niveles de euforia altos cascándose una tremenda remezcla del "Bonkers" de Dizzee Rascal (feat. Armand Van Helden) en clave de drum'n'bass hipervitaminado que puso a temblar el cuello de buena parte de los allí congregados antes de lanzarse a servir raciones de músicón de discoteca -nada de club fino- británica. No sé si me entienden.

Al final el gran triunfador del Village, sección "Introducing", fue el orondo Bass Clef. Tocando cencerros, silbatos, soplando de cuando en cuando su trombón de varas con flujo hipohuracanado (aquello a veces parecía el eco de una banda de calipso con los pies bañados en ketamina, otras el grito de un cuerno africano perdido entre pliegues de sol en medio de la sabana) sobre bases de booty dubstep, dancehall zumbón y house turulato borracho de dub que a veces parece tirarle piropos al paso perdido del favela funk y el kwaito.

Bass Clef.m4v
Dorian Concept cumplió con su papel de malabarista del funk sintético ensortijado y mutante. Lo suyo son las métricas burlonas. Beats bastardos de pedigrí compartido entre la IDM más electrosa, el dubstep, y el hip-hop más revoltoso, y el joven Dorian luciendo digitación agil e inventiva melódica sobre las teclas de sus sintetizadores. Filigranas de jazz-funk espacial, weird techno trompicado y espirales de efectos, blips, burbujeos sintéticos y ritmos cojos con pocas ganas de quedarse quietos.

Dorian Concept.m4v
Hank Schocklee ( Bomb Squad) empezó flojo, pinchando reggae clásico y hip-hop sin ni siquiera preocuparse por mezclar. Mucho mejor cuando puso su laptop al servicio del dubstep de nuevo cuño, comprimido, electrónico y oscuro. Con él, uno empezó a darse cuenta de que ayer el Dôme sonaba infinitamente mejor que el primer día. Bajos a presión.

Tras el Bomb Squad, Mike Slott se olvidó de su perfil más downtempo para despachar wonky sideral, dubstep house rarito y electroso, y future funk robótico. Al chico le mandaron parar varias veces para seguir cumpliendo con ese respeto escrupuloso a los horarios que tanto se agradece en Sónar, aunque esta vez nos quedamos deseando que lo de Slott pudiera alargarse, sobre todo porque la rubia de Croydon que debería haber venido después no vino.

A ultimísima hora, Goldielocks se cayó del cartel. En su lugar, Ruari y Mano Le Tough se prestaron a hacer un set a cuatro manos en el que fluyó el house sin remilgos para el deleite de la gente con más ganas de agitar el hueso. Los más prefirieon bajar al Hall a ver a Micachu and The Shapes y, señores, aunque cueste decir exactamente el qué, estos jovenzuelos se traen algo entre manos. Son como los hijos bastardos de DNA y Rosa Yemen crecidos a base de grime y electrónica díscola. O una reencarnación naive de John Zorn jugando a mezclar noise, free jazz o hardcore-punk, presentando el resultado en forma de garabatos de (electro) pop inusitado. Micachu sería poca cosa sin sus dos sonrientes acompañantes, porque en realidad son The Shapes y no la menuda Mica quienes llevan todo el peso instrumental del asunto. En el espacio de diez minutos pueden recordar a Spacemen 3, a Broadcast, a Theoretical Girls, a Wiley, a Sonic Youth, a Basil Kirchin, a Arto Lindsay o a The Locust y a la vez sonar frescos, contemporáneos y suficientemente propios. Antes, el japonés Ryuichi Kurokawa también consiguió llenar el Hall con una de las propuestas más experimentales de las vistas hasta ahora en esta edición de Sónar. Frecuencias puras y sólo ocasionalmente extremas desintegrándose en nubes de polución estática y ruido ambiental mientras tres proyectores escupían visuales minimalistas de altos vuelos.

El último triunfador de la jornada de día fue Omar Souleyman. Quien se acercara al escenario Village sólo con ganas de reírse del circo exótico y el techno-folk de gasolinera del sirio abigotado debería haber quedado gratamente sorprendido. En medio del Raval barcelonés, el trance oriental del talludo Souleyman consiguió poner a hervir (además de divertir) el patio grande del Sónar. A eso en mi barrio se le llama doble victoria, para el sirio y su reducida banda (seguro que ese al que presentaron como responsable de la poetry era su guardaespaldas) por un lado, para el festival con arrestos para contratarle (muchos eran los que dudaban de que una figura como Souleyman encajara en un evento como Sónar) por otro.

Omar Souleyman.m4v
XXXchange a base de banging house grueso, pasajes progresivos y electro-hop subido de tono con regusto a sexo en las calles de Baltimore. Al final, hasta se atrevió con el deep house con diva, y a la gente debió de gustarle, porque fue en ese momento cuando una docena personas decidió tomar el escenario para lucir palmos de piel y seducir bailando hasta que el pesonal de seguridad se encargó de volverles a poner los pies en el suelo.

XXXChange.m4v
Grace Jones tardó casi una hora en salir -mejor sería decir "bajar parsimoniosamente en una plataforma-grúa"- y eso, esos primeros segundos de magnetismo, su salida ataviada con plumas y máscara negra mientras encaraba "Nightclubbing" ante un público expectante, fue lo mejor de su concierto. No deja de ser sorprendente comprobar como, a sus sesenta y pico años, Grace Jones sigue conservando una poderosa fuerza escénica, pero a esas horas y en la Fira... Algunos dirán que la Pantera Negra fue la estrella de la noche, aunque a nosotros lo suyo nos hubiera encajado mejor en horas más tempranas y en un entorno algo más recogido y amable. La jamaicana se cambió varias veces de chaqueta y de sombrero, y mientras se paseó por las aguas más densas de su último disco -reggae cadencioso, funk electrónico de bajos pesados, soul-pop estilizado, bombeo dub y fulares techno-, además de repasar canciones clásicas, hasta la "La vie en rose" ( Edith Piaf) o "Libertango" ( Astor Piazzola) cayeron.

Nos perdimos la mitad del concierto de Little Boots por tener audiencia con Richie Hawtin (al final, un mínimo malentendido le llevó a darnos plantón). De entre lo que oímos, nos gustó como sonaron "Mathematics", "Remedy" o "Earthquake", y llegamos a ver su cierre con "Stuck On Repeat" causando alborozo entre un fuego de luces blancas.

Tras la Jones, en el enorme SonarClub los neoyorquinos James Murphy y Pat Mahoney soltaron con técnica gruesa perlas polvorientas de disco vintage y house añejo demostrando que no hace falta contar con una finura prodigiosa en la mesa de mezclas si entre tu colección de discos hay toneladas de joyas oscuras. Luego, Hawtin a lo suyo. El Traktor que mezcla solo, sección doble de efectos, y un dechado de techno crujiente, cerebral y frío que hizo las delicias de su legión de admiradores y dejó un tanto fríos a otros. Si alguien anduvo en plena pista atento al Twitter DJ de Hawtin, que nos cuente si le pareció de utilidad el invento.

En SonarLab, Joker brilló por encima del resto - Martyn estuvo flojo, intercalando algún que otro tema propio y contados pepinos dubtec en un set algo descafeinado en el que hubo mucho house y algo de techno resonante- de ahijados de Mary Anne Hobbs con una sesión cargada de future dubstep, bajos gruesos y pulsantes, glitches psicóticos y filigranas melódicas cargadas de intenciones funk. Al margen de sus tracks propios (su "Digidesign" llegó a sonar hasta en cuatro ocasiones, su "Play Doe" junto a Rustie juraría que al menos en dos), y alguna cosa de Jakes o de sus compadres Gemmy y Guido, costaba reconocer la mayoría del material que el joven bristolian estaba pinchando. En otras palabras: hay por ahí un buen montón de temas enormes esperando a ser localizados. Rastreen. A la vera de Joker, Martyn, Flying Lotus, Gaslamp Killer y demás crew no pararon de bailar y animar desde un lateral del escenario.

Buraka Som Sistema salieron al escenario crecidos, exhibiendo un inagotable fuelle rítmico y un sonido enorme que puso a bailar a todo el que se dejó caer por el SonarPub a base de kuduro futurista y funk del guetto global. Poco después fue el turno a los italianos Crookers, y lo de Crookers cuesta explicarlo... Lo suyo es una auténtica burrada. Electrohouse gonzo, dubstep zumbón de wooble estratosféricos, remedos de favela funk reducidos a su esqueleto rítmico más básico, pitidos, subidones, enjambres de ensordecedores ruidos agudos y hits golpea cabezas a ritmo de techno riguroso y acidorro.

Antes de que los italianos nos dieran de baja, Heartbreak se mostraron menos histriónicos -y más disfrutables- de lo esperado. El bigotudo Muravchik, sus falsetes y sus poses, se revelaron como un oasis extravagante de emocionalidad pop y drama kitch. Ante un público más bien escaso (había bastante gente pendiente de lo suyo, pero poca en comparación con los muchos miles de almas que se agitaban en los otros dos escenarios) pero agradecido, los londinenses nos regalaron con pasión su bisutería italodisco, su electro replicante y su muy amanerado synth-pop. Su mundo es tan rematadamente ochentero y hortera que acaba resultando entrañable.

Sábado 20

La tercera de las jornadas de día de este Sónar se reveló como un dado de tres caras bien definidas: la estrafalaria (o “exótica”), la experimental (o “avanzada”), y la bangin' (o “gamberra”). En el primer grupo hay que contar a Txarly Brown y su “Achilifunk”, calzando rumba con alza electrónica, maquillando guitarras de parranda y voces con olor a aguardiente con drum'n'bass de puesta de sol y rítmicas amables robadas del clubbing más reposado y cool. A la cabeza del segundo, el experimental, habría que situar a Ben Frost y a la plana mayor de Raster-Noton.

Mientras el venezolano Cardopusher despachaba dubstep lento y algo plano (mucho mejor hacia el final de su sesión, entrando en los terrenos de la mutación dancehall y poniéndose algo más booty, aunque casi que nos quedamos con lo que vino antes, los portugueses Octa Push pinchando bosquejos de techno bass, garage sucio y dubstep bruto y hormonado, ese que se construye a base de basslines exageradas que son como puñadas sintéticas, al estilo de sellos como Dub Soldiers o Dub Police), el australiano Ben Frost abusó (en el mejor sentido) de guitarras y efectos, de beats hondos y saturación digital, de épica noise (casi doom) y silencios densos bajo la cúpula de la Capella dels Àngels. Incómodo durante la primera mitad de su concierto por culpa de unas cajas que crujían al no ser capaces de dar respuesta a sus demandas de frecuencia, Frost acabó contando con la diligencia del equipo técnico y la paciencia y complicidad del público (respetuoso y ensimismado con una propuesta de escucha nada sencilla) para acabar de armar como dios manda sus oleajes de abrasión electroacústica a base de guitarras procesadas y ambient electrónico de humor glacial. Escrito en una pegatina adherida a su guitarra: “God, guts and guns made America. Let's keep all three”. Previsible, y aún así tremendamente físico e hipnótico.

Cardopusher.m4v
Ebony Bones por estar entrevistando a Olaf Bender (próximamente en sus pantallas nuestra charla con Byetone).

Ebony Bones.m4v
SND, Byetone y su compadre Alva Noto se dedicaron, al hilo de sus más recientes discos, a reinventarse en el plano rítmico haciendo gala de un músculo y una actitud maximalista (sobre todo en el caso de Byetone, abusando del ruido y de las modulaciones, creando por momentos una suerte de efecto de trance ciberdélico por la vía de la sobrecarga aural) que nos podría llevar a hablar de lo suyo como de una suerte de “technoise” extremista. Como curiosidad, comentar que entre el público, en mitad del Hall, y pasando sorprendentemente desapercibido, Richie Hawtin estuvo en todo momento atento a la visceral performance de Alva Noto. Definitivamente, Raster-Noton went clubbing, y uno no puede dejar de pensar que su aproximación tangencial al mundo del ritmo funcional al servicio de la agitación física debería traer nuevos aires -inspirarle a algunos nuevas vías- al mundo del (minimal) techno.

Alva Noto 01.m4v
Cuole de Song caldeaba los ánimos a base de house tórrido y profundo de acento rítmico africano, y Busy P (lo del gamberrismo iba por este) exprimía el ánimo festivo de los cuerpos hacinados en el Village a base de electrohouse, disco, funk, r&b... En dos de los momentos que pasamos por allí sonaron desde Bucketheads hasta Justin Timberlake, además, claro, de electro tuercecuellos y mucho house beodo y filtrado escuela Ed Banger; a todo, sin distinción, respondía la gente con máximo alboroto conscientes de que ayer era su último día de fiesta mayor con garantía (o coartada) Sónar.

Quien esto escribe llegó a la noche con los sentidos un poco nublados, gozosa nublazón a la que también contribuyeron -benditas ellas- las fantasías psicodélicas de Animal Collective. Comenzando con el colorismo hipnótico de “My Girls”, el trío animal ofreció un concierto remarcable -controlado, compensado, colorista y narcótico- que sin embargo sólo pareció gustarle a unos pocos. Se atrevieron a jugar con preludios e interludios ruidosos, a alargar los temas hasta casi los diez minutos cuando hizo falta, a sonar por momentos densos y psicóticos sin descuidar el perfil más pop -pop gloriosamente armónico esculpido sobre secuencias de electrónica alucinatoria- de sus más recientes canciones. Sin llegar a ofrecer ese concierto memorable que muchos deseábamos, el trío de Baltimore demostró que, también en directo, la suya es una propuesta de muchos quilates.

En terrenos igualmente brillantes se movió el teatrillo oscuro de Fever Ray. Vino sin visuales -apenas unos haces de láser-, pero cuidando el atrezo escénico (un extraño bastón que agitaban como si fuera un tótem mágico, decenas de lámparas de salón en cuyas pantallas servidor veía un enjambre de calabazas flameantes), el disfraz y el maquillaje de cada uno de sus músicos. Lo tocaron casi todo en directo -sobre el escenario había varios pares de sintetizadores, guitarras, congas, y percusiones con regusto a tambores kaito secundando a una Karin Dreijer Andersson entre lo arcano y lo cercano que se lució a nivel de voz- reinterpretando la electrónica fría de su álbum en una clave más orgánica que acercaba -aún más que en disco- sus canciones al terreno del pop sofisticado y sintético de unos Japan con más gusto por lo gótico que por lo nuevo romántico. Hablábamos un amigo y yo de lo espeluznante que sería ver a Fever Ray y a su banda interpretando su música en mitad de un bosque, en plena noche, a ras del suelo, y sin más luz que la de sus lámparas, quietos, semiocultos tras los árboles, o en plan procesión lenta y animista como si una versión escandinava de nuestra Santa Compaña.

Tras Fever Ray, el SonarPub se vació para correr a ver a Orbital. Los Hartnoll hicieron el concierto que tenían que hacer (abrieron con “Lush 3-1”, y poco a poco fueron cayendo canciones tan clásicas en la trayectoria del dúo -y en la historia de la música electrónica de baile de las últimas dos décadas- como “Impact (The Earth Is Burning)”, “Chime” o la siempre emocionante -piel de gallina clueca, siempre- “Belfast”) sacrificando matices melódicos en favor de un sonido especialmente compacto (por momentos, las bases quizás sonaran demasiado fuertes, un poco comprimidas de más). El que fue fan de la banda seguro que disfrutó de lo lindo, y el que no...caminito de la celebración del baile ecléctico (drum'n'bass, house, electro, amagos al trance más elegante, pop y casi cualquier otra cosa capaz de soliviantar a las masas amigas de Albión) en manos de Rob Da Bank o, cien pasos más allá, celebración en petit comité de las encantadoramente zafias maneras mezcladoras -future funk, hip-hop patizambo y bombeo dubstep abusador de graves entre cortes secos, ruidos y scratches de garrafa escocesa- de un mocoso Rustie ataviado con gafas de sol en forma de corazones rojos.

Lo de Crystal Castles se quedó en un coitus interruptus, en un número de teatro mudo por culpa de un problema técnico (parece que las etapas de potencia que alimentaban las pantallas de ese escenario dejaron de funcionar) que hizo que Ethan Kath y Alice Glass estuvieran “tocando” sus máquinas y desgañitándose sobre las tablas del SonarClub durante cosa de quince minutos sin que el público fuese capaz de oír nada (a parte del sonido lejano que escupían los monitores de escenario sobre el grupo). Vamos, que la cosa fuera no sonaba. Tras un parón congelador el sonido vino, e igual que vino se fue. Y nosotros, tras ver a Alice queriendo caminar sobre el público como un joven Iggy era "Raw Power", y tras un segundo parón (luego nos contaron que la cosa acabó en bronca, con Alice destrozando su set de batería y hasta pegando a una de las personas de seguridad de aquel escenario), huimos para ser testigos del embargo colectivo que el salvaje de Sinden estaba alumbrando en SonarLab a base de bass house reducido e hiperrevolucionado. Mientras, en el enorme espacio del SonarClub, el madrileño cósmico Tadeo se entregaba al techno seco y científico con seriedad y precisión. A partir de ahí, este escribiente no se acuerda de casi nada. Tendremos que volver al recinto en busca de nuestras cajas negras.

Luis M. Rguez

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