Giras

Sónar, jueves

Primer día de acontecimientos en el CCCB

Sónar, jueves Toro y Moi

Por Sergio del Amo, Mónica Franco, Álvaro García Montoliu y Mario G. Sinde

Empezó Sónar y empezó bien, como acostumbra: con la llegada del calor intenso, con el desembarco de público en el centro de Barcelona dispuesto a compartir la experiencia cultural y musical que propone el festival. El CCCB se veía lleno y vibrante desde primera hora de la tarde, síntoma inequívoco de que Sónar ha empezado con muy buen pie. Pero no sólo eso: la propuesta musical del día estuvo a la altura. He aquí un repaso a lo más destacado de la primera jornada, la del jueves, ahí donde se empiezan a calentar los motores.

Toro y Moi (SónarVillage)

Aunque no hace ni un año que nos visitaron por primera vez Toro y Moi, su presencia en el Sónar estaba más que justificada a raíz de la publicación de su segundo álbum, el celebradísimo Underneath The Pine, una de las claves de este 2011. Como entonces, Chaz Bundick vino acompañado con una banda. Mientras él se encarga de la voz y los teclados (celestiales sonaron en “Go With You”), el resto de la tropa le secundaba con guitarra, batería y bajo. Tras una breve introducción desenfundó “New Beat”, acaso la mejor canción de su nuevo trabajo. Pero no palidecieron las antiguas – aplaudida y coreada “Talamak”–. En una época en la que resulta tan fácil poner etiquetas a los artistas, el grupo de Carolina del Sur enterró definitivamente el chill-wave al repasar lo bueno y mejor de la música negra de las últimas décadas, desde el funk hasta el R&B pasando por el disco. Porque además, se encargaron de desvanecer todo rastro del crimen ( “Blessa”) reconstruyendo el tema con más matices y dándole un acabado más orgánico. Y para deconstrucción, la que sometieron a “Elise”, convertida en una odisea cósmica para cerrar un notable recital. Álvaro García Montoliu

Red Bull Music Academy (Escenario SónarDôme)

A medida que avanza la tarde, el escenario programado por Red Bull Music Academy se pone hasta los topes y se hace complicado respirar ahí. Pero en las primeras horas, cuando hay espacio y el sonido está bien, es un oasis de buen rollo y buena música, una especie de escisión del Sónar de los otros escenarios donde hay libertad para todo: para experimentar, para poner a bailar a la gente como si estuviera en una playa balear, para jugar con los estilos. Vimos a Pai Mei, el nuevo proyecto de Griffi y Aqeel, y ya supimos entonces que lo de hoy de Matador Rockers va a estar de muerte. Asomó luego Hiroaki Oba, que estuvo tocando techno punzante, y cambió el registro en un giro de 180 grados. Luego, vuelta a girar con AEIOU –bizarrísima performance pop la de los mejicanos; mejor el vestido dorado del tipo que iba con cuerdas que su pop esquizoide–, y más giros cuando se subió Poirier a animar a la fiesta con todo tipo de breaks rotos y conexiones nada casuales con la world music. A partir de ahí, era prudente buscar otros lugares. Mario G. Sinde

Floating Points (SónarVillage)

Tuve que comprobar un par de veces el programa para darme cuenta de que Floating Points no venía a ejecutar en directo su colección de singles para Eglo Recordings, sino que se traía la maleta de discos al SonarVillage. Hizo una buena transición entre el directo anterior de Toro y Moi, a pesar de algún que otro problemilla técnico. Empezó con algo de disco boogie de los ochenta que dio paso al house afeminado y más primigenio. Y desde ese punto tan ambivalente que es la música de baile añeja, Shepherd ha comenzado a testear diferentes vertientes –un poco del UK garage más comercial, un poco de funky house–, ganando en capacidad de sorprender al oyente y en imprevisibilidad. Una lástima que tan poca gente se quedara a comprobar cómo acababa la historia (incluida servidora), pero la masa “huía” en desbandada con la intención de coger un buen sitio para ver a Nicolas Jaar. De cualquier modo, el sol brillaba, el público se movía y, sobre todo, sonreía. No se podía comenzar el Sónar con mejores vibraciones que ésas. Mónica Franco

Nicolas Jaar (SónarHall)

Primera actuación masiva de la edición y primer llenazo insoportable en el SonarHall, algo que se está convirtiendo ya en todo un rito propio del festival. Pero obviamente, el directo de Nicolas Jaar requiere de la sonoridad y el ambiente tenue que otorga el sótano del CCCB. El neoyorquino se subía al escenario con sus instrumentistas colocados en semicírculo, en algo parecido a un rito propio de los aquelarres. El resultante –una vez más este año llego a la misma conclusión después de ver el directo de un artista que despunta– deja el álbum de debut de Jaar en mero trance promocional, en gancho (¡y qué gancho!) para conducir al público a sus directos. Suena a algo similar a la banda que acompaña a Sade mezclado extrañamente con Gotan Project y con toda la elegancia de la que presume el disco de la capital del mundo. Guitarras latentes, percusiones latinas con cierto halo de improvisación; a ratos manierismo jazz, en ocasiones progresiones con crescendos propios del techno. Salvo por lo apretadísimo del ambiente, una experiencia que merece la pena ver y disfrutar. MF

Little Dragon (SonarVillage)

Tras un álbum como “Machine Dreams” había ganas de ver en acción a Little Dragon con la pizpireta Yukimi Nagano al frente (vestida para la ocasión con un vestido comprado en la Méjico de cartón-piedra de Port Aventura), pero todo se perdió en una tediosa presentación de ese nuevo repertorio de “Ritual Union” que hasta dentro de unas semanas no podremos hincarle el diente. Pese a abrir con “A New” (y dejar caer únicamente de su segundo largo “Feather” o la tardíamente celebrada “My Step”), el hecho de que los suecos basaran buena parte de su show en desgranar temas de los cuales no hemos podido empaparnos (aunque “Summertearz” promete, y mucho) estirando hasta la extenuación las bases instrumentales no ayudó demasiado. Poco podía hacer Nagano para levantar el vuelo con su enérgica predisposición. Tras esto debo confesar que me encerré en un lavabo para oír del tirón los debuts de Chew Lips y The Golden Filter para volver a afrontar el festival con una sonrisa. Sergio del Amo

Open Reel Ensemble (SónarComplex)

Pierre Schaeffer estaría orgulloso de ellos, como también lo estarían Trevor Horn, Coldcut, DJ Shadow y otros maestros, históricos o recientes, de la manipulación de sonido vía sampling. Porque lo que hacen estos japoneses chiflados es componer su música –derivada en cierto modo del funk y el rock– a partir de entrelazar muestras de sonido previamente grabadas. La diferencia es que ellos gastan cuatro pares de bobinas Revox, la cinta magnética de toda la vida que ya no se utiliza ni en radio ni en ninguna parte –puro vintage–, que mueven en tiempo real para ir poblando el espacio sonoro de ruidos, contaminación, efectos y voces sin perder en ningún momento el sentido del groove (que para eso van con bajista). Marcianada del día. MGS

Brandt Brauer Frick Ensemble (SónarDôme)

La tarde prometía. Brandt Brauer Frick Ensemble (si me permiten la licencia) estaban destinados a ser la versión docta de aquellos Elektro Guzzi que el pasado año salieron meritoriamente por la puerta grande del festival. Sin embargo, el sonido les pasó la peor de las facturas. ¿De qué sirve venir acompañado de una violinista, una arpista y un hombre amarrado a su trombón (entre otros) si en la prueba de fuego no se puede apreciar absolutamente nada de ello? Si tu cometido en el mundo es reinterpretar el techno bajo la coartada orgánica, el mayor fracaso es que nadie baile a tu son. Y eso es lo que tristemente ocurrió en el sudoroso SonarDôme, ya que los oídos de los allí presentes lo único que pudieron discernir fueron las líneas de piano y las percusiones del macro-combo. No dudamos de su eficacia pero su espectáculo hubiera ganado puntos en otro escenario más propenso a este tipo de propuestas como el SonarComplex o el SonarHall. Les daremos una nueva oportunidad en el futuro. SdA

Tyondai Braxton (SónarHall)

Sentado encima de la mesa rodeado por una serie de máquinas y lanzando loops aturdidores y desconcertantes. Así empezó Tyondai Braxton su actuación, aunque quizá el término más apropiado sería jam, pues durante buena parte del concierto se dedicó a experimentar e improvisar, algo que no acabó de contentar al público, que abandonó pronto la causa y se fue a buscar otros sonidos. Fue éste un recital que en lo musical fue de menos a más pero, en cambio, en cuanto a asistencia ocurrió lo contrario. Se tardó quince minutos para empezar a ubicarse, a saber qué estaba ocurriendo y para eso hizo falta que el ex Battles soltase los beats. De un tipo al que sabemos que le encanta juguetear con los samples de voz y de guitarra esperábamos precisamente eso. Pero su voz apenas tuvo protagonismo, y la guitarra apareció brevemente a la media hora en una versión desacelerada de “Platinum Rows”, la única canción que tocó de su debut, “Central Market”. Y sabiendo que recientemente había interpretado esta joya vanguardista con orquesta, este directo supo a demasiado poco. AGM

Raime (SónarHall)

Los grandes tapados de este Sónar 2011 (en sentido figurado y literal, porque se sabe más bien poco de esta dupla) confirmaron dicha condición ayer a las 20:30. Aunque Raime sólo han publicado dos referencias en Blackest Ever Black, sello de moda para todos aquellos quienes busquen los sonidos más retorcidos, industriales y fantasmagóricos, la suya era una cita ineludible. Insertaron las cuatro canciones que han sacado al mercado hasta la fecha entre un inicio y un final con absorbentes temas inéditos. Los coros espectrales de “Retread” provocaron pavor y los ritmos dubstep cortados con precisión clínica que sonaron en una versión mucho más profunda y punzante de “This Foundry” dejaron perplejos al público. Como si British Murder Boys se volviesen a juntar y dejasen Birmingham para trasladarse al sur de Londres. Sin embargo, faltó mucha más oscuridad y silencio en la sala para infiltrarse del todo en su tenebroso mundo y completar así tan fascinante experiencia sonora. AGM

Ninja Tune & Big Dada Showcase (SónarVillage)

La expedición del sello Ninja Tune y Big Dada llegaba al SonarVillage con el espacio a medio llenar y la mayoría del público apoltronado en el césped artificial esperando a que la música les levantara del suelo. El primer encomendado para ello era Shuttle, quizás el menos conocido de los artistas que iban a pasar por el escenario. Su mezcla de dubstep de bajos atronadores y beats metalizados no consiguió caldear mucho el ambiente. Sin embargo, DELS sí hizo que la gente se concentrara al borde de las primeras vallas esperando a que el MC y las producciones de “Gob” les abofetearan desde las distancias cortas. DELS acribilló con el micro y salió ovacionado del stage pero la ejecución de la banda no consigue despeinarte, sino más bien servir de acompañamiento. El que fuera por los beats salió descontento; el que fuera a cantarse el disco tuvo 45 minutos de entretenimiento asegurado. Tras DELS, Offshore tomaba la cabina abriendo con el gran añorado del line-up de Big Dada: Wiley. “Numbers In action” abría una sesión pletórica, donde se sucedieron cosas tan dispares como zouk, hip hop, riddims de grime, UK garage, funky, jungle y hasta juke, con una facilidad técnica de lágrimas como puños. El Village lucía lleno, en pie y en continuo apogeo durante una hora en la que todos quemamos las últimas reservas de energía de la tarde. Con ganas de un poco más de calma, la cadencia de las producciones de Eskmo –ese toque de texturas orgánicas organizadas metódicamente, siguiendo patrones de cadena industrial– sentó genial para que todos nos relajáramos un poco y apreciáramos los pequeños detalles que se marca este hombre sobre el escenario y que hacen que su hip hop “IDMizado” resulte tan particular. MF

Denseland (SónarComplex)

David Moss es un perro viejo al que nadie le puede toser. Con las partes nobles peladas de los conciertos que arrastra en su currículum, el canoso científico vocal acaparó todas las miradas de ese proyecto llamado Denseland que el pasado año parió junto a Hannes Strobl y Hanno Leichtmann. Aunque su “Chunk” pueda atragantar a más de uno, el trío ofreció un genuino espectáculo centrado en la improvisación matemática. Una guitarra recauchutada de efectos y una batería es lo único que Moss necesitó para empezar a jugar con sus cuerdas vocales. Aunque él no cante (a lo sumo se pone en plan predicador o interpreta el papel de un esquizoide maestro de ceremonias) no se le podía perder de vista en ningún momento. Nos encantaría ver qué lee en su menudita libretita antes de que sus dos compinches se arranquen con los temas. Pero hablando en plata, él es un genio y figura de los que no vemos habitualmente. SdA

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