Giras

San Miguel Primavera Sound, domingo

A morir, matando

Mercury Rev San Miguel Primavera Sound

Por Mónica Franco

A priori, plantear una jornada de clausura para el San Miguel Primavera Sound resulta una locura innecesaria. Cuesta creer que alguien no haya tenido ya suficiente con los tres días de conciertos, actuaciones, paseos, bailes y colas que nos ha brindado la décimo primera edición. Lidiar con el agotamiento físico es otra cuestión a tener en cuenta; han sido tres días muy intensos y, aunque el alma te pueda llegar a pedir más dosis musicales, tu cuerpo –que es quien conduce– te está diciendo basta. Pero de no ser por esta tanda de conciertos en el Poble Espanyol, un momento tan crucial y litúrgico como es el fin de fiesta, que se queda asido a la memoria personal y se entremezclará en años venideros con la versión de la memoria colectiva, quedaría a dispensas de la estampa que presenta el Fórum el domingo por la mañana. Véase: un mar de alquitrán solidificado plagado de millares de vasos de plástico, papeles, colillas y demás residuos. Abriéndose paso entre la basura, pequeños grupos de humanos sucios caminan todos en la misma dirección –sin seguir la misma trayectoria– en busca de un transporte fiable que los lleve hasta casa lo antes posible (y al menor precio). He visto frames en pelis de zombis bastante más bucólicos.

Los valientes que esta tarde se hayan dejado pasar por la Plaza Mayor del Poble Espanyol se llevarán como imagen de fin de fiesta un escenario en tonos malvas, plagado de pequeñas velas encendidas e invadido a ratos por halos humeantes, en el que Mercury Rev tocaban su “Deserter’s Song” mientras el público esbozaba sonrisas francas, aplaudía con entusiasmo o incluso alzaba los puños en épicos arrebatos instigados por el space rock de la banda americana. Una fotografía sobradamente más agradable que la de los zombis del Fórum. Ésa es la imagen que se guardará en nuestro disco duro mental con el nombre “El final del Primavera” y a la que nuestra memoria acudirá cuando el año que viene empiece a desvelarse el cartel de la siguiente edición. Con un poco de suerte, también recordaremos pasajes de la actuación, como los primeros compases de “Holes” con el escenario todavía sin personas pero ya repleto de instrumentos y velas. O a Jonathan Donahue, su lenguaje corporal y su expresividad (sacados de un manual escrito por Bowie). Los de Buffalo dieron salida a su disco de referencia con una interpretación mucho más rimbombante que la versión grabada, restando fantasía y añadiendo solemnidad, que sólo se vio algo malograda por algunos acoples de sonido (los hubo en anteriores actuaciones) y el descontrol de los agudos.

Pero antes de que eso ocurriera, esos héroes anónimos que se dejaron caer por Montjuïc han tenido que luchar no sólo contra ellos mismos y sus condiciones físicas, sino también contra las adversidades coyunturales de la ciudad, que hoy han convertido la subida a la montaña mágica en un videojuego un poco pesado. Los “malos”: fans de Shakira excitadísimos/as e hijos del barcelonismo con ganas de seguir celebrando la victoria en Champions. Por suerte, la temperatura no apretaba como lo hizo el pasado miércoles, y tanto la llegada como la posterior estancia fueron mucho más llevaderos. Obviamente, el público en su mayoría fue muy poco madrugador. Para cuando My Teenage Stride abandonaban el escenario, la plaza estaba a medio llenar. Y sus habitantes sentados, tumbados, tirados o dejados caer en el suelo, formando pequeños grupos. Las conversaciones sobre cómo se saldaba el paso por el festival de cada uno ayudaron a no caer en el letargo y aguantar despiertos hasta las diez de la noche.

La música de BMX Bandits, en ese aspecto, no ayudó mucho. Ese señor gordito y afable que es Douglas T. Stewart se subía al escenario acompañado de su banda, explicando muy amablemente que quería mucho a su compañera de banda, la cual no había podido asistir porque estaba trayendo a este mundo a un nuevo ser humano. Así que suponemos que no fue un concierto muy usual por parte de los escoceses. Con repertorio propio y ajeno, el pop de patronaje sixties y las formas de cuentacuentos de Stewart no pudieron más que servir de hilo musical para la masiva llegada de personas que, contra cualquier pronóstico inicial, acabaron abarrotando la plaza alrededor de las nueve y media de la noche. Dicho en el sentido figurado, todos venían a morir. Pero a morir matando (la décimo primera edición del festival).

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