Giras

Ruido y colorismo, siempre

Ha muerto Cocó Ciëlo, y su marcha es de las que más duelen, por injusta, y por temprana. El aire en nuestra oficina se ha helado, y la pena cuelga incómoda de nuestras caras. Buscamos en la imaginación el consuelo que la realidad nos niega, y soñamos ver pasar junto a nosotros a un Cocó sonriente y cómodo en sus nuevas formas de espectro alado, viajando en dirección a lo desconocido en compañía de los sueños de color y fantasía de todo aquel que llegó a conocerle en vida. Porque muchos eran quienes le querían -muchos más que aquellos que le criticaban, casi siempre sólo en base a sus cada vez más llamativos excesos estéticos- en esta ciudad atribulada y mohína, condenada ahora a ser escenario de una vida más fría, un poco más gris y aburrida.

A Cocó le ha asesinado algún mal nacido, algún enemigo de la singularidad y el brillo. Hace apenas treinta horas que su compañera de piso encontró su cuerpo sin vida tendido en el suelo de casa, golpeado y herido. Los servicios de emergencia sanitaria no pudieron hacer nada para devolverle la vida.

Buena parte del underground de este país llora desde entonces su muerte, una muerte que nos llena de rabia y nos obliga hoy más que nunca a celebrar la vida de un personaje único, todo color y positivismo, un joven que en compañía de su inseparable amigo Mario llegó a España con apenas 20 años dispuesto a ver cumplidos sus sueños, presto a plantarle cara cada día de su vida a la uniformidad y el aburrimiento a bordo de esos vehículos para el inconformismo que siempre han sido sus múltiples proyectos, aventuras de perfiles siempre cambiantes, propias de una mente y una actitud vital inquieta y polivalente.

Las guitarras oceánicas escuela 4AD de los primeros Silvania -los de “Miel Nube Hiel” y “En cielo de océano” (Elefant, 93)- fueron dejando cada vez más espacio a la experimentación con la síntesis digital, los secuenciadores y el sampler, resultando de ese proceso de aprendizaje un álbum tan sugerente como aquel “Paisaje 3” que entregaban a la altura de 1994, toda una pequeña joya del pop electrónico más ensoñador hecho nunca en nuestro país. A mediados de los noventa, Cocó y Mario crearon con sus sesiones Galax -y su sudoroso apéndice en las catacumbas del desaparecido Soma- un oasis de tonos y frecuencias abstractas en la aún joven escena de clubs madrileña, jueves de calado sensorial que fueron dirigiendo los pasos de Silvania hacia una música cada vez más electrónica, ambiental y minimalista que tuvo en “Naves sin puertos” (1998) su más depurado episodio. Tras aventurarse Cocó en solitario en las aguas del techno minimalista y dub -con éxito, el brillante disco que firmó como DJ Galax para Creat en 1999 aún hoy merece más atención de la que llegó a recibir en su día-, a Cocó y a Mario les volvió a picar el bicho de la inmediatez pop, y en 1999 crearon Ciëlo con la firme decisión de empezar el siglo XXI fundiendo con intención vanguardista ideología post-punk y esquemas sonoros de filiación electro-pop en uno de los proyectos musicales más genuinos, coherentes y con más personalidad estética que ha visto España en mucho tiempo.

Siempre mirando al futuro, siempre harto de su pasado, Cocó Ciëlo ha sido y será siempre una estrella en la diferencia avanzando en el vacío, entre destello y destello. Adiós a su lirismo y a su baile infinito. Ruido y colorismo, siempre.

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