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La gente aplaude el parto de esta orca en cautividad, pero la realidad es más deprimente

Quizá sería más apropiado llorar...

Cada vez que en los titulares vemos la palabra "SeaWorld", en la redacción de PlayGround nos echamos a temblar. De la cadena de parques marinos americana solo suelen llegarnos noticias desagradables, como la que publicamos ayer sobre el fallecimiento de una osa polar tras ser separada de su compañera de 20 años. Y cuando no es así las historias son, cuanto menos, agridulces.

En esta ocasión no hablamos de una muerte, sino de un nacimiento: el de esta cría de orca que llego al mundo en su parque de San Antonio. Todos aplauden y sonríen pero, ¿deberían?

SeaWorld, que tiene docenas de orcas en sus parques en Texas y Florida, dijo que Takara, la matriarca de 25 años, dio a luz el miércoles por la tarde. Según han confirmado, la hembra ya estaba embarazada cuando anunciaron que iban a parar de criar orcas el año pasado.

"Este es un día excitante y emocionante para todos nosotros en SeaWorld, también estamos muy orgullosos de compartir esta nueva cría de ballena asesina con el mundo después de un año y medio de planificar, observar y ofrecer cuidado especial", dijo Chris Bellows, vicepresidente de operaciones zoológicas en el parque de San Antonio.

SeaWorld, bajo la presión de un documental lanzado en 2013 en el que se mostraba como la cautividad produce en las orcas terribles daños físicos y psicológicos, anunció en 2015 que para 2019 daría fin a sus espectáculos con orcas. El año pasado, argumentando que "la sociedad está cambiando", prometió que iba a acabar con su programa de cría de ballenas asesinas.

Es deprimente que este tipo de parques temáticos de los horrores puedan hacer que una escena a priori tan bella se convierta en una totalmente desgarradora: esta cría, como muchas otras, ha nacido para morir sin conocer jamás lo que es la libertad. Aunque los espectáculos en SeaWorld acaben ¿qué será de estas orcas después?

Como no serían capaces de integrarse en su ecosistema natural, Takara, su madre, y el resto de su familia acabarán sus días lejos del foso y las gradas donde durante generaciones han formado parte de una lamentable industria, y pasarán a residir en un santuario animal.

Los zoos de cualquier tipo no educan, solo entretienen, y lo hacen de la forma más cruel que uno pudiera imaginar: encerrando y explotando a animales que, en muchos casos, ni si quiera han llegado a saborear por un instante lo que su vida debería haber sido de no ser por nosotros.

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