Feverapp

Esto es lo que pasó cuando intenté usar Fever para ligar

Una app de ocio puede darte algo más que diversión

Una vez me pidieron que probara una app para ligar y escribiera sobre ello. Lo de ligar salió mal, pero el articuló funcionó. Así que en PlayGround me han vuelto a encargar que haga de conejillo de indias. Y sí: cada vez resulta más complicado explicarle a mi abuela en qué consiste el periodismo actual. 

Esta vez tengo que probar Fever, una app para “descubrir los mejores planes de tu ciudad”. Bien. Hace demasiado tiempo que mi ocio pasa exclusivamente por uTorrent y un restaurante de comida india a domicilio.

“La ciudad es grande, deja de esconderte”, dicen en la web de la app. Más tarde esta frase acabará resonando en mi cabeza con cruel ironía. Pero vayamos por partes.

Me bajo la app y lo primero que me piden es que me defina con hashtags. #música, #cine, #food, #party… no. #party no me deja. No puede ser que la app sepa tanto de mí. Ni siquiera he empezado a utilizarla. Luego me doy cuenta de que, en realidad, solo permite escoger tres intereses al mismo tiempo. Veo que también puedes seguir a gente. Tres de mis contactos en Facebook usan la app pero no me apetece cruzarme con ninguno de ellos. Paso.

"Esto no es una app para ligar, es para pasarlo bien"

Empiezo a navegar entre los planes que me proponen. El que más me llama la atención es un Taller de Gin Tonics que se celebra al día siguiente. Será jueves: puedo emborracharme sin sentirme culpable. Y el bar queda cerca de casa. Me apunto.

La app también permite ver al resto de personas que se han unido al plan. Curioseo un poco. De las 7 personas que asistirán, 4 son chicas. No es un mal comienzo. “Esto no es una app para ligar. Es para pasarlo bien”, me recuerdo a mi mismo. Al segundo ya estoy pensando qué podría ponerme para estar presentable.

Jueves, 19:30. Llego puntual. Demasiado. “¿Vienes al taller?” pregunta un tipo con dentadura equina. Afirmativo. “Tú mismo, siéntate, todavía no ha llegado nadie”. Mientras espero saco el móvil y sigo investigando la app. Es algo así como una evolución de los eventos de Facebook, pero menos invasivo y con más variedad. Para alguien acostumbrado a recibir tres invitaciones a presentaciones de libros a la semana está bien saber que hay gente que se reúne para caminar por la zona alta de la ciudad. Entonces levanto la cabeza y la veo. Tiene el pelo alborotado y las piernas muy largas. “Esto no es una app para ligar. Es para pasarlo bien”, repito en mi cabeza.

Se llama Diana. Y no, no he tenido el valor de presentarme. Diana ha venido con una amiga que tenía algo que explicarle; “Diana, tía...”. Caigo en que debe ser la “Diane” que había visto apuntada en el plan. ¿Por qué las chicas más interesantes nunca salen en su foto de perfil de Facebook?

Al tercer gin-tónic me atrevo a dirigirle la palabra por primera vez. Me confiesa que se descargó la app porque una amiga suya trabaja en el departamento de marketing pero que después de probarlo le ha pillado el gusto. Ya es el cuarto plan al que se apunta. “¿Y vas a todos los que te apuntas?”. Debería haberle preguntado. Pero prefiero seguir bromeando con ideas para gin-tónics absurdos. Sus carcajadas son adictivas.

Dos horas y cinco gin-tónics más tarde estoy sentando en el sofá de mi casa. Sigo pensando en Diana. “Esto no es una app para ligar. Es para pasarlo bien”. Hahaha. La ginebra se ríe de ese mantra. Me meto en Fever otra vez y voy directo a su perfil. #food, #moda, #deportes. Bien, coincidimos en dos. Dos segundos después modifico mi perfil y ya coincidimos en los tres. Quiero que me salgan los mismos planes que a ella. Me siento un poco stalker. Pero me justifico diciéndome a mí mismo que lo hago para tener algo interesante que escribir para el artículo.

"¿Dónde me he metido? Encima no hay rastro de Diana"

Escribo un WhatsApp al editor de PlayGround:  

—“¿Podrías darme dos semanas más para lo de Fever? Creo que puedo darle una vuelta de tuerca interesante”.

Mmm, lo tengo que preguntar. ¿Qué idea tienes?

—Creo que esta app puede ser algo más que una fuente de planes. He conocido a alguien. Creo que el artículo puede ser más interesante si empieza siendo sobre una app de planes y acaba resultando una app para ligar. O algo así...

—Ok. Tú mismo. Si lo ves claro, adelante. Te confirmo lo del deadline ahora...

A partir de ese momento consulto Fever de forma compulsiva. Aunque me cuentan que ya está consolidada en Madrid o Nueva York, la app es relativamente nueva en Barcelona, por lo que tampoco salen muchos planes. Al segundo día me los sé todos de memoria. Pero sigo repasándolos uno a uno por si se ha apuntado Diana. “Afterwork con sabor latino”, no. “Cata de vinos”, no. “Cocktails frente al mar”, no”. “Yoga en el parque”, bingo. Ahí está, apuntada.

El subidón me dura exactamente 10 segundos. Lo que tardo en darme cuenta que estoy a punto de apuntarme a una clase de yoga para intentar llamar la atención de una chica de la que solo conozco el sonido de su risa. Cada vez resulta más complicado explicarme mi vida a mi mismo

La clase es un domingo a la hora de desayunar en la Ciutadella. Esta vez cuando llego ya hay bastante gente. La mayoría son mujeres. Algunas han traído magdalenas caseras. Otras a sus bebés. “¿Dónde coño me he metido?”. Encima no hay ni rastro de Diana. Estoy a punto de largarme, pero decido quedarme. Como si lo estuviera haciendo todo porque soy un buen profesional.

"La ciudad es grande, deja de esconderte"

Empieza la clase. A cada nueva posición levanto el cuello unos centímetros extra para ver si ha venido. Pero nada. Estoy haciendo el mayor ridículo desde que me vomité encima en el autobús del cole, y la persona que podría justificarlo ni siquiera se ha presentado.

De camino a casa me doy cuenta hasta qué punto se me ha ido la olla. Me dicen que me apunte a un par de planes de ocio para probar como funciona una app y acabo fantaseando con enamorarme de una chica a la que conozco por tres hashtags. Pero ahora ya no hay marcha atrás. Tengo que escribir algo. Antes de empezar a teclear doy un último vistazo a Fever. Veo que han subido un nuevo plan: cena con sushi un miércoles por la noche. Hay 10 invitados. Y Diana es uno de ellos. Ahora o nunca.

El miércoles procuro no ser puntual. Quiero asegurarme que ella está ahí antes de entrar. Vuelvo a sentirme mal. “No es mi culpa, Internet nos convierte en stalkers a todos”, me justifico. Al girar la calle donde está situado el restaurante me parece verla desde lejos. Bien. No. Un momento. Hay algo raro. Está con un chico. “Será un amigo”, quiero creer. Doy media vuelta y me lio un cigarrillo en la esquina. Entre calada y calda voy mirando disimuladamente. “La ciudad es grande, deja de esconderte”. La maldita frase resuena en mi cabeza.

Fumo deprisa, me mareo un poco. Y cuando el cigarro está a punto de convertirse en colilla lo veo. Diana se acerca a la cara de su acompañante y le da un beso en los labios. Ouch. Dolor en la barriga. Saco el móvil de forma inconsciente. Abro la app como pidiendo explicaciones. Vuelvo a mirar la ficha de la “Sushi Night”. Y esta vez deslizo el dedo para leer la descripción. Mierda. Era una plan especialmente pensado para parejas. Y Diana ha ido con la suya.

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