Curiosidades

Picaresca moderna: un año entero comiendo gratis gracias a un billete de avión

Un ciudadano chino inventa un método para ponerse como el Tenazas en las salas VIP de los aeropuertos sin abonar ni un euro

¿Guzmán de Alfarache? ¿Lázaro de Tormes? ¿El Buscón, llamado don Pablos? ¿Ese enano contrahecho y bigotón al que llamaban Estebanillo González, bufón de su majestad? ¿Marcos de Obregón, escudero más pobre que las ratas? ¿Y qué decir de Gil Blas de Santillana, el único pícaro español parido por la mente de un francés, de nombre Lesage? Todos estos personajes literarios, prez de las letras españolas y producto del hambre y las artes del birlibirloque, no son más que delincuentes de poca monta, con menos currículum delictivo que El Lute y sus dos gallinas mangadas a los gitanos, comparados con el mayor pícaro moderno con el que nos hemos topado en los últimos meses. Y no hablamos ni de Bárcenas ni de Madoff, ni siquiera de Fèlix Millet. Esta gente es cierto que ha robado a manos llenas y que ha trincado más panoja que un intermediario de futbolistas negociando con el Paris Saint Germain, pero la hazaña de un pasajero chino de avión lo ha superado todo. Porque si el pícaro español se jugaba el pellejo por un hueso de cochino a medio roer, las migas de una hogaza enmohecida o el troncho de una lechuga medio devorada por los borricos. Este hombre, sin embargo, ha conseguido comer como Gargantúa durante un año entero sin pagar ni un solo céntimo.

¿Su técnica? Parte de un hecho poco conocido: si te compras un billete de avión de primera clase tienes acceso preferente a todas las salas VIP de los aeropuertos, donde puedes pedir lo que quieras sin tener que abonar nada. Por el simple hecho de haberte pagado el billete más caro de tu pasaje, los aeropuertos te dan de comer. Y no cualquier vianda de segunda, sino auténticos festines exquisitos. Esto está muy bien si luego embarcas, pero mejor aún si NO embarcas. Y es que nuestro pasajero, por lo que cuentan crónicas que llegan desde Asia, seguía la técnica de aplazar diariamente su vuelo hasta la jornada siguiente, de modo que cada día acudía al aeropuerto para ponerse como el Tenazas, daba el cambiazo, volvía, etc. Y cuando alguien empezó a sospechar algo, al cabo de más de 300 días ininterrumpidos de pitanzas y retrasos al día siguiente, nuestro pasajero decidió que ya no aplazaba el vuelo, sino que pedía que le devolvieran el dinero. Se lo dieron y así cerró un círculo completo de un año entero poniéndose como el Quico al módico precio de cero euros.

O sea, un dios.

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