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La efigie del hacker más famoso del mundo ya es una marca registrada

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¿Sobrevivirá Julian Assange a su propia imagen?

Leticia García

28 Octubre 2014 11:46

"Puede ser tan famoso como la Coca-Cola", contaba Olarfur Sirgunvinsson, portavoz de Wikileaks al New York Times. El problema es que los valores que representa Julian Assange tienen poco que ver con los que enarbola Coca-Cola.

A principios de mes se confirmaba la noticia: Wikileaks había firmado un contrato con la empresa de merchandising Franchisee India para lanzar una gama de productos centrados en la moda. El propio Sirgunvinsson confirmaba entonces que la línea de productos sería "high end", o lo que es lo mismo, contemporánea y con un diseño muy cuidado.

India es uno de los países en los que la figura del hacker tiene mejor reputación. Le sigue España, por lo que, tras las pruebas piloto en el primer país, es muy posible que los productos de Wikileaks lleguen a territorio nacional.

Mucho más que souvenirs

No es la primera incursión de Wikileaks en el mundo del merchandising. Hace tiempo que comercializan junto a la empresa Spreadshirts objetos con el logotipo de la organización. Pero este nuevo movimiento no apunta a una mera gama de souvenirs, sino a la realización de una firma mercantil, a la introducción de un foro mundial de filtraciones en el mundo del branding.

Según informa el New York Times, la organización ya tiene terminado su libro de identidad corporativa, como cualquier otra marca. En él se detalla cómo deberá estamparse su logo, qué lemas están prohibidos, cuáles permitidos y se describe el que será el producto estrella: las camisetas con la efigie de Assange impresa en el frontal.

La marca personal, esa estrategia tan actual, ha llegado al activismo. Si las famosas se asocian con firmas de moda para estampar su nombre en ediciones limitadas, si las estrellas del pop lanzan perfumes, ahora el activista más famoso de los últimos años quiere sumarse.

Pero la paradoja no puede evitarse: no sólo porque los valores que rodean a Wikileaks están, a priori, alejados del consumo. También porque una cosa es que el público compre objetos inspirados en la organización diseñados por otros (los hay a montones), lea libros sobre su historia escritos por autores ajenos o vea documentales y películas realizadas por terceras personas. Otra muy distinta es que el propio Assange esté detrás de la gestación y la comercialización de una marca. Es lógico que quiera apropiarse de su imagen pública (y financiar así su proyecto), pero el conflicto entre lo que vende y lo que representa le puede costar la reputación.

"La resistencia a la hegemonía cultural está resucitando. La psique colectiva disfruta viendo cómo se subvierten y se ridiculizan los iconos del poder corporativo. Hay, en definitva, un mercado que sustenta esta idea". Probablemente esta frase, diez años después del No Logo de Naomi Klein, no haya perdido su vigencia. Al fin y al cabo, siempre estuvo ahí: la diseñadora Vivienne Westwood (que ya lanzó camisetas en apoyo a Assange) hizo de la rabia del punk un negocio superventas y marcas como Obey convierten el arte político en emblema para jóvenes que siguen las tendencias. Hasta Starbucks, como cuenta Klein, caló en la población mundial fomentando valores comunitarios.

Marca vs. activismo

El problema de hacer marca con un posicionamiento político es que, a día de hoy, es más poderosa la primera que el segundo. Cada vez que los activismos alternativos se convierten en iconos masivos resucita el problema de la autenticidad, más si estos van acompañados de un libro de estilo y una serigrafía registrada. Quizá el problema, en este sentido, no sea de Wikileaks ni de Assange, sino de los miles de individuos que podrán posicionarse a golpe de camisetas y que, tirando de recursos fáciles, acabarán desgastando la fuerza primigenia de la efigie que decora sus prendas.

Tampoco fue culpa de The Clash que su legado colgara de los percheros de H&M, y, sobre todo, no fue culpa del Che Guevara que hace algunos años el museo Victoria & Albert (enfocado a la moda) le dedicara una exposición titulada: Che, ¿revolucionario o icono chic?

"Su transformación de símbolo revolucionario a emblema cool de los sesenta fue total y, desde entonces, el Che tiene más que ver con Lennon que con Lenin", rezaba una de las frases presentes en la muestra.

El Che no pudo ver su conversión en marca de lujo y Alberto Korda, autor de la mitiquísima foto, recibió pocos derechos de autor por su obra. Assange ha decidido por voluntad propia hacer de sí mismo un logotipo de moda. Obviando el narcisismo, tal vez las intenciones sean buenas, pero los efectos pueden ser tan devastadores como propios de nuestro tiempo.

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