PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Cuando supe que no volvería al colegio, empecé a odiar al hombre con el que me casaron

H

 

Niñas adolescentes hablan sobre sus matrimonios forzados en Kenia

María Ferreira

25 Agosto 2015 06:00

Fotografías: María Ferreira

Imagen de cabecera: Stephanie Sinclair

Sagal tiene 14 años, es de origen somalí pero ha pasado en Kenia toda su infancia. Su hija de un año juega con su niqab, el velo que le cubre el rostro, mientras hablamos.

“Cuando cumplí los doce, mis padres decidieron casarme. Yo no sabía nada. Cuando terminé las clases nos fuimos a Mandera, el área rural de donde es mi madre. El mismo día que llegamos me comprometieron con un familiar que jamás había visto. Al día siguiente empezaron las celebraciones de la boda. En ningún momento pensé que no regresaría a Nairobi, que no regresaría al colegio”, cuenta.

A pesar de que desde el 2014 la edad mínima para contraer matrimonio son los 18 años para ambos sexos, el matrimonio forzado de niñas en Kenia es una práctica común entre la cultura somalí. Los índices más altos de matrimonio infantil se encuentran en Kilifi, en la costa del país, con un 47,4% según Plan International. Sin embargo, es difícil la precisión en cuanto al porcentaje de niñas que se casan antes de la mayoría de edad al ser una práctica ilegal.

Hay casos en los que los padres casan a sus hijas para salir de una situación de pobreza. Hace unos años el “dowry”, la dote que el novio ha de pagar por su futura mujer, era de unos cien camellos. Hoy en día la dote suele consistir en dinero u oro. “Las joyas se han convertido en la dote preferida por las novias, ya que suponen también un “seguro” en caso de que el marido decida divorciarse de ellas”, explica Amin Barre, Imam en el Norte de Eastleigh, el barrio Somalí de Nairobi.


Muchas niñas que vienen de zonas rurales no cuentan con certificados de nacimiento, así que es prácticamente imposible demostrar su verdadera edad



El problema es que los matrimonios forzados en Kenia se reducen habitualmente a un problema cultural. “En muchas ocasiones podemos sospechar qué niñas van a ser obligadas a casarse, pero la mediación muchas veces incrementa el daño que sufrirán ya que son severamente castigadas por haber hablado”, cuenta James Mwangi, jefe de policía en el Norte de Eastleigh. “Cuando la violencia hacia las niñas se justifica mediante la cultura o la religión, la ley no es lo suficientemente”, lamenta.



Rechazar el matrimonio en el caso de la cultura somalí conlleva renunciar a la familia, a la vida social, a la comunidad. Por ello, muchas de las niñas acaban aceptando estos matrimonios como parte de la obediencia que les han inculcado toda su vida. El derecho a elegir y a aceptar libremente el matrimonio, reconocido en el artículo 16 de la Declaración de Derechos Humanos, admite también que “el consentimiento no puede ser libre y completo cuando una de las partes involucradas no es lo suficientemente madura como para tomar una decisión con conocimiento de causa sobre su pareja.” Que el hecho de que muchas de las niñas casadas a los trece años admitan haber aceptado el matrimonio no significa que no se esté cometiendo una violación de los derechos humanos.

 “Mi madre estaba feliz el día de mi boda, así que yo estaba feliz. Cuando me quedé embarazada todas las mujeres de mi familia me felicitaron y yo estaba contenta por ello. Fue el día en el  que supe que no volvería al colegio nunca cuando empecé a odiar al hombre con el que me casaron”, relata Sagal. Nos enfrentamos a un tipo de violencia contra los derechos de las mujeres en el que las mismas mujeres están implicadas. Son las propias madres las que dan a sus hijas en matrimonio. Son ellas quienes mienten en los colegios y se inventan viajes familiares para que el abandono de los estudios de la niña no levante sospechas.


Son las propias madres las que dan a sus hijas en matrimonio



No quería dormir con mi marido, por eso se divorció de mí”, explica la chica de 14 años con su bebé en brazos. “Lo bueno es que he vuelto a estudiar; dejo a la niña en la guardería y yo tengo tiempo para ir a clase”. Las profesoras del colegio ven su historia como algo normal en la sociedad de Eastleigh y hablan abiertamente de los distintos casos que conocen.

Ayan es menor de quince años y lleva dos casada. Sus padres eran pobres y llegaron a un acuerdo con el tío paterno de la niña para dársela en matrimonio. “La chica asegura que tiene 18”, explica el jefe de policía del Norte de Eastleigh. “Muchas niñas que vienen de zonas rurales no cuentan con certificados de nacimiento, así que es prácticamente imposible demostrar su verdadera edad. Pero mírala, es una niña”.  



“No hay nada de malo en este tipo de matrimonios”, asegura Daahir Mohammed, Sheikh o líder espiritual de Eastleigh. “En Occidente se persigue el amor romántico sin tener en cuenta que lo que hace funcionar a un matrimonio son los aspectos prácticos del día a día. Son los padres quienes conocen a sus hijos y quienes  pueden elegir la mejor pareja para ellos”, asegura. Que la religión mal entendida justifique y silencie los casos de matrimonios forzados es otro de los grandes problemas en el barrio somalí de Nairobi.


“Mi vida es mejor desde que me casé”, asegura Ayan desde sus 18 años ficticios. “¿Cómo puede ser malo el matrimonio?”



“La única forma de abordar este problema es a través de la educación”, explica Borja Juez, director y fundador de The South Face, una organización que trabaja en Eastleigh intentando que las niñas vulnerables de ser víctimas de matrimonios forzados continúen con sus estudios. Esa educación se vuelve un objetivo difícil teniendo en cuenta que es una lucha contra una práctica cultural que es aceptada y respetada ampliamente en este barrio de Nairobi, incluso por sus propias víctimas.

Mi vida es mejor desde que me casé”, asegura Ayan desde sus 18 años ficticios. “¿Cómo puede ser malo el matrimonio?”.

Deeqa tiene 10 años. La policía la rescató de la casa de su vecino, de alrededor de 50 años, donde vivía desde que su hermano “la vendió”.  Deega es una refugiada somalí en Eastleigh, no estaba casada y esa es la razón por la que las autoridades pudieron intervenir sin problemas.  “Él era bueno conmigo y me daba de comer”, dice la niña en voz baja. Tanto el abusador como el hermano de Deega han sido detenidos. “Sin embargo, pronto estarán libres de nuevo; en este país la libertad se puede comprar independientemente del crimen que hayas cometido”, cuenta Chebet, la trabajadora social que lleva el caso de la niña.

El matrimonio forzado y el abuso de niñas están sucediendo aquí y ahora, en una ciudad multicultural, famosa por su crecimiento económico y de futuro prometedor, que sin embargo sigue sin lograr abordar de manera eficaz la continua violación de los derechos de estas personas. “Parece que cuando la justificación de la violación de los derechos se basa en la cultura las autoridades se acobardan y temen ser tachadas de intolerantes. ¿Pero cómo puede tolerarse hoy en día algo que daña tanto?”, se pregunta Chebet. 





share