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"Podríamos ganarle la guerra al cáncer, si el gobierno nos dejara"

El oncólogo Vincent T. DeVita avisa en su nuevo libro: podemos hacer que el cáncer deje de ser mortal, tenemos la ciencia, sólo necesitamos que nos dejen experimentar sin restricciones

Si aplicáramos la teoría de “los seis grados de separación” al terreno de la enfermedad, no tardaríamos en encontrar el vínculo común que nos une a todos: de una manera u otra, el cáncer toca las vidas de todas y cada una de las personas que caminan por la Tierra.

Todos conocemos a alguien que lo ha sufrido. Todos conocemos a alguien que ha perdido la vida por su culpa. Y a pesar de esa familiaridad, el común de los mortales apenas sabe nada sobre cómo funciona la enfermedad, o sobre la ciencia que subyace a sus distintos tratamientos.

En su nuevo libro, el oncólogo Vincent T. DeVita, Jr., uno de los más eminentes investigadores en la materia, traza una breve historia del cáncer que busca llenar esas lagunas. Pero, aún más importante, The Death Of Cancer nos lleva hasta la cocina de la lucha médica y científica contra una plaga que, aún hoy, en el imaginario colectivo, sigue siendo sinónimo de sentencia de muerte probable.

La carga mundial de cáncer alcanzó los 14 millones de casos nuevos en 2012, y la cifra se prevé que aumente hasta los 22 millones en los próximos dos décadas

Las estadísticas más recientes aún parecen reforzar esa idea.

Según el World Cancer Report 2014, la carga mundial de cáncer alcanzó los 14 millones de casos nuevos en 2012, produciéndose 8,2 millones de muertes relacionadas con la enfermedad. Y la cifra de casos anuales se prevé que aumente hasta los 22 millones en los próximos dos decenios. Al menos una de cada tres personas, nos dicen, desarrollará alguna forma de cáncer en algún momento de su vida.

A la luz de esos números, DeVita lanza una pregunta: ¿estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para acabar con semejante pandemia?

Su respuesta: un sonoro NO. Y puedes estar seguro de que sabe de lo que habla.

¿Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para acabar con semejante pandemia? DeVita cree que no

La necesidad de circunvalar las reglas

A lo largo de su carrera, Vincent T. DeVita, Jr. ha visto el cáncer desde todos los ángulos posibles.

Su primer contacto llegó de la forma habitual: la plaga acabó con la vida de un ser querido. Corrían los años 40, él tenía seis años, y la enfermedad se llevó a su madrina Violeta.

Luego llegarían la Facultad de Medicina, el National Cancer Institute de EEUU (donde acabaría ejerciendo como director entre 1980 y 1988), el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, la American Cancer Society (fue su presidente) o la escuela de medicina de la Universidad de Yale, donde sigue dando clases a sus 80 años. Pero hay más.

“Hace seis años fui diagnosticado con un cáncer de próstata potencialmente letal. Sobreviví porque pude llamar a mis colegas para que me sometieran a una cirugía agresiva que no se corresponde con el tratamiento estándar —la terapia hormonal— para mi enfermedad. Aquella operación salvó mi vida. Lo que pasó conmigo es lo que le debería ocurrir a todo el mundo como algo normal, pero no es así”.

Podemos hacer que el cáncer deje de ser mortal, sólo necesitamos que nos dejen experimentar sin restricciones (Vincent T. DeVita, Jr)

El doctor DeVita escribe desde la experiencia propia. Como médico y como paciente.

Y de esa experiencia surge su tesis: podemos hacer que el cáncer deje de ser mortal, tenemos los instrumentos farmacológicos y el conocimiento científico para lograrlo, sólo necesitamos que nos dejen experimentar sin restricciones.

A DeVita le sobran los protocolos.

Le sobran porque, a lo largo de su carrera, ha visto cómo las mejores soluciones han llegado de la mano de aquellos que se han atrevido a explorar opciones más allá de las reglas, o directamente contra ellas.

Su bautismo en relación a esa manera de hacer las cosas le llegó al poco tiempo de entrar a trabajar en el National Cancer Institute (NCI) estadounidense.

Corrían los años 60 y la ortodoxia médica de la época decía que un tumor cancerígeno era un ticket directo a la muerte: los tratamientos existentes —la cirugía o la radiación— podían ganar algo de tiempo para el paciente, pero no iban a salvar a nadie. Por suerte, en el NCI pensaban de forma distinta.

Allí, un grupo de científicos rebeldes liderados por Tom Frei y Emil Freireich empezaba a trabajar con la idea de que el uso combinado y repetido de cierto tipo de drogas en grandes cantidades podía vencer a un cáncer. “No tenía claro si aquellos científicos eran unos maníacos o unos genios”, escribe DeVita.

Pronto decidió que se trataba de lo segundo.

De la mano de los investigadores rebeldes del NCI, DeVita aprendió una importante lección: saltarse las recomendaciones podía salvar vidas

National Cancer Institute

En el libro rememora cómo, trabajando a las órdenes de Freireich, él mismo se vio en la tesitura de tener que hacer cosas como inyectar un antibiótico directamente en el fluido espinal de un paciente enfermo de leucemia para tratar una meningitis bacteriana, aún cuando en el frasco de ese antibiótico ponía expresamente: nunca inyectar directamente en el fluido espinal del paciente.

“¡Hazlo!”, le dijo Freireich la primera vez que DeVita se mostró titubeante. Y lo hizo. Y funcionó. Todas las veces. ¿La lección que sacó de aquello? Saltarse las recomendaciones podía salvar vidas.

Años después, cuando DeVita intentó hacer algo parecido en Yale, sus superiores no lo autorizaron. “En Yale simplemente no podías hacer ese tipo de cosas. A consecuencia de eso, vi a pacientes de leucemia morir”.

En el NCI, los investigadores administraban transfusiones de sangre de forma regular a los pacientes sometidos a quimioterapia para reforzar sus plaquetas. Aquella practica funcionaba. En Yale, sus superiores insistieron en que no existía evidencia científica que animara a pensar que las transfusiones ayudaban. “Ergo, en Yale, vi a pacientes desangrarse hasta la muerte”.

La gente continúa muriendo de cáncer de forma innecesaria, y es algo que no tiene nada que ver con la falta de instrumentos científicos

Son dos de los ejemplos que DeVita cita para señalar el efecto negativo que cierto tipo de regulaciones y procedimientos han tenido, y siguen teniendo, en la lucha contra el cáncer. O en sus propias palabras:

La gente continúa muriendo de cáncer de forma innecesaria, y es algo que no tiene nada que ver con 'el fracaso de la guerra contra la enfermedad', una cantinela habitual que se repite en los medios, ni con la falta de instrumentos científicos, que se han empezado a acumular a un ritmo impresionante”, explica DeVita en la introducción del libro.

“Más bien los obstáculos provienen de no utilizar las herramientas que ya tenemos para curar más. De la reticencia a abandonar creencias obsoletas. De las batallas burocráticas entre los médicos. Y de la regulación caduca de la FDA (la Food and Drug Administration estadounidense), cuyas políticas dificultan la llegada al mercado de las innovaciones logradas en los últimos años en el desarrollo de fármacos oncológicos”.

Imagina que quieres cortar un papel y tienes junto a ti unas tijeras que sabes que cortan de maravilla. Cuando las vas a usar alguien te dice: "no puede usar esas tijeras, porque sus puntas son redondas, y el reglamento establece que para tal operación deben usarse tijeras de punta roma". Pues algo parecido.

Con millones de víctimas.

Existen terapias increíblemente prometedoras. Si pudiéramos usarlas al límite de su potencial, podríamos salvar a 100.000 personas más cada año (Vincent T. DeVita, Jr.)

Evitar los vómitos o salvar la vida

A su manera, The Death of Cancer es una especie de cuento moral con sus buenos y sus malos .

DeVita pinta un campo de batalla en el que hay dos frentes bien definidos. De un lado, un reducido grupo de oncólogos decididos a erradicar la enfermedad, o a hacerla al menos un asunto menos mortal —una dolencia crónica controlable—, y unos pacientes con coraje dispuestos a someterse a tratamientos experimentales sin saber qué esperar. Del otro, un estamento médico con miedo a salirse del guión, una Administración conservadora y una estructura de burócratas que, más que ayudar, dificultan su labor.

De nuevo, DeVita recurre a su experiencia para ilustrar esa resistencia.

A mediados de los 60, el propio de DeVita desarrolló su régimen de quimioterapia para el linfoma de Hodgkin. Los resultados de los experimentos demostraban que aquella combinación de sustancias administradas en varios ciclos podía curar.

Doce de los catorce pacientes que participaron en el primer ensayo clínico vieron remitir sus cánceres. En la mayoría de los casos, los tumores desaparecieron completamente. Sin embargo, cuando presentó sus resultados, la respuesta general fue el silencio, la indiferencia.

Aquello pintaba como un hallazgo histórico, y a casi nadie entre sus colegas parecía importarle.

Si les hubieras contado a aquellos pacientes que la elección era entre ser curados y tener vómitos, o no tener vómitos y morir, ¿no crees que hubieran considerado coger un taxi para ir al hospital?

Poco después, algunos cuestionaron que los datos de su estudio eran incorrectos y que su método no funcionaba. Cuando DeVita revisó los procedimientos de aquellos colegas críticos descubrió que habían alterado a su gusto “la receta”, sustituyendo unas sustancias por otras, y alterando también la duración de los ciclos. ¿La razón?

“Bueno, Vince, la mayoría de nuestros pacientes vienen a nuestras consultas en metro, y no queremos que vomiten de vuelta a casa”.

Los médicos de uno los hospitales más prestigiosos del mundo en el tratamiento del cáncer le estaban denegando a sus pacientes una terapia que podía salvarles la vida simplemente para evitar efectos secundarios desagradables. Por miedo a las posibles quejas de esos pacientes.

“Si les hubieras contado a aquellos pacientes que la elección era entre ser curados y tener vómitos, o no tener vómitos y morir, ¿no crees que hubieran considerado coger un taxi para ir al hospital?”.

Historias como esa, sugiere el autor, siguen sucediendo a día de hoy. DeVita nos cuenta, en definitiva, que la Guerra Contra el Cáncer no es sólo un asunto médico, sino también político. Y en ese escenario, lleno de fricciones, egos y envidias, es necesario el uso de prácticas poco ortodoxas para poder avanzar .

“Con el tiempo hemos ganado más instrumentos para tratar el cáncer, pero la vieja capacidad de ser flexibles y adaptarse ha desaparecido”, escribe. “ Existen terapias increíblemente prometedoras ahí fuera. Si pudiéramos usarlas al límite de su potencial, creo que podríamos salvar a 100.000 personas adicionales cada año”.

¿No merece la pena intentarlo cuando la alternativa es la muerte?

Más que una historia del cáncer, The Death of Cancer es un manifiesto por el futuro. Es un libro cabreado, pero también una llamada optimista a la esperanza; un compendio de evidencias que apuntan a que, esta vez sí, podríamos estar ganándole la batalla al cáncer.

Como señalaba Suzanne Koven en las páginas de The Boston Globe, si el premiado El emperador de todos los males de Siddhartha Mukherjee era una “biografía” de la enfermedad, The Death of Cancer es su “obituario” , el anuncio precoz de su muerte a manos de la ciencia.

Estamos en “el principio del final” de esa guerra contra el cáncer, dice DeVita. Podemos ganarla. Si los burócratas nos dejan.

¿Seguridad médica o soluciones médicas?

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