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¿La vida de pobre es la vida mejor?

El multimilionario Thomas Perkins afirma que criticar a los ricos es de nazis

La última cagada de los de Silicon Valley la ha protagonizado el octogenario Thomas Perkins. Este ex-inversor de capital de riesgo se ha visto obligado por las circunstancias a intervenir en público para denunciar el Nuevo Holocausto: la demonización de la clase pudiente. Según una carta que envió a The Wall Street Journal, con el 1% de la población estamos haciendo lo mismo que los nazis con los judíos. Esta vez no se trata de violencia racial; es violencia de clase. A Perkins le molestan muchísimo cosas como Occupy Wall Street, pero aun le cabrea más que los periódicos se pongan de parte de los violentos discriminadores. La pobreza es el nuevo nacionalsocialismo, dice Perkins.

Su pregunta es: ¿de qué se quejan los pobres? Esta cuestión, que a priori podría parecer provocativa o directamente insultante, no es tan banal como parece. Como demuestra el estudio del Pew Research Center, buena parte de los votantes estadounidenses del partido republicano no cree que deban tomarse medidas para reducir el abismo que separa a los ricos de los pobres. De hecho, no son pocos los que ni tan sólo creen que la pobreza deba ser motivo de preocupación para al gobierno. Su ideología es la del "algo habrán hecho " y del "merecido se lo tienen esos vagos y borrachos". Homeless por vocación.

William T. Vollmann también constataba en 'Los pobres' que muchas veces son los mismos afectados quienes creen que el estado en el que se encuentran es culpa suya o, quien sabe, resultado de un inescrutable plan divino. Desde la sociología, Jon Elster sumó el concepto de las 'preferencias adaptativas': es racional que alguien de clase media desee un Toyota bien equipado y no el último modelo de Jaguar. Nos adaptamos a nuestras condiciones vitales, y eso mismo pasaría con la pobreza. Ya no se trata del zorro que disimula al no poder llegar a las uvas: simplemente desconocemos la existencia de tales frutas, acostumbrados como estamos a recibir un palo cada vez que tratamos de acercarnos a un árbol.

La ciudadela interior de los pobres

Thomas Perkins

Es posible que Perkins se molestara al leer otro artículo en The New Yorker donde se afirmaba que los pobres tienen una vida interior más rica, a pesar de que en ello les vaya la felicidad. ¿De qué sirven tantas enseñanzas sobre budismo?, ¿la meditación trascendental no funciona?, ¿y cómo coño puede ser que la existencia de esos miserables tenga más sentido que la mía?, debió preguntarse Perkins.

El artículo de The New Yorker se basa en el estudio de Shigehiro Oishi y Ed Diener publicaron en Pshycological Science, donde defienden que debido a la presencia de la religión y de unos vínculos familiares más fuertes, las personas que viven en zonas azotadas por la miseria reconocen que sus vidas tienen sentido, a pesar de que no sean felices. Son capaces de proyectar su historia más allá de las condiciones materiales: ya sea en un más allá redentor o en la virtud del sufrimiento.

Sin embargo, hay algo perverso en considerar la riqueza psicológica de los pobres como un activo en la balanza de la justicia. No puede ser un atenuante a la hora de condenar su situación. Es cierto que tampoco podemos pasar por encima de sus creencias más íntimas, y obligarlos a comulgar con una situación que les disgustaría. Pero de aquí a tratarlos en pie de igualdad, para echarles en cara que su pobreza es culpa suya, hay un buen trecho. Por no hablar de tacharlos de nazis.

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