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La maga que viajó al futuro y trajo buenas noticias para las mujeres

Para Thérèse Clerc, la menopáusica rebelde, envejecer es una fiesta

Estás desnuda dentro de una bañera blanca. Tu piel parece haber caducado y sobre tu hombro cae un mechón blanco. Tus pies son una extraña caricatura del pasado y lo palpas: nadie ha regado tus pechos durante mucho tiempo. Han pasado 40 años.

De repente te abrazas, te hueles. Cierras los ojos buscando tus huesos jóvenes pero encuentras una sospecha: aún eres libre dentro de tu traje. Sí, aún eres feliz. 

Thérèse Clerc es la bañera blanca, y conversar con ella tiene ciertos efectos.

Esta activista francesa de 86 años está en Barcelona con motivo de la Muestra Internacional de Films de Mujeres. La joven cineasta Adèle Tulli la acompaña: ha rodado un documental sobre su figura titulado Menopause Rebel.

A Thèrese le gusta que la conozcan así, como "la menopáusica rebelde", pero el mote le quita importancia. Thérèse tiene el poder de viajar al futuro, pero sólo al futuro de las mujeres.

A lo largo de su vida lo ha conseguido dos veces. La primera fue en mayo de 1968.

Thérèse se acaba de divorciar de su marido, con quien se había casado a los 20 años. También tenía 4 hijos. De pronto vio cómo las calles de su pueblo se llenaban de jóvenes revolucionarios. Y había mujeres, muchas. Iban despeinadas, gritaban cosas bárbaras que hacían reír: "Eran insolentes como mariposas que acababan de escapar".

Thérèse salió a la calle y se unió a las marchas de los estudiantes, dijo palabrotas, hizo amigos en los sindicatos de izquierdas: decidió que era feminista y que iba a luchar por la libertad de las mujeres. Ella nunca había gozado de tanta: "Era como cambiar de planeta".

Poco tiempo después Thérèse se enfrentó a una situación insólita: de pronto, no le venía la regla. A sus 46 años, había llegado el momento de la menopausia.

No tenía miedo de quedarme embarazada y empecé a disfrutar plenamente de mi sexualidad

Al principio estaba confusa: ¿tenía que sentirse vieja justo en ese momento de liberación? ¿todo había terminado?

Al contrario: "No tenía miedo de quedarme embarazada y empecé a disfrutar plenamente de mi sexualidad: hice el amor con mujeres, con hombres. Un cuerpo liberado responde al placer de una forma asombrosa", ríe.

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Pasó el tiempo. Los hijos de Thérèse se marcharon de casa y le dieron 14 nietos. Pero entonces su madre enfermó del corazón y tuvo que quedarse postrada en la cama. Thérèse la cuidó durante los siguientes 5 años.

"Empecé a pensar en mi propia vejez y sólo veía dos opciones: o hacerme vieja y acabar muriendo sola en casa, o ir a una residencia. Ninguna de las dos me pareció bien".

La segunda vez que Thérèse vio el futuro fue el año 2000, después de que su madre falleciera. Imaginó un hogar autogestionado sólo para mujeres donde retirarse y envejecer juntas: "Un lugar donde pudiéramos ser libres, basado en los principios de solidaridad, feminismo, ecología y laicismo". 

La vejez trata mejor a las mujeres que a los hombres. Tenemos entre los muslos un tesoro que se llama clítoris

Al principio todos se reían: "¿Una casa para mujeres viejas? ¡jajaaja! La administración no veía posible un lugar sin hombres. Y eso que las mujeres de mi generación cobran de media un 40% menos que ellos en forma de pensiones".

Todo cambió el verano de 2003: una ola de calor se llevó por delante la vida de 18.900 ancianos franceses. "Pedí al diario Le Monde que me entrevistaran y me dieron un tercio de página. Entonces el alcalde quiso hablar conmigo".

Cuatro años después, la Casa Babayaga abrió sus puertas en el pueblo de Montreuil: en ella viven 21 mujeres con pocos recursos que pagan un alquiler de protección oficial.

También hay zonas comunes abiertas al vecindario donde tienen lugar las actividades de una universidad popular, dedicada principalmente a transformar la percepción social de la vejez:

"Las mujeres viven de media 88 años, eso significa que la mitad de su vida no son fértiles. La sociedad se empeña en enterrarnos después de la menopausia, dejamos de ser productivas y reproductivas".

 Para ella es un momento de liberación: "Los hijos son mayores, los nietos campan y a menos que haya abuelos que cuidar, empieza un tiempo lleno de posibilidades. También seguimos disfrutando de nuestros cuerpos".

La vejez no es una enfermedad. Queremos envejecer de una forma diferente

El sexo en edades avanzadas tiene un gran potencial emancipador para Thérèse: "La vejez trata mejor a las mujeres que a los hombres. Tenemos entre los muslos un tesoro que se llama clítoris. Si hay deseo, nos sirve hasta la muerte".

Asegura, entre risas, que muchas mujeres que asisten a sus reuniones siguen descubriendo que pueden disfrutar del sexo sin su difunto marido: "Algunas incluso descubren el lesbianismo".

En los países occidentales, el envejecimiento progresivo de la población ha dado lugar a una nueva industria que Thérèse percibe como enemiga: "Cuando los médicos ven a alguien mayor, automáticamente ven a un enfermo. Quieren convertinos en clientes del mercado de la tercera edad, basado en la asistencia y la dependencia. La vejez no es una enfermedad, y queremos envejecer de forma diferente".

–¿Qué opina de las jóvenes actuales?

–Ya no tienen que pedir permiso para salir ni actuar. Me gusta cómo se esfuerzan en sus carreras y que no están tan centradas en la maternidad.

–¿Por qué cree que tantas chicas que están a favor de la igualdad entre hombres y mujeres se distancian del feminismo?

– Las feministas del siglo XX éramos muy radicales. Nuestras hijas se hartaron de que sus madres no estuvieran en casa, de oír hablar de la lucha. Puede que no transmitieran la conciencia política como nosotras. Es que en esa época sentíamos el peso de la Historia, ahora es distinto.

–¿Cree que el feminismo ha perdido fuerza?

–Las más jóvenes se dan cuenta de las injusticias, están creando una conciencia nueva. En Francia las Femen están mal vistas, pero a mí me parece bien lo que hacen, sobre todo su guerra contra la iglesia. ¡El pasado 8 de marzo se pasearon por la calle con velo musulmán y los pechos al aire!

–¿Cree que sirve de algo?

–Los hombres luchan con el puño en alto, las mujeres luchamos de forma más suave e inteligente. El camino es largo, pero nuestros cambios perdurarán. Ernst Bloch decía que la utopía es simplemente sembrar las semillas del mañana.

–¿Les da consejos a sus nietas?

–Les digo que allá donde vayan cuenten cuántos hombres y mujeres hay, y los puestos que ocupan. También les digo que estudien para ganar su propio sueldo, esa es la clave de todo. Ya habrá tiempo para príncipes poco encantadores. Pero claro, ¡se enamoran!

Thérèse se despide con una firme sonrisa, llenando a la redactora de besos de metralleta como los de cualquier abuela.

La vejez trata mejor a las mujeres que a los hombres

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