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El fotógrafo que disparó a los ojos de la muerte

Lo que esconde esta fotografía que ha dado la vuelta al mundo

 Este texto se basa en lo que el fotoperiodista Juan Medina nos ha contado que ocurrió una noche de noviembre de 2004 cerca de Fuerteventura. La fotografía que tomó se viralizó recientemente debido a una entrevista que le hizo la BBC.

Es de noche y un hombre se está hundiendo en el mar. Los demás han empezado a trepar hasta la lancha de rescate pero él se ha quedado atrás. El agua le tapa los oídos, quiere entrar en su boca y en su nariz. Una fuerza fría tira de sus tobillos. Ya no hay más tiempo.

La mirada de este hombre ha dado la vuelta al mundo. Se trata de una escena espeluznante capturada por el fotoperiodista Juan Medina. Parece hablar por sí sola.

Sin embargo, esta fotografía es una isla de luz en medio de un mar oscuro.

Antes de pulsar el disparador, y justo después de hacerlo, una serie de hechos tuvieron lugar en medio de la noche. Todo empezó un lunes por la mañana en la isla de Fuerteventura.

Juan salió a la calle y vio una escena extraña: un hombre negro con el torso desnudo corría delante de él. Tenía los ojos rojos y la piel cubierta de sal. Nadie le perseguía pero daba zancadas con todas sus fuerzas.

Hacía días que el barrio de Juan se había llenado de náufragos que buscaban escondites. Los vecinos aseguraban haber visto cadáveres en la playa.

La televisión dio la alarma: decenas de pateras estaban llegando a las costas de las Islas Canarias.

Eran embarcaciones frágiles de madera e iban llenas de gente procedente de África. Primero fueron saharahuis, después marroquíes, después venían de muchos puntos distintos del continente.

No había lugar a dudas: los tripulantes tenían el único objetivo de tocar tierra, rozar Europa. De pronto, el hogar de Juan se había convertido en la tierra prometida para cientos de personas.

El fotoperiodista había pedido permiso a la Guardia Civil para hacer un reportaje sobre sus actuaciones en alta mar. Necesitaba saber de dónde venían, por qué venían.

Después de muchas negativas, ese lunes le llamaron.

Era de noche. El radar había detectado una embarcación, dijeron que parecía una patera. Si quería zarpar, tenía que ir al muelle de inmediato. 

El cielo estaba tapado, apenas había luz. Juan llegó a la lancha de la Guardia Civil con su equipo de siempre. Ninguno de los cinco agentes que le dijo nada, tampoco hubo condiciones. Una vez a bordo, podía moverse por donde quisiera.

Juan sintió que iba a poder ver a los náufragos, las condiciones en las que llegaban.

La lancha empezó a avanzar mar adentro, a varias millas de la costa. Las olas se habían vuelto más virulentas y hacían botar la embarcación. Uno de los agentes comentó que el mar estaba agitado.

Fuerteventura había desaparecido del horizonte. Ya no había nada de luz.

"Están ahí", dijo un guardia civil. Juan miró hacia la oscuridad y no vio nada. Sacó la cámara de la funda.

Los motores de la lancha se detuvieron y los agentes empezaron a hacer señales: tenían que conseguir que la balsa se acercara a ellos. Debido a las olas, y a la diferencia de tamaño entre las embarcaciones, podrían volcar la patera con sólo acercarse.

De pronto, Juan vio brazos haciendo de remo, algunos ojos brillaron. La balsa golpeó contra el casco, se oían jadeos. Sólo un pequeño foco alumbraba toda la operación.

Entonces los agentes lanzaron algunos cabos para fijar la embarcación y empezaron a subir de uno en uno. Eran hombres jóvenes, olían a sudor y a mar.

Juan sólo miraba a su alrededor. Los chicos se movían de una forma extraña: uno abría la boca y gritaba, pero no le salía la voz. Otro estaba a cuatro patas.

La mayoría, nada más subir, extendía sus brazos a los que aún estaban abajo. Casi volvían a caer.

Un guardia gritó que aún faltaban 20. Juan se dio cuenta de que la lancha era demasiado estrecha, estaba estorbando.

Decidió escalar hasta el punto más elevado, junto a la cabina. Mientras subía las escaleras, lo oyó:

La patera volcó y los 20 hombres cayeron al agua. Los chicos gritaban. Juan corrió hacia la cima de la lancha, se puso de pie. Sólo veía reflejos, espuma y ropa mojada.

“¡Todos a la vez no!”. Los agentes empezaron a lanzar por la borda todo lo que tenían a mano: flotadores, defensas, cuerdas. En la lancha no había ningún chalecos salvavidas.

Juan encendió la cámara. Estaba encaramado en la cima de la tragedia, pero veía menos que antes. Sólo oía gargantas atragantándose, sólo veía tinieblas.

Entonces decidió enfocar su objetivo algún lugar. A dos metros bajo sus pies, había hombres intentando escalar hacia su último aliento.

Disparó sin ver ningún rostro, sin ver a nadie. Por unos segundos, su flash se convirtió en la única luna del Atlántico.

Sintió que estaba en la cúspide de un instante tan lento como feroz, como el cuadro al óleo de un naufragio. Sintió que el océano sólo era un cúmulo de lágrimas. Ciego, siguió disparando.

A los pocos segundos se oyó el silencio de la marea. Todos los hombres que había a bordo callaron.

Poco a poco, empezaron a pescar los cuerpos que se habían quedado enganchados en los materiales, en la patera, en la propia lancha de la Guardia Civil.

Cuando atracaron en el puerto alguien dio la cifra: de los 36 inmigrantes que había en la embarcación, 8 se habían ahogado.

Juan llegó a casa con la ropa húmeda, no esperó para descargar las imágenes en el ordenador. Todas las fotos eran remolinos, caos, puro movimiento desesperado. Excepto una.

En ella aparece un hombre paralizado. Mira hacia arriba, hacia la vida, siente el frío. Está a punto de hundirse.

Ese hombre, y todos los que aparecen en esta imagen, se quedaron flotando en el mar Atlántico esa noche.

Sus cuerpos fueron encontrados durante los 10 días siguientes.

La vida que se hunde te mira a los ojos

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