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Las armas de Dios: la verdad sobre la guerra meteorológica

Los servicios de inteligencia están financiando investigaciones sobre el cambio climático, pero no para frenarlo, sino para utilizarlo como arma

El pasado mayo, Vladimir Putin se gastó 7 millones de euros en impedir que lloviera durante el desfile del 70 aniversario de la Segunda Guerra Mundial. Todo tenía que estar perfecto, así que encargó que varios jets dispararan un cóctel químico contra las nubes que intentaban posarse sobre Moscú. 

La operación fue un éxito y el sol brilló sobre la Plaza Roja, pero ya se advirtió de que varias poblaciones sufrirían inundaciones a sesenta kilómetros de la capital.

No es la primera vez que el presidente ruso juega a ser Dios.

Este sistema de intervención meteorológica fue ideado en la época de Stalin y se ha utilizado en grandes ocasiones, como cuando unas lluvias torrenciales amenazaron un concierto de Michael Jackson en la capital en 1993.

Tampoco es ninguna novedad que existan empresas que venden horas de sol en bodas y eventos: es lo que se conoce como cloud seeding o siembra de nubes.

Llegados a este punto es fácil deducir que la manipulación del clima es un sector interesante para la industria militar.

Imagina: ser capaz de crear un huracán que barra a las tropas enemigas, inundar países, abrir las aguas como Moisés, disparar un rayos al estilo de Zeus.

Hasta hace poco, todo aquel que nombrara los programas de Rusia y Estados Unidos para controlar el clima o mencionaran la llamada Weather Warfare, eran tachados de poco más que blogueros conspiranoicos.

El tono hollywoodiense de algunas advertencias, como la del teniente coronel retirado Thomas Bearden, no ayuda a quienes están convencidos de la existencia de una Guerra Fría Climática entre dos ejes: Bearden llegó a afirmar que el huracán Katrina fue cosa de los rusos.

Veamos qué hay de cierto en todo esto.

Risa con acento ruso

Sólo con rozar las teclas ya es posible encontrar información sobre el proyecto SURA. Pero se trata de información poco fiable o sin confirmar por ninguna fuerte autorizada.

SURA consistiría una instalación ubicada desde 1981 en la localidad de Vasilsursk, desde donde los científicos rusos habrían estudiado los efectos de las bajas frecuencias sobre la ionosfera, una parte intermedia de la atmósfera terrestre con propiedades que permiten reflejar ondas de radio emitidas desde la superficie terrestre.

Las misiones malignas llevadas a cabo desde esa supuesta instalación son un misterio, aunque haya figuras como el meteorólogo Scott Stevens que estén empeñados en demostrar la huella del Kremlin en los desastres naturales que azotan las costas de Estados Unidos.

Tanto el huracán Katrina como Ivan, ha dicho Stevens, son nombres rusos. Y el de este meteorólogo es el hazmerreír de la comunidad científica estadounidense.

Popeye te hará tragar saliva

Precisamente uno de los pilares de la ciencia norteamericana, el matemático John von Neumann, fue uno de los primeros en empezar a trabajar en la modificación del clima después de la Segunda Guerra Mundial.

A finales de los años 40 convenció al Departamento de Defensa de que invirtiera en un proyecto que permitiese destruir al comunismo a través de sequías devastadoras.

Así se descubrió la técnica de la siembra de nubes, el Pentágono se apropió de ella y poco después se aplicó a uno de los casos más conocidos en guerra meteorológica: el Proyecto Popeye.

Durante la guerra de Vietnam, Estados Unidos realizó maniobras para prolongar la temporada de monzones y dificultar el suministro del enemigo por los senderos fangosos de la selva. Se calcula que las descargas químicas en las nubes habrían causado un 30% más de lluvia sobre la gran ruta logística de Ho Chi Minh.

Entonces Naciones Unidas reaccionó y aprobó una resolución que prohibía el uso hostil de las técnicas de alteración ambiental. Más tarde, en 1978, se convirtió en un tratado que Estados Unidos ratificó.

Sin embargo no se prohibió el uso "benigno" de la modificación del clima.

HAARP

En 1996 un grupo de siete oficiales de las fuerzas aéreas estadounidenses dieron la voz de alarma: los rusos habían hecho avances. Estaban construyendo "espejos artificiales" en la ionosfera que podrían dejar inutilizados a los satélites de EEUU.

Y la reacción llegó en forma de HAARP ( High Frequency Active Auroral Research Program), el programa militar estadounidense con una instalación secreta en Gakona, Alaska.

Los planes oficiales del HAARP consisten en "probar el control de las subtormentas geomagnéticas en la ionosfera". Lo que traducido al lenguaje terrícola implicaría controlar el fenómeno que genera las auroras boreales mediante 180 antenas.

Manipular este espectáculo de luces tendría utilidad a la hora de interceptar señales de radar y radio, incluyendo las que se utilizan desde los submarinos. Aunque la gran ambición militar del HAARP corresponde al científico Bernard Eastlund, uno de los impulsores de la voz de alarma que los militares estadounidenses dieron en 1996.

Según Eastlund, esta tecnología podría ser capaz de desactivar tornados y crear un escudo antimisiles.

Y ahora qué

El pasado febrero, el científico Alan Robock apareció en varios medios de comunicación internacionales. El experto en clima lanzó una bomba informativa en la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia:

Los servicios de inteligencia están financiando investigaciones sobre el cambio climático, pero no para frenarlo, sino con el objetivo de utilizarlo como arma. 

Robock puso como ejemplo su propia investigación, un informe reciente que fue parcialmente financiado por la CIA. La agencia no ha explicado su interés en el mismo, ni cómo va a utilizar esa información. 

El experto confesó haber recibido una llamada preocupante: "Me dijeron: 'Estamos trabajando para la CIA y nos gustaría saber si seríamos capaces de detectar que otro país está controlando nuestro clima'". En el fondo, argumentó Robock, los agentes de inteligencia querían saber otra cosa: "Si quisiéramos controlar el clima de alguien, ¿podrían averiguarlo?".

"Estoy muy preocupado sobre quién va a tener el control", sentenció el científico ante la prensa.

Ante todos estos datos, no es posible extraer solamente una conclusión:

Es muy probable la imaginación humana aún llegue más lejos que los avances reales.

Parece evidente que la naturaleza ya no es del todo incontrolable.

Ser Dios es una cuestión de ciencia y presupuesto.

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