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La venganza de los Caballeros Blancos

Un grupo de ciberactivistas consigue reabrir el caso cerrado de una adolescente que se suicidó después de ser violada y ciberacosada: la justicia digital se abre paso con impredecibles resultados

El perturbador caso de Rehtaeh Parsons golpeó el corazón de la opinión pública occidental: en septiembre de 2011, la joven de 15 años acababa de comenzar en un nuevo instituto de Nueva Escocia, Canadá. Una compañera la invitó a una fiesta; en la casa a la que acudieron había cuatro chicos más. Allí bebieron grandes cantidades de alcohol. Rehtaeh no recordaba nada al día siguiente, cuando se despertó desnuda. Una semana después, una foto en la que aparecía manteniendo relaciones sexuales con uno de ellos comenzó a circular de manera incontrolada por el centro escolar, vía móviles y redes sociales. Acompañada por su madre, Rehtaeh acudió entonces a denunciar que había sido violada por los cuatro y aportaron como prueba la imagen.

Durante los meses siguientes, mientras la humillación pública crecía al mismo ritmo que la crueldad de los comentarios de su entorno, la investigación policial brilló por su ausencia. O si la hubo, no dio ningún resultado. Tardaron 10 meses en intentar entrevistar a los cuatro chicos denunciados, pero estos no accedieron. La policía nunca registró ni sus móviles ni sus ordenadores.

El pasado mes de abril, 18 meses después de la agresión, Rehtaeh se ahorcó con un cinturón en el baño de su casa. La inacción de las autoridades y de su propio centro escolar terminó por hacerle creer que aquel sufrimiento era, en parte, merecido.

Los vengadores online

Anti Bullyng

En este punto del relato entran en escena los integrantes de OpAntiBullying, un grupo de activistas online vinculados a Anonymous que trata de reparar los dolorosos socavones que la justicia deja en muchos casos de ciberacoso. No son los únicos que se dedican a este tipo de acciones; son lo que se denomina, en estos círculos, como “caballeros blancos”.

Su historia la hemos conocido a través de un fascinante y elaborado reportaje de investigación realizado por The New York Times: integrado por ciudadanos de diferentes nacionalidades -entre ellos varios hackers-, decidieron actuar cuando leyeron la brutal historia de Rehtaeh Parsons en la prensa. El procedimiento de OpAntiBullying en estos casos consiste, en primer momento, en llevar a cabo lo que se conoce como “doxxing” (derivado de la voz “documents”), es decir una búsqueda exhaustiva en Internet para lograr los datos personales de los investigados, como sus nombres, direcciones, ocupación, cuentas en redes sociales, etc. Una vez conseguidos, la intención es publicar estos datos en la red junto a la agresión o acoso que han llevado a cabo. El fin es señalar, avergonzar, denunciar y, en última instancia, dejar que las dinámicas viralizadoras de las redes sociales ejerzan una presión definitiva sobre los acusados.

Ante la falta de efectividad de las autoridades, este tipo de ciberactivistas emplean las poderosas herramientas que ofrece la tecnología para llevar los casos que consideran más sangrantes ante la gran picota digital del siglo XXI: Internet. ¿Se convierte el juego en ciberacoso de ida y vuelta? Aquí es donde la paradoja asoma con impredecibles y peligrosos resultados. Si acosamos al acosador, estaríamos dando legitimidad, en teoría, para que otros nos acosaran. La corriente genera un círculo de dinámicas viciosas.

Los peligros del Tribunal de la Opinión Pública

Rehtaeh Parsons AntiBullying

En el caso de Rehtaeh Parsons, los integrantes de OpAntiBullying se toparon con un gran inconveniente. Una vez habían dado con las identidades de los cuatro chavales, algunos miembros de Anonymous ajenos a la operación amenazaron con divulgarlos y llegaron a acusar en falso a un joven que nada había tenido que ver en la historia. El acoso se volcó en un chaval inocente. La propia madre de Retaeh salió en televisión para tratar de parar una bola que comenzaba a rodar fuera de control: no quería que nadie se tomara la justicia por su mano, lo que pedía –lo que rogaba- era que la Justicia cumpliera con su cometido, reabriera el caso y castigara a los culpables indirectos de la muerte de su hija. Con la desaparición de Rehtaeh probar la violación sería muy difícil, pero podrían ser acusados por difundir pornografía infantil y condenados por ello.

El asunto había pasado del cajón de “casos cerrados” de algún despacho policial a ser primer punto del día en la corte de la opinión pública. Los integrantes de OpAntiBullying decidieron actuar con responsabilidad y, atendiendo a la voluntad de la madre, no divulgaron lo que sabían. Pero el proceso ya era imparable y un gran jurado popular cibernético, informe y sin cara pedía una reparación del daño. Exigían, en realidad, venganza.

Finalmente, la presión popular dio resultado y uno de los chicos implicados se puso en contacto con la madre de Rehtaeh: admitió haber tenido sexo consentido con la chica y confesó que sus amigos la violaron cuando el estado etílico de esta no le permitía defenderse. También reconoció haber difundido la foto, la prueba definitiva que la policía necesitó para reabrir, al fin, el caso. En agosto del año pasado, dos de los implicados fueron acusados por cargos relacionados con la pornografía infantil.

Algunas consideraciones

El caso de Rehtaeh fue para la OpAntiBullying un éxito, pero deja un buen puñado de preguntas en el aire. ¿Servirán este tipo de ciberoperaciones como agentes disuasorios en los abundantes casos de violación y acoso que se dan en países como EEUU? ¿Se lo pensarán dos veces los potenciales agresores a la hora de actuar sabiendo que hay quien vigilará sus pasos y les perseguirá más allá de lo que dictamine un juez? Y aunque así fuera y el número de agresiones disminuyera, ¿es conveniente que iniciativas ciudadanas anónimas –con sus propios criterios morales- suplanten la acción de una justicia, en muchas ocasiones, lenta e ineficaz? Son acciones heroicas con resultados deseables, pero sus esquinas no dejan de ser sombrías y los peligros de acciones que deciden tomarse la justicia por su mano, numerosos e impredecibles.

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