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¿Y si pudiéramos resucitar a nuestros seres queridos?

La escritora Valérie Mréjen perdió a su madre de adolescente; ahora se reencuentra con ella gracias a la ficción

—Svetlana Spirina

Hay momentos de nuestra vida en los que todo se derrumba: cuando un ser querido se va. Cuando una persona a la que amamos y admiramos nos deja, la vida cobra un color grisáceo y nada puede levantar nuestro ánimo durante días, meses e incluso años.

En El año del pensamiento mágico, la escritora Joan Didion escribió algo al respecto que merece la pena recordar siempre: hay que dejar marchar a los muertos, para que los vivos podamos continuar nuestro curso.

De entre todas las maneras que ha encontrado el ser humano para dejar morir a sus muertos, la de la imaginación y la literatura es una de las más bellas. La novelista francesa Valérie Mréjen ha dedicado buena parte de su vida al recuerdo y a la reconstrucción de la memoria de su madre, fallecida cuando ella aún era una adolescente.

Es curioso cómo la televisión nos ha invitado a creer en los fantasmas cuando lo cierto es que esos espíritus sólo son un síntoma de aquello que los vivientes tanto echamos de menos.

La última novela de Mréjen, Selva negra, recientemente publicada en español por la editorial Periférica, es precisamente una invocación fantasmal. Un ejercicio literario mediante el cual, después de tantos años, la autora por fin logra despedirse de una persona que decidió suicidarse y abandonar a su familia de la manera más triste.

A pesar de su dureza, Selva negra es un libro esperanzador.

¿Y si los vivos pudiéramos verdaderamente resucitar a los muertos? ¿Y si los que recordamos pudiéramos convertir nuestros sueños en carne, y nuestros miedos en alegría? ¿ Y si de pronto un día despertamos con la certeza de que mamá nunca se marchó, sino que está por ahí, viajando a sus anchas, conociendo el mundo, pensando en nosotros entre avión y avión, entre playa y playa?

Valérie Mréjen decide no quejarse más, y entonces imagina conversaciones imposibles con su madre. Ahora que ha pasado tanto tiempo piensa en ella como en una señora viejita y entrañable, con la que pasea por París poníendose al día y hablando de cosas sencillas y divertidas.

Los sueños son agradables, y tanto la escritora como su mandre parecen reforzar un vínculo tan real como ficticio: " ¿Cómo retomar la conversación donde la habíamos dejado la última vez? ¿Por dónde deberíamos recomenzar? Sin duda por un clásico qué tal estás, aunque no tenga ningún sentido". 

Podría decirse que lo que hace Mréjen en estas historias es contarse a sí misma todo lo que no supo decir cuando era una adolescente huérfana. La autora asume la muerte como una parte más de nuestra historia y no como un episodio triste de ella. De hecho, morir se hace aquí tan necesario como comer, beber o respirar.

Tenemos que acostumbrarnos. Tenemos que entrenarnos ante el adiós. Tenemos que ser flexibles con nuestras emociones. Tenemos que saber que tarde o temprano los fantasmas de nuestra imaginación volarán junto a nosotros y sólo la creatividad será capaz de canalizar nuestras angustias.

Porque hay momento en la vida en los que todo se derrumba.

Pero tomemos la bola de demolición con nuestras propias manos.

Derribemos entonces la tristeza. Hagámosla estallar en miles de pedazos.

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