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La insolente realidad de la 'tasa rosa'. O lo caro de ser mujer

El impuesto "invisible" que todo producto lleva por el simple hecho de ser para mujeres

Las mujeres pagan más por lo mismo. Así lo constata el Departamento de Asuntos del Consumidor (DCA) de la ciudad de Nueva York tras realizar un estudio sobre la fijación de precios de mercancías en función del género.

En su investigación compararon casi 800 productos de más de 90 marcas distintas en su doble versión masculina y femenina. Estudiaron juguetes y accesorios, ropa infantil, ropa de adultos, productos de higiene personal y productos sanitarios para gente mayor.

Conclusión: la versión femenina de un producto es, de media, un 7% más cara que la masculina.

Específicamente las mujeres pagan:

Un 7% más por juguetes y accesorios.

Un 4% más por ropa infantil.

Un 8% más por ropa de adultos.

Un 13% más por productos del cuidado personal.

Un 8% más por productos sanitarios para gente mayor.

Este impuesto "invisible", que grava más caros los productos femeninos, se conoce como la 'pink tax' (tasa rosa) y se hace evidente al pisar un supermercado cualquiera o al comparar precios de productos en función del género en tiendas online.

Un doble golpe

El impacto financiero de estas disparidades de precios al cabo de toda una vida es muy significativo, sobre todo teniendo en cuenta que las mujeres siguen cobrando menos que los hombres por realizar el mismo trabajo.

"Es un doble golpe", explica Julie Menin del DCA, " y no solo sucede en Nueva York", añadía, "se puede aplicar a todo el país".

A todo el país. Y, en menor o mayor grado, a todo el mundo.

En España, por ejemplo, la brecha salarial de género es grande aún: las mujeres cobran un 19,3% menos que los hombres, según publicó este octubre el diario Expansión. Y las diferencias de precios entre productos "azules" y "rosas" siguen estando ahí, a la vista de todos.

Aunque desde distintas organizaciones, blogs y medios online se denuncia esta discriminación, las marcas siguen fijando precios más altos para las versiones femeninas de sus productos.

Así, para evitar este recargo de momento solo queda una opción: comprar directamente la versión masculina de los productos, puesto que a veces únicamente cambia su color y envoltorio. Venden lo mismo, con distinto precio.

"La única diferencia perceptible es el olor", afirma un análisis de la Universidad Central de Florida, refiriéndose a desodorantes y otros productos de cuidado personal.

 

Lo que cambia básicamente es su color y envoltorio.

"Los consumidores individuales no tienen control sobre qué ingredientes y por qué se han utilizado en los productos que se comercializan, hacen la compra basándose en lo que el mercado les ofrece", dice el informe de la DCA.

Pero los fabricantes y los minoristas, que sí lo saben, ya han hecho antes otra elección: "fijar una carga financiera mayor para las consumidoras".

¿Hasta cuándo?

[Vía: New York Consumers Affairs, The Washington Post, Expansión]

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