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Por qué Ten Walls es el artista que todo el mundo odia

Sónar y otros festivales europeos vetan al productor por sus declaraciones homófobas

Todo el mundo odia a Ten Walls. Su momento ha pasado de 100 a 0 en cuestión de un par de días. Hay quien ya da la carrera de este joven productor de música electrónica por acabada.

Y todo por culpa de una salida de tono en Facebook que algunos tachan de suicidio artístico.

Recapitulemos. El post de la discordia, hoy desaparecido, rezaba así:

"Recuerdo cuando estaba produciendo música para un artista lituano, que me intentaba lavar el cerebro y convencerme de que no tenía que ser tan conservador e intolerante hacia ellos [los gays]. Cuando le pregunté '¿y tú qué harías si descubrieras que el ano amarronado de tu hijo de 16 años está siendo perforado por su novio?'. Bueno, se quedó callado".

Ha pasado de estar en un momento dulce a ser el nuevo apestado de la escena electrónica global

La cosa no quedaba ahí. El discurso homófobo de Marijus Adomaitis llegaba a equiparar la homosexualidad con la pederastia. Llegaba, incluso, a referirse a las personas gay como "una raza distinta".

"En una de mis primeras sesiones en Irlanda, de camino al hotel, vi una iglesia con una valla decorada con cientos de zapatos de niño. Me pregunté el por qué de aquello. Desafortunadamente, lo que ocurrió es que se había destapado la mentira de un cura que durante años estuvo violando masivamente a niños. Por desgracia, esta gente de raza distinta continua haciendo lo que hacía y todo el mundo lo sabe pero no hace nada al respecto. En los buenos años 90... a esta gente de raza distinta se la arreglaba".

Por la boca muere el pez

Ten Walls ha pasado de estar en el punto más álgido de su carrera a ser el nuevo apestado de la escena electrónica global. Su ascenso a la primera división de la escena europea del house —gracias, sobre todo, a su hit Walking with Elephants— había sido tan rápido como fulgurante ha sido su caída.

Claro que el productor y DJ lituano ha intentado disculparse, pero la reacción en cadena parece imparable.

Sónar ya no le quiere en su cartel, como tampoco le quieren ya otros eventos con solera del circuito electrónico europeo como Creamfields, el holandés PITCH Festival o el austriaco Urban Art Forms. Su agencia de contratación (Coda Music Agency) ha comunicado que ya no representa al artista, la prestigiosa tienda londinense Phonica ha anunciado que dejará de vender sus discos, y compañeros de gremio como Fort Romeau, JD Twitch o Maya Jane Coles han dejado claro, cada uno a su manera, que no quieren tener nada que ver con Ten Walls.

O como escribía Coles: "No queremos esta clase de actitud en nuestra comunidad".

Justicia o linchamiento

Las ideas homófobas expresadas por Ten Walls son, además de ignorantes, difícilmente justificables desde el punto de vista moral. Con todo, en el aire quedan flotando algunas preguntas. 

¿Es posible juzgar el output artístico de un creador con independencia de sus ideas personales? ¿Están las redes sociales contribuyendo al pensamiento único? Y la virulencia en las reacciones contra la actitud de esta persona en concreto, como si fuera una anomalía aislada, ¿no supone en cierto modo idealizar la escena electrónica como una isla más liberal, tolerante y progresista de lo que puede que en realidad sea?

A juicio del periodista David Puente, la reacción ha sido desmesurada. "Me parece que ha sido producto del efecto llamada de las redes. ¿Qué pasa con Snoop Dog, por ejemplo? Además, la electrónica se ha nutrido de grandes homófobos y machistas. El grime, por ejemplo, o el hip hop de Los Angeles".

Frankie Pizá, conductor del espacio Bamboleo de RBMA Radio, considera la reacción justificada y desmesurada al mismo tiempo. "La libertad y ligereza con la que se expresó Ten Walls y su torpe arrepentimiento han facilitado un linchamiento colectivo que recuerda a cuando todos los alumnos de una clase cogen manía al mismo por una frase mal dicha o un error inoportuno. Es desesperanzador observar creencias así hoy en día por parte de un ser humano civilizado, pero es también intrigante ver la facilidad del grueso para castigar en masa cuando algo sale fuera del margen, sea apropiado o inapropiado".

"No hay un límite claro que indique dónde una decisión es justa o desproporcionada", opina Javier Blanquez, excompañero de esta casa y firma musical en El Mundo. "Pero los hechos son claros: un señor dice cosas en su cuenta personal de Facebook –que no es como comentarle una cosa a dos colegas en un bar; esto puede tener una amplificación mundial–, y esas palabras son realmente lesivas contra la dignidad de muchas personas. Quien se sienta ofendido, incluidos festivales, está en su derecho de no querer tener nada que ver con una persona así".

Los artistas no tienen excepciones como ciudadanos, no hay ninguna regla que les permita comportarse como seres indeseables

"Es cierto que parece que estamos en un momento en el que necesitamos chivos expiatorios todo el rato, y que las redes sociales se han convertido en el nuevo circo romano en ese aspecto", añade Blanquez. "Pero también los hechos son irrefutables, y la gente es libre de decidir quién le cae bien y quién le cae mal. Mel Gibson hizo comentarios antisemitas, y su carrera se hundió. Joe Galliano dice que le encanta Hitler, y su carrera se va por el desagüe. Cannes boicoteó a Lars von Trier por lo mismo. Los artistas no tienen excepciones como ciudadanos, no hay ninguna regla que les permita comportarse como seres indeseables".

Daniel Verdú, periodista de El País, añade una interesante variable a la ecuación: la imagen de marca y la posible publicidad negativa que podría derivarse de no responder ante una situación como la generada por Ten Walls.

"La reacción está justificada por muchos motivos. Principalmente por la creencia en los derechos humanos de quienes han tomado la decisión de desvincularse de él, pero también por puro sentido de empresa. Sus comentarios ya no se aceptan en la sociedad actual y nadie en su sano juicio asociaría su marca al nombre de un descerebrado de este calibre. Y menos si la marca en cuestión tiene que ver con el mundo de la electrónica, que nació y creció en paralelo a muchos de los avances de la comunidad gay".

La escena electrónica, como la sociedad, es imperfecta. Pero que seamos conscientes de su imperfección no significa que no haya que trabajar para mejorarla

Un tipo del montón

Basta echar un vistazo a cifras e informes sobre la realidad LGBT en Lituania para entender que la visión homófoba de Ten Walls es allí moneda común. Marijus Adomaitis piensa, tristemente, como buena parte de la población de su país. Un país cuya historia y cultura no se entienden sin la influencia de la tradición católica. ¿Le exime eso de algo? No le exime. Pero tampoco hay que pensar en él como un blanco único. Porque, ¿puede alguien creer que la escena electrónica está libre de ideas homófobas?

"No, por supuesto que la escena electrónica no está libre de actitudes homófobas, porque la escena es muy amplia, y cada persona es un mundo", opina Blanquez. "No piensa igual un productor ruso que un productor inglés o alemán. Hay diferencias culturales, y el pensamiento al respecto de ciertas cuestiones no es homogéneo. Pero si se han superado en gran medida cuestiones como el racismo, la homofobia no tendría por qué quedar en un limbo. La escena electrónica, como la sociedad, es imperfecta. Pero que seamos conscientes de su imperfección no significa que no haya que trabajar para mejorarla".

Lo que queda claro es que Ten Walls piensa en house como un sonido desligado de su historia. Si se hubiera enterado de algo, no podría haber lanzado una soflama como la suya desde el centro de una escena, la de la música house, que nació como forma de expresión de la comunidad gay negra en Chicago.

Suspenso en historia. Y en valores.

La mejor religión es la tolerancia, mejor cuando es recíproca

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