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Los surferos que tomaron las ciudades y cabalgaron sus ríos

¿Quién dijo que coger olas era sólo cosa de lobos de mar?

Un día cualquiera en Munich. Es invierno y las temperaturas han bajado. Cae la nieve y en la calle la gente se apresura a llegar a sus citas, o fuma cigarrillos en la puerta de los bares con la nariz roja y congelada. Todo el mundo parece tener prisa por llegar a algún sitio con calefacción. Bueno, no todo el mundo. Unos aguerridos deportistas se dirigen hacia el río Eisbach vestidos con trajes de neopreno. Bajo sus brazos, tablas de surf. Están dispuestos a surfear el río. Y cada vez son más.

¿Una escena de ficción? Para nada. El río, situado en el Englischer Garten de la ciudad, ha sido escenario de estampas como esta desde principios de los 70. Sin embargo, desde la regulación del surf urbano en Munich en 2010, el deporte ha conocido un auge espectacular. Hoy más de 100 personas pasan cada día por el punto en el que una carga de ladrillos, que pretendía controlar la fuerte corriente, levantó una ola perfecta por accidente.

El caudal y la disposición del lugar, situado justo después de un puente, hacen que sólo se pueda surfear de uno en uno. Eso significa que cada surfista tiene un montón de audiencia, entre colegas y curiosos. Salvo esos locos que se dedican a lanzarse a las aguas en pleno invierno a 10 bajo cero. Esos no lo hacen por la fama.

Un deporte en la cresta de la ola

Ya vemos que surfear en ríos no es nada nuevo. De hecho, el primer registro del que se tiene constancia data de 1955, año en que aparentemente algún individuo se marcó un recorrido de 2 kilómetros a lomos de una ola de marea en el río Severn, el más largo de Gran Bretaña. Lo que sí que es nueva es la fiebre que se ha despertado por el deporte en los últimos años, y sobre todo su incursión decidida en territorios urbanos.

Aunque ya conocíamos ejemplos de surf en entornos artificiales, tomar los ríos de las ciudades suena mucho mejor. Una manera divertida de entender un espacio que también es público, y de paso sacar a los ríos del descuido en el que muchas veces caen. También es hacer de la necesidad virtud, ya que muchos aficionados no pueden viajar a las playas todo lo que querrían. La cosa gusta tanto que ha ido extendiéndose de manera imparable en lugares tan dispares como Estados Unidos, Austria, Noruega, Nueva Zelanda o incluso China.

Aún así, ninguno de estos enclaves han conseguido de momento consolidarse tanto como el ya mítico rincón del Eisbach, que cada año congrega cientos de personas y que tiene su propio blog con eventos y su hall of fame de héroes locales de la ola. Y es que surfear en unas aguas que nunca suben de los 10º de temperatura es un verdadero acto de amor al deporte. La pregunta ahora es, ¿verán nuestros olvidados ríos urbanos alguna vez a valerosos guerreros de la tabla haciendo acrobacias, o seguiremos prefiriendo las playas de Tarifa? No lo sabemos, pero una combinación de estas dos escenas sería una bonita fantasía.

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