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¿Están los smartphones acabando con el espacio público?

Un estudio de Rutgers trata de desmontar tópicos sobre el impacto de la tecnología móvil en la vida pública

¿Cuantas veces no habremos oído la cantinela de que “la tecnología nos aliena y está haciendo que nos olvidemos de interactuar con otros seres humanos”? Casi tantas como escuchamos a los emisarios de la ciber-revolución haciendo proselitismo descarado sobre las maravillas de estar 24 horas enganchado a tu avatar virtual, y de cómo esto nos hará más libres, más demócratas y mejores. Sabemos que ninguno de los dos discursos es del todo cierto, pero eso no impide que cada dos por tres los veamos repetirse en titulares y portadas varias. Porque, ¿a quién no le gusta una buena historia?

A Keith Hampton, profesor de Rutgers, Universidad de Nueva Jersey, por ejemplo. Al menos cuando se trata de estudiarnos, a él le tira más la prudencia y el observar con calma. Es más aburrido, no vende tanto, pero puede llevar igual a conclusiones interesantes. Como por ejemplo desmontar (en parte) el mito de que los espacios públicos están vaciándose de vida debido a nuestra relación obsesiva con smartphones y tablets. Según Hampton parece ser que nuestra vida urbana no está tan desecha como pinta. O que al menos nuestra relación con la tecnología no tiene mucho que ver con ello.

Para extraer conclusiones sobre el uso del espacio público en las ciudades estadounidenses de la era iPad, Hampton y su equipo recurrieron a replicar los estudios pioneros de observación urbana que el sociólogo William H. Whyte llevó a cabo en los años 60 y 70 (similares a los que por esa época también estaba conduciendo Jan Gehl, otro visionario de lo público, en Dinamarca), consistentes grosso modo en plantar cámaras en espacios públicos de distintas ciudades y observar cómo se comportaba en ellos la gente. Sus recorridos, sus preferencias, cuando decidían sentarse o levantarse, juntarse en grupos, charlar o estar solos. Sus conclusiones llevaron a cuestionar seriamente ciertos dogmas en torno a la construcción de ciudad según los estándares del movimiento moderno estadounidense y europeo (nada que ver con el modernismo catalán), racionalistas, herméticos y fríos.

Plantando igualmente cámaras en algunos de los lugares que Whyte utilizó en aquella época, Hampton y su equipo recogieron cientos de horas de grabación que después dividieron en periodos de 15 segundos, y analizaron por separado. Un proceso tedioso hasta volverte loco, pero que arrojó resultados inesperados. En los lugares escogidos, y tomando como referencia aquellos grupos de personas o peatones solitarios que permanecían más de un minuto en ellos, se calculó que sólo alrededor de un 3% estaban conectados a sus móviles, y que por lo general, estos solían estar solos. El uso de la tecnología digital parecía tener más de herramienta para rellenar momentos en blanco de nuestra experiencia cotidiana (esperar a otros sentado en un banco, una breve pausa antes de proseguir camino) que de ominosa amenaza a la vida grupal.

Más resultados esperanzadores: el gusto por utilizar la calle parece haber crecido con respecto a las observaciones de los años 70. Tomando como ejemplo las escaleras del MET (el Museo de Arte Metropolitano) el porcentaje de personas que permanecían en el lugar durante un tiempo más o menos breve había ascendido un 53 por ciento con respecto a los datos de 1979. Además, nos gusta estar en grupo más que solos: el porcentaje de personas solitarias descendió del 32 al 24 por ciento en el mismo periodo.

Algunas voces más críticas han acogido estos resultados con escepticismo. Sherry Turkle, ex-compañera de Hampton en el MIT y autora del libro "Alone Together" se ha apresurado a señalar que el estudio sólo nos habla de los usos tecnológicos de la vida pública y no del impacto que el uso de los móviles tiene en las relaciones domésticas o familiares. Rich Ling, investigador danés sobre usos móviles, señala que las horas de observación elegidas eran sobre todo la parte media de días laborables, momentos de pico de actividad en la que los trabajadores de las zonas se reúnen y se mezclan con los paseantes. Y que por tanto quizás los resultados haya que cogerlos con pinzas.

Sea como sea, la vida en las calles sigue ahí, y es bueno que el debate siga vivo. También es bueno que haya quien nos recuerde de cuando en cuando que seguramente el problema con nuestros espacios públicos no tenga tanto que ver con la tecnología, y más con otras rupturas en la vida social de las ciudades a las que haya que ir prestando más atención.

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