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Tú no eres xenófobo, solo estás preocupado por tu delicada salud

Así actúa el tramposo mecanismo psicológico inconsciente que nos impulsa a rechazar al extraño cuando nuestra salud está en juego

Nuestras compañías en el viaje eran de la calaña más mezquina, fumaban prodigiosamente, y eran extremadamente asquerosas... Las caras repelentes y babosas de nuestros compañeros de viaje... Nuestro único deseo era aniquilar a aquellos sucios animales. Sería más sencillo para Dios hacer nuevos hombres que intentar purificar a semejantes monstruos”.

Por si no quedara claro, esas líneas hablan de personas, de gente de carne y hueso, tan reales como tú y como yo. Gente probablemente extranjera, con costumbres distintas a las de aquel o aquella que habla. Digamos que, observado en su contexto, ese párrafo podría pasar por un gran esputo xenófobo. Nada más que eso.

¿Qué nos lleva a desarrollar miedo o aversión a los extranjeros que vemos como extraños?

Hoy no cuesta imaginar semejante invocación de la náusea ante la presencia extranjera en boca de un Le Pen obligado a compartir vagón con algún francés de origen subsahariano, o a algún simpatizante de PEGIDA contrariado por la visión de un jubah en un autobús público en el centro de Leipzig. Pero no.

Esas líneas son cosa de una mujer sensible, impresiones sacadas de un viejo diario personal. Una mujer, además, celebrada por su pensamiento liberal y su convicción feminista. Aquella que pasó a la historia como autora de Frankenstein.

Siendo una mujer reformista, progresista y cabal, ¿qué pudo llevar a Mary Shelley a describir de semejante forma a aquellos alemanes con los que tuvo que compartir viaje? ¿Por qué en sus diarios despacha a los labriegos franceses de la época con un “ escuálidos y sucios, sus semblantes expresando todo lo que es repugnante y estúpido”?

Puede que Shelley tuviera un día de humores perros. Puede que las personas a las que retrata fueran desagradables más allá de lo común. O también puede que la británica escribiera esas líneas estando un poco pachucha. O incluso embarazada de alguno de sus hijos.

Sí, has leído bien. Enfermiza, embarazada... Seguro que te estás preguntando, ¿qué diablos tiene que ver la salud con el odio hacia lo(s) diferente(s)?.

Pues parece que bastante.

Según la psicología evolutiva, el cerebro cuenta con un 'sistema inmunitario conductual' que, de manera inconsciente, reacciona contra la posible presencia de patógenos en nuestro entorno. Esto afecta a nuestras interacciones con otras personas y puede alimentar actitudes xenófobas

Según explican Damian R. Murray y Mark Schaller en un reciente paper publicado en Advances in Experimental Social Psychology, la aversión humana “al extraño” o al extranjero tiene que ver con un viejo recurso psicológico que surgió para protegernos de posibles infecciones

Ese mecanismo es conocido en el ámbito de la psicología social como el “sistema inmunitario conductual”. Inmunitario porque nos protege, y conductual porque influye en nuestra conducta, afecta a nuestros comportamientos sociales.

El sistema actúa de una forma parecida a como lo haría una app en segundo plano, como un circuito de alarmas que no ves, pero que está siempre conectado. Su principio es simple: analiza el entorno en busca de posibles amenazas, y genera respuestas automáticas en función de lo que ve.

De esa manera, el mecanismo nos puede llevar a evitar o rechazar, sin nosotros ser plenamente conscientes de ello, cosas o personas que no nos resultan familiares por la sencilla razón de que (nuestro cerebro interpreta que) pueden albergar patógenos dañinos para nuestro organismo. El miedo es al contagio. El cerebro está velando por nuestra salud.

La psicología social sugiere que el sistema inmunitario conductual puede contribuir a los prejuicios contra la gente que percibimos como no familiar

La cosa viene de atrás. De tiempos en los que las grandes migraciones, las expediciones en busca del Nuevo Mundo y las colonizaciones de nuevas tierras suponían un grave riesgo de exposición a infecciones desconocidas.

Otras latitudes y otras culturas significan otras costumbres, otros hábitos higiénicos, otras aguas, otras dietas, otras enfermedades... Puede que a día de hoy esos riesgos estén más o menos controlados por la medicina, pero en el pasado la llegada del "hombre extranjero" acabó con pueblos enteros por culpa de la tosferina, el sarampión, la viruela y otras infecciones desconocidas entre la población receptora. Aún hoy es habitual eso de viajar a algún lugar más o menos remoto para acabar pasándonos tres días pegados a la cama o la taza del váter por culpa de una fiebre extraña o una diarrea inoportuna.

El origen del sistema inmunitario conductual estaría en un pasado remoto en el que las migraciones podían suponer un grave riesgo de exposición a infecciones desconocidas

Murray y Schaller explican que el sistema inmunitario conductual sería un regalo de ese pasado. El riesgo sanitario es ahora mucho menor, pero nuestra cerebro sigue escaneando el paisaje, de manera automática, en busca de esas amenazas.

Amenazas que pueden no ser reales. Porque el sistema es tan sensible que a menudo se equivoca. Una piel manchada, por ejemplo, puede ser percibida como infecciosa cuando no lo es.

Otro ejemplo de ese exceso de celo del sistema inmunitario conductual lo tenemos en el caso de las mujeres gestantes. En Theory and Explanation in Social Psychology, B. Gawronski y G.V. Bodenhausen aluden a diversos estudios que muestran que las mujeres embarazadas hacen gala de actitudes significativamente más etnocéntricas y xenófobas durante su primer trimestre de embarazo, incluso cuando nunca lo han sido (xenófobas).

Todo se debe a ese sesgo cognitivo. El cerebro exagera los riesgos. Simplemente, las futuras madres tienen mucho que perder.

En general, dice la ciencia, cuanto más vulnerables a la enfermedad nos sentimos, más probable es que sintamos miedo o rechazo ante escenarios desconocidos o personas diferentes o extrañas. A esa “germenfobia” habría que sumar, claro, otros factores más visibles como la ideología, el contexto político, la marcha de la economía, la mayor o menor confianza en las instituciones, la diferencia religiosa, moral o incluso lingüística, el miedo a una posible violencia física ejercida por esos “venidos de fuera”...

Las mujeres embarazadas muestren actitudes significativamente más etnocéntricas y xenófobas durante sus primeros meses de embarazo

El mecanismo, si bien surgido para protegernos, también tiene sus riesgos.

Murray y Schaller señalan en su paper que personas con un sistema inmunitario conductual especialmente sensible tienden a ser menos extrovertidos, a rechazar situaciones sociales, y a estar menos abiertos a nuevas experiencias. Y eso, a la larga, puede tener un precio. Como escribe Murray, "hay toneladas de estudios que muestran que el aislamiento social tiene efectos negativos sobre la salud a largo plazo".

Esa es la paradoja cruel del sistema inmunitario conductual: nos pone en cuarentena para mantenernos sanos, pero eso también significa alejarnos de la gente, y la vida sin los otros... solo nos termina enfermando.

Ah, y sí. Según las fechas de su diario, Mary Shelley estaba en su primer trimestre de embarazo cuando escribió aquellos desprecios dirigidos a ciudadanos alemanes y franceses. No se lo tengas en cuenta.

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