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La historia secreta que se esconde tras el palo de las selfies

¿Por qué odiamos tanto este objeto?

Estás de vacaciones solo o con un acompañante. Quieres hacerte una foto frente a un monumento turístico pero hay tanta gente que no puedes depositar la cámara en ningún lugar fijo para activar el autodisparador. Eres tímido, o desconfiado, y no le vas a pedir a nadie te saque esa foto.

Eso es lo que le sucedió al canadiense Wayne Fromm en 2002, cuando estaba de viaje con su hija por Florencia. Volvieron a casa con un montón de fotografías alternas: en ninguna estaban juntos ni se veía el paisaje que había a sus espaldas. 

Fromm, que es inventor, tardó en encontrar una solución para recordar los viajes con su hija. El objeto tenía que ser resistente, aguantar peso y ser fácil de transportar. Primero pensó en la tecnología de los paraguas y en los imanes, hasta que dio con la idea de un palo extensible. Su invento, patentado en 2005, se llamó Quick Pod en alusión a "trípode rápido".

El producto tardó mucho en llegar a las tiendas: antes que eso, adictos a las cámaras GoPro o manifestantes ingeniosos ya habían probado de atar sus móviles al palo de una escoba para conseguir imágenes panorámicas.

Cuando patentó Quick Pod, Fromm ni siquiera sabía lo que era una selfie. Y sin embargo ideó el dispositivo hermano de la era de las redes sociales, la extensión biónica la vida online. Por supuesto, de los cientos de miles de "selfie sticks" que se venden online, algunos de fabricación china con conexión bluetooth, muy pocos son de Fromm.

Odiar el palo

El palo para selfies es uno de los productos estrella de 2014. Su uso se ha extendido tanto que ya es habitual verlo entre el equipo fotográfico de los turistas que visitan nuestras ciudades. También ha pasado a la intimidad: los usuarios son cada vez más exigentes con las fotos de sí mismos que cuelgan en la red. Ya no nos vale cualquier selfie.

De modo que el palo no es otra cosa que el perfeccionamiento de una práctica social que ilustra los primeros años del siglo XXI: la de mostrarnos a nosotros mismos en determinadas situaciones.

Aunque todos nos hacemos selfies, este nuevo hábito es burlado, criticado y despreciado como una muestra de ego virtual. Si pasamos gran parte de nuestro tiempo en el entorno digital y nuestros perfiles en las redes sociales influyen en nuestra vida física, ¿no es lógico que la humanidad quiera mostrar su lado bueno?

Más allá de la sobrerrepresentación y el hartazgo que el selfie como ente significante ha dado de sí en 2014, el palo ha sido, para muchos, la gota que la colmado el vaso. Se trata de un objeto vergonzoso que ilustra la pérdida de valores en la sociedad actual: un auténtico descarrilamiento moral que tiene como epicentro nuestra cara bonita. 

Sin embargo, nos atrevemos a apuntar dos motivos por los cuales el palo de hacer selfies da tanta rabia: en primer lugar, y aunque también se utilice con cámaras fotográficas, visibiliza la presencia del mundo virtual en las calles, algo muy molesto para muchas personas.

Si las cabezas hundidas en pantallas de móviles ya son el paisaje habitual en el transporte público, el selfie stick convierte a un transeúnte en un usuario de Facebook o Twitter. Le faltaría el puntero localizador de Google Maps en la cabeza.

En segundo lugar, el palo de hacer selfies evidencia cómo los paseos, las exursiones, los viajes se hacen cada vez más en grupos pequeños o de forma individual. Nos muestra, con la claridad del teatro, la soledad. Esa sí es trending topic.

El palo de hacer selfies nos enfurece porque nos muestra la soledad.

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