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Cirugía estética, espiritualidad y sexo forzado: bienvenidos al culto de Buddhafield

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El documental Holy Hell retrata en primera persona lo que es vivir dentro de una secta destructiva

silvia laboreo

18 Mayo 2016 20:17

Es 1985 y el joven Will Allen se encuentra, como tantos otros jóvenes, perdido en la vida. Recién graduado en dirección de cine, su familia lo rechazaba por ser gay y nada parecía funcionar correctamente a su alrededor. Un buen día, su hermana mayor le recomendó ir a The Buddhafield, un grupo de meditación al que asistían regularmente unos amigos suyos. Allí es donde conoció a Michel, al que llamaban El Maestro, un ex actor y bailarín de ballet que lideraba el grupo.

 Después de unas pocas semanas de toma de contacto, Will se convirtió en la sombra de este hombre, siendo su videógrafo, asistente y fotógrafo durante más de 22 años.

Ahora, estos años quedan retratados en el documental Holy Hell, producido por Jared Leto y presentado en la pasada edición del festival de Sundance. Un recorrido en 45 minutos por el ascenso y la caída de una de tantas sectas new age que nacieron en los años 80 bajo las colinas de Hollywood.



Will retrata con su cámara la vida en Buddhafield, la primera época idílica en las playas de California, las mudanzas del grupo en los 90 de Los Ángeles a Austin y Hawaii, y la ruptura de la ilusión que pronto dio paso a la paranoia, a la mentira y a los secretos oscuros en el seno de la secta.

Secretos que finalmente llevaron a Will a abandonar el grupo, tras más de 20 años de obediencia ciega.

 


Desde que entró en el culto, el cineasta se dedicó a hacer películas caseras de la vida cotidiana del grupo. En los viejos clips de Will aparecen muchos jóvenes rubios, guapos y sonrientes que danzan alrededor de un círculo en la playa. Decenas de jóvenes despreocupados ríen, cantan y parecen felices mientras se abrazan los unos a los otros. Mujeres y hombres que meditan, pintan y bailan en un prado. Y siempre en el centro del círculo un hombre pequeño, bronceado, semi desnudo, solamente vestido con un bañador ajustado.

Es él, Michel, el Maestro, el líder de este grupo de bellos jóvenes espirituales.  

Los miembros de Buddhafield se reúnen en torno a él, riéndose de cada pequeña broma que hace, de cada palabra y disfrutando de las caricias que les dedica su gurú.



La filosofía de esta secta era una mezcla de religiones orientales, espiritualidad y actividades como el yoga y la meditación, todo aderezado con un poco de lavado de cerebro.  

El grupo nunca fue muy grande —en sus años álgidos tuvo unos 100 miembros—, pero todos ellos profesaban una adoración a su Maestro que rayaba lo paranoico. 

 Entre las labores de Allen se encontraba la de retratista de Michel. La personalidad narcisista del líder era perfecta para las fotografías. El joven realizaba retratos del gurú, primeros planos en los que el líder de Buddhafield miraba fijamente a la cámara. “Como Tyrone Power o incluso Marilyn Monroe”, cuenta Allen a la revista Vanity Fair. “Creo que estaba muy influenciado por las estrellas del cine clásico”.

Michel siempre llevaba maquillaje y tenía un cierto aire femenino que intentaba inculcar al resto de miembros de la secta.



Para Michel, el ejercicio físico era muy importante y forzaba a sus discípulos a hacer deporte al menos 3 veces por semana. El Maestro también recordaba sus años de bailarín de ballet y organizaba actuaciones en las que los disfraces, el maquillaje, los juegos de iluminación y el sonido envolvente jugaban un papel principal.  Incluso llegó a construir un gran teatro dedicado a aquellas representaciones cuando el grupo se trasladó a Austin.

“Hubo un ballet que se puso en marcha durante dos años”, recuerda Allen. “Había trajes y un escenario espectacular. Hicimos un ensayo general pero nunca se llegó a representar. Nunca nadie lo vio. Era ridículo”.

El documental Holy Hell narra en primera persona la experiencia durante más de dos décadas de un miembro de la secta Buddhafield

Los domingos, los miembros de la secta se trasladaban a un campo cercano donde se sentaban en círculo alrededor de Michel para escuchar sus historias y cantar. Hasta que llegaba el momento en el que el Maestro se levantaba y comenzaba a lanzar comida a sus discípulos.

Allen explica a Vanity Fair que todo formaba parte de una tradición india. “Michel ofrecía alimento a sus devotos. Para nosotros era una bendición comer alimento directamente de sus manos”.

Entre los miembros del grupo se encontraban varios cantantes y músicos, que se dedicaban a rescribir canciones famosas de la época con mensajes acerca del amor y Dios.



Pese a que las imágenes psicodélicas que grabó en su día Allen y que ahora se muestran en el documental parecen fruto de un viaje LSD, los vicios estaban prohibidos en la comunidad. Ni drogas ni sexo.

Menos para el gurú, claro.

Los rituales Shakti de la filosofía budista eran comunes en Buddhafield, y Michel ofrecía a ciertos seguidores una experiencia directa con Dios. Los miembros de la secta conseguían un estado de elevación que rememoran como una experiencia similar a la del LSD, pero todos coinciden en afirmar que no se ingerían drogas en la comunidad. Al menos conscientemente.

Todo parece indicar que la sensación mística se conseguía tras largas sesiones de lavado de cerebro a jóvenes vulnerables y con problemas afectivos. 

Sexo no consentido, abortos obligados, lavado de cerebro y terapias psicológicas caras eran comunes en el día a día en Buddhafield

En 2007, la secta se disolvió y sus miembros abandonaron a Michel. Eso hizo que salieran a la luz muchos de los aspectos turbios de la vida diaria de la comunidad que los hermanos de Buddhafield habían mantenido en secreto.

Se descubrió que El Maestro había sido un actor porno y no un actor convencional, pero eso no es lo peor. El Maestro había obligado a sus seguidores más jóvenes, hombres y mujeres, a tener relaciones sexuales con él durante años. Presionaba a las mujeres para que abortaran y hacía que muchos de sus seguidores se sometieran a operaciones de cirugía plástica solamente para ver como le quedarían esas modificaciones a él.



La terapia no era gratis en Buddhafield. Los hermanos y hermanas tenían que pagar 50 dólares por cada sesión con el Maestro. Eran presionados a abandonar sus casas y a renegar de sus familias. Solo años después de dejar el culto, sus seguidores fueron conscientes del brutal lavado de cerebro al que habían sido sometidos.

Nadie se podía imaginar que ese hombre pequeño, bronceado y semidesnudo escondería un monstruo manipulador. Un monstruo que ahora ha cambiado de nombre otra vez y lidera una comunidad de 100 personas en la isla de Oahu.

Quizás la historia de Holy Hell llegue a esta pequeña isla e impida que se vuelva a repetir otro Buddhafield. Antes de que sea demasiado tarde y otras 100 personas sean víctimas de las enseñanzas y los abusos del Maestro. 














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