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El secreto del último reducto del PP de Cataluña

Pontons: un retrato de lo que queda del partido que gobierna España en Cataluña

Imágenes de Néstor F.

Pontons desconocía que su nombre haría épica en la historia que se cuenta de Cataluña. De manera involuntaria, se ha convertido en un símbolo de la resistencia al nacionalismo. Una resistencia dentro de la resistencia: las legiones de Mas contra Pontons, las legiones de Rajoy contra Cataluña.

Los medios se han esforzado en convertirla en la pequeña aldea gala de Astérix. A sus vecinos, sin embargo, todo esto parece darles igual.

Porque nunca ha sido portada de periódico que un pueblo de 477 habitantes vote a la persona antes que al partido, a la gestión antes que a la ideología.

Y eso es lo que le ha ocurrido a Lluís Fernando Caldentey, el único alcalde del PP en toda Cataluña. Lleva 16 años —camino de los 20— gobernando Pontons por mayoría absoluta.

¿Cuál es el secreto?

Él dice que le llaman “héroe”. Pero su gesta no es otra que haber cumplido con lo que prometía. La de ser creíble, que no es poco.

Entre otras cosas ha traído una farmacia y una escuela... Y puede que esto se deba a que sea el mimado de Madrid, desde que fuera el único que impidió que se votara la consulta soberanista del 9-N el año pasado.

“La secretaría de Arquitectura de la Federación de Municipios acaba de aprobar una partida presupuestaria para Pontons”, dice orgulloso, mientras hablamos con él en la sala de plenos.

Más que el pueblo indomable, Pontons es un retrato de la decadencia del PP en Cataluña

Más que el pueblo indomable, Pontons es un retrato de la decadencia del PP en Cataluña: perdido, remoto, huraño, incomunicado, sin apenas jóvenes. Sin un alma en las calles.

Los mayores, sin embargo, apoyan a Caldentey. Hemos recorrido Pontons de cabo a rabo y solo hemos conseguido dar con tres vecinos, uno de los cuales no quería hablar por considerarse “apolítico”:

“Tengo un establecimiento y no tengo ninguna opinión sobre el alcalde ni la política. Ni me publiques, nano”.

Otro, jubilado, considera que Caldentey es una gran persona. “ Su único defecto es que es del PP, pero este hombre ha hecho mucho por el pueblo”.

Y lo mismo piensa Anna, de 32 años, que es camarera en el bar de su familia. No quiere decirnos a quién votó en las elecciones municipales —"es una pregunta muy directa"—. Pero incide en que el alcalde lo hace bien.

Para buscar a más vecinos nos hemos ido a las fincas de uva que esta semana comienzan la recogida masiva para abastecer a la troika del cava del Penedés: Codorníu, Segura Viudas y Freixenet.

Entre las vides nos encontramos con Joan Figueres, de 57 años. El alcalde nos dice que “este sí que es de derechas”, como él. Pero nada. Joan responde que “claro” que vota al alcalde. Pero cuenta que le vota porque lo único que él quiere es ganarse la vida y terminar el mes.

Y Caldentey garantiza eso a sus vecinos, propietarios de fincas vinícolas con las manos llenas de callos desde hace décadas.

Su único defecto es que es del PP, pero este hombre ha hecho mucho por el pueblo

Joan se queja porque el precio de compra que imponen las bodegas es demasiado bajo, no porque Cataluña vaya a ser independiente o siga siendo lo que es: “Mienten”, se limita a decir sobre el asunto.

Como los demás, Joan dice que es “apolítico”. Puede que, por fin, hayamos dado con esa mayoría silenciosa que, sin embargo, abre los telediarios todos los días. Con el votante del PP que deposita su voto y luego se olvida por cuatro años si las cosas le van bien.

Las cosas van bien en Pontons. El alcalde es ingeniero industrial. Nació en el pueblo porque su padre, mallorquín, era maestro de escuela nacional y fue destinado allí. Los hijos de Caldentey han estudiado en ESADE y han dado a luz a empresas importantes.

Se llena la boca para decir que es de derechas. Explica que, después de haber trabajado en puestos directivos de multinacionales, "eso se pega". Lee el ABC, fuma dos cajetillas de Marlboro rojo al día, es del Español (con ñ) y católico, apostólico y romano.

Aquí no tenemos a ningún inmigrante

No le tiembla la voz cuando dice: “En este ayuntamiento no se casará ni un gay”. Y, caminando hacia su garaje y sin haberle preguntado, comenta que no tiene “a ningún inmigrante en el pueblo”. “Ni okupas tampoco, ¿eh?”, se jacta.

“Antes había dos familias de inmigrantes. Los pobres trabajaban igual que los españoles. Pero se quedaron sin trabajo y tuvieron que irse”, explica. Luego dice que él no es partidario de tener “moros”. “Si me dan 10 becas comedor se las doy antes a gente de aquí que a ellos”.

Sus ideas conservadoras no le han valido la simpatía de los pocos jóvenes que viven en Pontons. Él lo reconoce: “La gente joven está enfadada porque en la consulta del 9-N no les dejé votar, pero yo tenía que cumplir la ley”.

Saliendo ya del pueblo, nos encontramos a Sara, de 16 años, con su amiga Ángela, de 14. Sara lleva un colgante de la estelada. No soporta al alcalde. Cuando pueda votar, votará a cualquiera que no sea él. “Es racista y homófobo”, dice.

A pesar de todo, también coincide con todos los mayores en que Caldentey ha hecho muchas cosas por el pueblo.

Nos llevamos la sensación de que el alcalde y su pueblo son un ejemplo de la gran baza electoral del PP: el pragmatismo. Pero nada que ilusione lo suficiente —según los datos electorales— como quizá saben hacer los nacionalistas.

Para salir del pueblo, recorremos una carretera tortuosa de 9 kilómetros. Un trazado en el que cada curva derrocha incertidumbre, la que reina en estos días en la política catalana y española y a la que parecen ser ajenos los vecinos de este mundo paralelo llamado Pontons.

Perdido, remoto, huraño, incomunicado, sin apenas jóvenes

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