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La trágica vida de la diseñadora del surrealismo

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"Siempre se subestimaba. ¡Pero era una de las mejores!"

Leticia García

15 Octubre 2014 16:57

En un ámbito marcado por la novedad y la transgresión, ella sigue siendo la más innovadora. Y eso que la fama le llegó en los años 30.

Elsa Schiaparelli fascinó a las clases altas del París de entreguerras con sus diseños surrealistas, en las antípodas de la sofisticación recatada de la moda de entonces. Utilizó un zapato como sombrero, se valió del trampantojo para estampar cajones y puertas en los trajes y pidió a Dalí que le dibujara una langosta (un símbolo que en el imaginario del pintor tenía fuertes connotaciones sexuales) en un vestido de noche. Sólo las más atrevidas, de Greta Garbo a Wallis Simpson, se declararon clientas fieles. Pero su audacia a la hora de mezclar moda y arte, sus alianzas con Cocteau o Dalí y su declaración de intenciones en forma de eslogan ("atrévete a ser diferente") fueron erosionando poco a poco los rígidos códigos estéticos que imperaban en la moda de entonces.

Cuando, tras la II Guerra Mundial, Schiaparelli tuvo que declararse en bancarrota y cerrar su negocio, escribió una autobiografía llamada "Shocking Life". Allí narraba su llegada a París desde Italia, los inicios de su marca y su exilio posterior. Ahora que esta firma de moda ha vuelto a resucitar de la mano de un holding de empresas italiano, la escritora Meryle Secrest ha querido abunda en este perspnaje.

En "Elsa Schiaparelli: a biography" Secrest habla de una aristócrata que se crió sin la atención de su familia, huyó a Londres para casarse con un ilusionista bastante estafador que la abandonó y acabó emigrando a París con su hijo enfermo.

Decidió crear la marca en un pequeño y un bastante infecto sótano, y supo desde el principio que necesitaba darle a sus creaciones la diversión y el riesgo que ella no pudo gozar. A golpe de vanguardia y transgresión, ocultó su situación bajo sus propio trajes. Schiaparelli se disfrazó, comenzó a codearse con esa élite aburrida y deseosa de novedades y se convirtió en el mejor reclamo publicitario para su firma.

Como le ocurrió a tantos diseñadores de la época, Schiaparelli lo perdió todo al exiliarse a Estados Unidos. La acusaron de ser una espía (como a Chanel la acusaron de colaboracionismo nazi) y su fama nunca volvió a ser la misma. Tras la barbarie, a nadie le apatecía lucir zapatos en la cabeza y vestidos de langostas.

Hace dos años, el museo Metropolitan en Nueva York le dedicó una exposición retrospectiva junto a la diseñadora milanesa Miuccia Prada. Aquello marcó el inicio de la recuperación de su legado. Hoy el diseñador Marco Zanini homenajea la revolución surrealista de Schiaparelli revisitando y actualizando sus archivos. Aunque, según afirma Secrest, "siempre se subestimaba. Nunca habría creído que aún hoy su labor sigue importado. ¡Era una de las mejores!". Para la autora, hay que volver a recuperar la moda del pasado para entender la del presente pero, sobre todo, hay que conocer la historia de la persona para poder valorar al personaje como se merece.




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