Actualidad

La salvaje caza del asesino en serie más joven de América

Una historia escalofriante que invita a hacerse preguntas

Diciembre de 1871. William Paine, un niño de 4 años, se cruza con un desconocido en la calle. Embaucado por las palabras del extraño, le acompaña hasta una zona poco transitada. Allí el desconocido se transforma y Paine se convierte en víctima.

Horas después, dos transeúntes encuentran al crío maniatado y suspendido del techo de una cabaña. El niño, apenas consciente, cuelga de las manos. Su espalda está cubierta de moratones y laceraciones por golpes. Afortunadamente, está vivo.

Febrero de 1872. Tracy Hayden, de 7 años, sigue a un desconocido hasta un lugar apartado. En un momento dado, su acompañante le reduce, le ata de manos y procede a torturarlo. Hayden acaba con ambos ojos morados, varios dientes partidos, la nariz rota y el torso lleno de heridas.

Dos meses después, la historia se repite.

La policía cree andar detrás de un psicópata adulto, pero sus investigaciones pronto les llevan a otro escenario: la persona que buscan es en realidad un niño

Robert Maier, de 8 años, se encuentra con un desconocido en la calle. Le sigue bajo la promesa de acudir al circo. Cuando llegan a un lugar apartado, su nuevo amigo se convierte en verdugo: el desconocido le arranca la ropa, y, mientras lo golpea repetidamente con una vara, se masturba.

Lo descrito es dolorosamente real. Los tres casos sucedieron en la ciudad de Boston, y a esos tres siguieron otros casi idénticos.

El modus operandi siempre era el mismo y las víctimas siempre eran niños, críos de zonas desfavorecidas. ¿Pero quién podía estar detrás de aquellas demostraciones de crueldad?

Superada por los acontecimientos, la policía decide ofrecer una recompensa por cualquier información que pueda llevar a la captura de aquel sádico.

Al principio creen andar detrás de un psicópata adulto, pero sus investigaciones pronto les llevan a otro escenario: la persona que buscan es en realidad un niño.  

Uno de los primeros niños asesino de niños de la historia.

La sociedad de la época se encuentra ante una realidad insólita e incómoda. ¿Cómo puede ser un crío pueda desplegar semajante sadismo? ¿Cómo puede ser que algo así esté sucediendo en su ciudad?

"En Boston había una clara división de clases", comenta Roseanne Montillo, autora de The Wilderness of Ruin: A Tale of Madness, Fire, and the Hunt for America's Youngest Serial Killer, en declaraciones a io9. "Estaban los que eran muy ricos, y estaban lo que eran muy pobres. Y era un momento en el que a los ricos no les importaba demasiado lo que sucediera en los barrios pobres".

El caso de Pomeroy apuntaló la idea de que la división social quizás debería no existir

Los problemas de los pobres eran asunto de pobres... hasta que aquellas agresiones lograron propagar una misma inquietud a todos los estratos sociales.  

El miedo también une. Y tras aquel miedo palpitaba un conflicto moral.

"Aquellos sucesos introdujeron la idea de que quizás todos deberían estar prestando un poco más de atención a lo que sucedía fuera de sus barrios", explica Montillo. "El caso que nos ocupa realmente introdujo la idea de que la división social quizás debería no existir".

Diferencia, distancia social y violencia. Tres variables que suelen ir de la mano, y que marcan a fuego la historia que nos ocupa.

El salvaje del ojo de mármol

                                              Ruth Ann Pomeroy, madre de Jesse Pomeroy

La policía interroga a numerosos adolescentes en busca de un sospechoso, sin éxito. Pero la ciudadana Ruth Pomeroy se huele algo. Y el olor apunta hacia su propia casa.

Ruth desconfía de su hijo Jesse. Sospecha que su niño de diez años puede estar detrás de aquellas torturas, pero no está dispuesta a ponerle en peligro. Al contrario: para proteger a los suyos, decide mudarse con la familia hacia la zona sur de la ciudad.

La maniobra sirve de poco.

En una de las agresiones, Harry Austin, de 6 años, estuvo a punto de ver su pene rebanado con un cuchillo

Las agresiones contra niños en Boston van creciendo en intensidad. Las siguientes víctimas hablan de palizas inmisericordes, heridas con agujas punzantes y cortes en brazos y hombros producidos con una navaja.

Harry Austin, de 6 años, estuvo a punto de ver su pene rebanado. Joseph Kennedy recibió cortes en la cara sobre los que el agresor aplicó agua marina.

El siguiente en la lista iba a ser el pequeño Robert Gould, pero la suerte jugó a su favor: su asaltante huyó al verse observado.

Por fortuna para la policía, Gould se fijó en un detalle decisivo: el joven atacante tenía un ojo totalmente blanco, sin iris. Aquello sí era una pista útil.

Los animales domésticos le brindan a Jesse Pomeroy sus primeros placeres sádicos. Su conducta violenta le debía mucho a su entorno.

Pocas semanas después, la policía visita la escuela del joven Jesse Pomeroy. Con ellos va una de las víctimas. El niño trata de identificar a su agresor entre los alumnos, pero no localiza la cara que busca.

Jesse, lejos de sentirse aliviado, decide tentar a la suerte. Aquella misma tarde, de camino a casa, decide pasearse por la comisaría. Una de sus víctimas, que se encontraba declarando, le identifica de forma súbita en mitad de un pasillo.

Pomeroy acaba reconociendo los hechos. La sentencia no tarda en llegar: ingreso inmediato en un reformatorio juvenil en el que tendrá que permanecer hasta alcanzar la mayoría de edad.

Aquello parecía el final del niño sádico de Boston, pero su historia no había hecho más que empezar.

Sufrió el acoso de otros chicos y hasta de su propio padre, que veía en su ojo blanco una marca del diablo

                                                   Lyman School For Boys en Westborough

Un demonio listo y cruel

En casa de la familia Pomeroy no podía haber mascotas: tarde o temprano, aparecían muertas. Canarios con las cabezas arrancadas, gatos torturados... Detrás de aquellos "juegos" siempre estaba el joven Jesse.

Desde el principio, Jesse fue visto como una persona distinta al resto de los chicos de su vecindario. Tenía un cuerpo extrañamente grande para su edad y su ojo albino le confería un aspecto turbador. Durante toda su infancia fue diana constante de chistes y burlas. Sufrió el acoso de otros chicos y hasta de su propio padre, que veía en su ojo blanco una "marca del diablo"

El padre, alcohólico, a menudo se comportaba de manera abusiva con sus dos hijos. Cada vez que le enfurecían, los llevaba a una cabaña, los desnudaba y los golpeaba con saña. Bonita forma de educar.

El pequeño acabó interiorizando toda la violencia que su entorno desplegaba contra él. A fuerza de repetición, el dolor se transformó en placer. No sólo empezó a disfrutar de una forma perversa de aquellas palizas que le propinaban, sino que descubrió el placer de hacer sufrir a los otros.

Dos meses después de lograr la libertad condicional, Jesse se cobró su primera víctima mortal

"La gente se dio cuenta de que se traían algo realmente horrible entre manos, pero no supieron cómo manejarlo. Empezaron a pensar que quizás el diablo había bajado a la ciudad, porque sólo una persona diabólica podría ser capaz de hacer algo así".

Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.

Es mucho más fácil señalar al diablo que aceptar las fallas de una sociedad que aisla al diferente, maltrata y educa en la violencia. Porque, ¿acaso no era Jesse un producto de su entorno? 

¿No era su crueldad un comportamiento aprendido?

Coleccionado cadáveres exquisitos

La estancia de Jesse en el reformatorio juvenil de Westborough duró mucho menos de lo previsto. El chico demostró una conducta intachable y tras dieciséis meses de encierro logró la libertad condicional.

No había pasado ni dos meses en la calle, cuando se cobró su primera víctima mortal.

Una mañana de 1874, la pequeña Katie Curran se presentó en la tienda que regentaban los Pomeroy. Jesse la invitó a entrar. Condujo a la niña hasta al sótano. Allí la degolló y enterró su cuerpo en ceniza.

Jesse Pomeroy fue proclamado el asesino en serie más joven de América

Su siguiente víctima presentó muestras de un ensañamiento aún mayor. Horace Millen fue encontrado muerto en un paraje arenoso cercano al mar. Según el informe del forense, presentaba un corte incisivo en la garganta, un ojo apuñalado, desgarros en el escroto y hasta 18 heridas en el tórax.

Fue entonces cuando las autoridades se acordaron de Jesse, aquel pequeño sádico que había sido puesto en libertad condicional poco tiempo antes. La policía no tardó en ir a por él.

América ya tenía al asesino en serie más joven de su historia.

Una vida productiva entre rejas

Sus hazañas convirtieron a Jesse en un auténtico monstruo a ojos de la policía y la sociedad de la época. Una sociedad que no podía entender cómo una persona así, con su historial previo de torturas, podía haber sido puesta en libertad.

Durante el juicio, la defensa de Pomeroy introdujo en el proceso un razonamiento novedoso: contemplaron la supuesta locura de su cliente como circunstancia eximente o atenuante de culpa. Si el niño estaba loco, no debía ser juzgado como asesino, sino tratado como enfermo. El argumento no prosperó.

                                                       El psiquiatra Oliver Wendel Holmes.

Jesse Harding Pomeroy fue condenado a morir en la horca. Sin embargo, ningún gobernador se atrevió a firmar la sentencia. Nadie quería asumir la responsabilidad de mandar a un niño de 14 años al patíbulo.

Al final, la pena de muerte su conmutó por una cadena perpetua en régimen de aislamiento.

Jesse Pomeroy jamás mostró remordimiento alguno por sus víctimas. En su autobiografía incluso aporta argumentos que, según él, demuestran su no culpabilidad

Durante los años que pasó en la cárcel, Pomeroy estudió leyes para argumentar su defensa, aprendió a hablar varias lenguas, escribió una breve autobiografía, firmó varios artículos e hizo sus pinitos con la poesía.

También llegó a acumular una docena de intentos de fuga, algunos rocambolescos. El informe psiquiátrico de 1914 establece que Pomeroy muestra "una ingenuidad y persistencia sin precedentes en la historia de la prisión".

Jesse Pomeroy jamás mostró remordimiento alguno por sus víctimas. Reconoció lo que hizo, aunque nunca supo explicar por qué. En su autobiografía incluso aporta argumentos que, según él, demuestran su no culpabilidad.

"Aquí he de resumir las razones por las que creo que si hice estas cosas es que estoy loco, y he de resumir las razones por las que soy inocente de estos crímenes", escribe.

Un nuevo hito en la psiquiatría forense

La figura de Pomeroy fue importante en muchos aspectos. Más allá de la sacudida moral que produjeron sus crímenes en la sociedad de la época, su caso tuvo una notable influencia en las posiciones de la psiquiatría forense de entonces, inspiró medidas encaminadas a la reforma del sistema penitenciario y animó la discusión en torno a la responsabilidad penal de los menores de edad.

En el fondo de ese debate, varias preguntas sin respuesta: ¿pueden ser equiparables ante la ley las conductas de un niño y un adulto?, ¿tenía Jesse Pomeroy capacidad para entender las consecuencias de sus actos?

Y sobre todo, ¿qué parte de culpa tienen los factores "socioambientales" en casos con el suyo?

Nos puede reconfortar pensar que Jesse, igual que el piloto Andreas Lubitz o el asesino de la ballesta de Barcelona, no era más que un enfermo mental, un perturbado inconsciente. Nada podemos hacer contra el trastorno mental que sobreviene, sino aspirar a identificarlo y repararlo a tiempo.

Con eso podemos lidiar. Con la idea del horror por placer, no.

La locura es un derecho fundamental; la crueldad, un narcótico frente a una vida que muerde.

La depravación de la mente humana no siempre puede encontrar respuesta en un recipiente tan frágil como un diagnóstico psiquiátrico.

                                                                 Jesse Pomeroy en su edad adulta.

La crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que imprime en nosotros la naturaleza. (Marqués de Sade)

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar