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Misión, romper las aulas: así se cocina la educación del futuro

La élite tecnológica quiere reinventar el sistema educativo, usándose a sí misma como rasero de su reforma

Llegas a clase animado, te echas unas risas con los colegas mientras esperas a que llegue el profesor de turno, comienza la clase y, a los diez minutos, bostezos y caras largas. Esa es la realidad diaria de millones de estudiantes de todas las edades en todos los rincones del mundo.

Durante décadas, los profesores se han quejado de la frustración de tener que enseñar para la "franja media" de la clase. Te plantas frente a la pizarra con la misión de que varias decenas de personas aprendan lo mismo y a la misma velocidad. Y claro, casi nunca funciona.

La realidad es que, por el camino, siempre se pierden "las puntas". Los chicos más despiertos y avanzados se aburren de tener que seguir el ritmo lento de la clase y acaban distraídos. Y lo mismo pasa con los rezagados, por la razón contraria.

¿Es posible un sistema educativo personalizado que no ponga coto a las ganas de aprender de los más espabilados y a la vez no deje descolgados a quienes encuentran dificultades?

Al final, por una u otra causa, un tercio de la clase acaba por no prestar atención. Y el profesor poco puede hacer al respecto, porque se debe al centro de la curva, debe ajustar su ritmo a la mediana de la clase.

¿Es posible alterar ese enfoque? ¿Es posible un sistema personalizado que no ponga coto a las ganas de aprender de los más espabilados y a la vez no deje descolgados a quienes encuentran mayores dificultades?

Algunos en Silicon Valley piensan que sí. Que no sólo es posible, sino necesario.

Sobre todo a la luz de un mundo hiperconectado en el que el conocimiento clásico, en el sentido de acopio cerebral de datos, ha perdido relevancia en relación a otras aptitudes.

Por eso, entre los prohombres del utopismo tecnológico empieza a haber acuerdo en torno a una idea: el sistema educativo actual está al borde de la extinción.

Ha llegado la hora de su disrupción. Y eso se hace experimentando.

Para los prohombres del utopismo tecnológico de Silicon Valley, el sistema educativo actual está al borde de la extinción. Es necesario reinventarlo

Dar la vuelta al calcetín

Salman Khan fotografiado por Benjamin Rasmussen

A pesar de la creciente incorporación de la tecnología al mundo de la enseñanza, el docente como cabeza parlante que se dirige a una audiencia sin apenas derecho a crítica o réplica sigue siendo el método pedagógico más común. Y el resultado salta a la vista: con demasiada frecuencia, esas clases cerradas y unidireccionales terminan provocando desinterés, apatía, pérdida de motivación, y también manos cansadas de tomar demasiados apuntes.

Salman Khan lleva una década luchando contra eso.

Educador por vocación, que no de profesión —estudió matemáticas y ciencias de la computación en el M.I.T., para acabar haciendo un máster en dirección de empresas en Harvard y trabajar para un fondo de inversión—, Khan se dio a conocer gracias a los vídeos de su Khan Academy, una plataforma de aprendizaje online dirigida a escolares de enseñanza primaria y secundaria que permite "aprender cualquier cosa, y gratis", con la única ayuda de un ordenador.

Cualquiera puede registrarse y acceder a varios miles de vídeos breves en los que el propio Salman explica de forma locuaz cuestiones relacionadas con las matemáticas, la biología, la química, la física, la economía, la historia o la programación.

Con su combinación de vídeos didácticos y software de ejercicios, todo gratuito, Khan Academy ha atraído a más de 31 millones de usuarios procedentes de 190 páises distintos

Como aquel hombre escondido tras la cortina en el Mago de Oz, Khan nunca aparece en sus vídeos. Mientras oímos su voz, su mano garabatea ecuaciones y diagramas sobre una tableta gráfica. Eso es lo único que vemos en pantalla. Y su forma de hacer ha cuajado: el proyecto cuenta con el respaldo financiero de gigantes como Bill Gates y Google, y sus vídeos, doblados a 36 lenguas, han sido vistos más de 235 millones de veces por unos 31 millones de estudiantes de 190 países distintos.

Más allá de su relevancia en el mundo online, la Khan Academy ha demostrado ser un instrumento efectivo usado en combinación con la docencia tradicional.

Los profesores que han recurrido a la plataforma hablan de una herramienta que les ha permitido dar la vuelta a la manera en que funcionan sus clases.

En las primeras experiencias piloto, realizadas a principios de esta década en varias escuelas públicas de California, parte de los temas antes explicados en clase fueron reemplazados por los vídeos y el software de Khan. Vídeos que los alumnos podían ver a su ritmo, en casa, tantas veces como necesitaran, sin sentirse fiscalizados por nadie.

Khan Academy se ha probado una herramienta de ayuda a la hora de ofrecer educación reglada de una forma customizada, con cada estudiante recibiendo la ayuda individualizada que necesita en cada momento en función de sus capacidades y sus preferencias

La idea era invertir el ritmo normal de las escuelas: aprender en casa a través de los vídeos, y dedicar la clase a los deberes, a la resolución de problemas de acuerdo a las necesidades de cada uno. Necesidades que los profesores podían detectar de forma precisa y personalizada gracias al panel de control que les ofrece la plataforma online.

El objetivo central de esos experimentos no era otro que el de liberalizar los ritmos, permitir que cada alumno progrese a su propia velocidad, pudiendo dedicar más tiempo a aquellos temas que le resultan más dificultosos, y avanzando más deprisa —sin tener que esperar por el resto de la clase— en aquellos que no presentan problemas.

En aquellas experiencias, más de la mitad de los alumnos acabaron el curso dominando cuestiones de un nivel superior al que les correspondía por edad, e incluso los más rezagados registraron mejoras en su rendimiento. Era lo que Khan necesitaba para llevar las cosas a otro nivel.  

El espíritu del 'unschooling' aplicado a la escuela

Para sus defensores, el acercamiento de la Khan Academy es la prueba de que la educación institucionalizada puede servirse de forma customizada, con cada estudiante recibiendo la ayuda individualizada que necesita en cada momento en función de sus capacidades y sus propias preferencias. El propio Khan, sin embargo, considera que no es suficiente.

Su visión va más allá de desarrollar herramientas que complementen la educación tradicional. Para él, todo el sistema necesita ser repensado desde cero.

Entre las élites de Silicon Valley triunfa el 'unschooling', pero Salman no quiere a niños aprendiendo en casa. Él quiere niños aprendiendo distinto en las escuelas, y escuelas que aprendan de esos niños

Hace un par de años, Khan dedicó un libro a explorar esa visión, proponiendo una educación libre de prácticas que considera obsoletas, como los deberes, las notas, los apuntes, los horarios fijos o las clases organizadas en función de la edad.

Esa idea es la que viene impulsando el movimiento del unschooling entre las élites tecnológicas de Silicon Valley. Pero Salman no quiere a niños aprendiendo en casa. Él quiere niños aprendiendo distinto en las escuelas, y escuelas que aprendan de esos niños.

Parker y Simon Cook aprendiendo en casa. Fotografía de Timothy Archival para Wired

Con esa idea nacía a finales del pasado año nacía la Khan Lab School en Mountain View. Su nombre lo deja claro: es una escuela, pero también un laboratorio, un centro de investigación de nuevas fórmulas de educación que puedan preparar a los alumnos del mañana para las exigencias del mundo post-industrial.

"El viejo modelo de clase simplemente no encaja con nuestras necesidades cambiantes", escribe Khan en The One World Schoolhouse. "Es una manera fundamentalmente pasiva de aprender, cuando lo que necesita el mundo es más y más un procesamiento activo de información".

En la Khan Lab School los niños trabajan a su ritmo. Son ellos quienes fijan sus propios objetivos lectivos cada semana. Son ellos quienes deciden el tiempo que quieren dedicar a ciertas materias (matemáticas, ciencias de la computación, lectura y escritura, etc). A partir de ahí, se valen de herramientas de educación virtual para adquirir los conocimientos necesarios, con los profesores siempre atentos a medir sus evoluciones —en lo académico, pero también en el desarrollo de la personalidad de cada niño— y a resolver las dudas que puedan surgir.

En la Khan Lab School los niños trabajan a su ritmo. Son ellos quienes fijan sus propios objetivos lectivos cada semana y deciden el tiempo que quieren dedicar a cada materia

El resto del tiempo lo dedican a trabajar el bienestar físico y mental —deportes, mindfulness— y a experimentar alrededor de proyectos creativos que ellos mismos eligen, y que desarrollan trabajando en grupos formados por personas de distintas edades, a veces bajo la supervición del equipo docente, y otras veces de forma totalmente independiente.

También pasan sus horas debatiendo sobre la escuela, porque ese es otro de los principios básicos de la Lab School: los chicos deben jugar un papel activo en el diseño de su propia educación. Tienen voz. Y tienen voto.

Alumnos de Khan Lab School, fotografía de Benjamin Rasmussen

Todo eso tiene un precio, claro. La matrícula del primer año de la Khan Lab School ha ascendido a 22.000 dólares, una cantidad asequible para algunos —la mayoría de los primeros alumnos son hijos de gente de la industria tecnológica— y absolutamente prohibitiva para otros.

Desde fuera, puede parecer que estamos ante una nueva encarnación de la educación elitista de siempre, privilegio formulado en términos de disrupción. Khan no lo ve así.

Su objetivo, dice, no es construir una escuela para las élites, sino probar modelos de enseñanza y aprendizaje que puedan ser exportados a todo el mundo.

"Esto es un laboratorio para establecer nuevas teorías que puedan afectar al resto del planeta", cuenta Khan en declaraciones a Wired. "El sentido de todo esto es ser catalizador de un cambio global".

(Vía Wired)

Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (Benjamin Franklin).

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