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Todo lo que tienes que saber sobre la adolescente del año

Mientras se discute si Miley será o no el personaje del año para Time, el semanario tiene claro que la adolescente del año es Lorde, su antítesis rotunda

El 7 de noviembre de 1996, en Devonport, un pequeña ciudad de Nueva Zelanda, nacía una niña a la que se llamó Ella Maria Lani Yelich-O'Connor. Hace unos días la revista Time incluía a O'Connor, hoy una joven de 17 años que decidió hacerse llama Lorde y hacer canciones, en la lista de adolescentes más influyentes del 2013. Esa era la clase de historia de éxito temprano que tanto atrae a los tabloides, y que tal vez a más de uno le haga preguntarse a ritmo de Burning: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

Pero vayamos por partes. En primer lugar vino la música. Con 13 años Ella ficha por Universal. Publica un primer EP titulado “The Love Club” en 2012. Al año siguiente un LP de revelador título: “ Pure Heroine”. Previo a este lanzamiento hubo un single, “Royals”. El tema lo ha petado en medio mundo y hasta Bill de Blasio, recién elegido alcalde de Nueva York, lo ha utilizado en algún que otro mítin. Con el éxito del single llegó la espiral de fama en la que ahora está inmersa, un contrato de 2,5 millones de dólares con SONGS Music Publishing después de una verdadera guerra campal entre discográficas, y supuestos beefs con Selena Gómez o Taylor Swift alimentados por la prensa amarilla.

Pero la fama temprana puede no significar nada, y desde luego no te convierte en una persona influyente per se. Solo hace falta mirar a Miley Cirus. Durante meses no se ha parado de hablar de ella y sus desmanes erótico-cannábico-festivos, pero lo cierto es que, más allá de los debates, la sensación generalizada es que la chica anda un poco perdida, que su música no da tanto y que su fórmula para alcanzar audiencias más adultas por la vía escandalosa amenaza con tener la mecha más bien corta.

Con Lorde, sin embargo, ocurre lo contrario. Su estrategia de momento se ocupa en mantener un perfil más o menos discreto en sus apariciones en prensa, y confiar en sus canciones, sus directos y su distintivo pelazo caoba. Quizás nada fuera de lo común. Entonces, ¿qué tiene ella que explique el fenómeno en que se ha convertido? Desde luego su edad y su inconfundible estética, sobria y elegante. También sus efectivos primeros singles. Pero todo esto sigue sin ser suficiente para explicar la magnitud de su ascenso.

Una respuesta quizás más convincente sea que Lorde ha llegado en el momento adecuado, diciendo las palabras justas.

“And we’ll never be Royals”

Ríos de tinta han corrido comentando los versos del que sin duda es su canción más famosa hasta el momento, un “Royals” en el que desmonta tópicos de un universo musical que por lo general ella y los que la rodean sólo han visto en la televisión o en películas. A Lorde se le ha acusado de racista por las referencias que hace al imaginario rap, sin advertir que también habla de esos rockeros que destrozan sus hoteles, y de que, lejos de la cuestión racial, el imaginario que despliega a lo largo del tema tiene mucho más que ver con una cierta reivindicación de la comunidad, y con la idea de formar parte de un colectivo que no se identifica con algunas realidades con las que ha de convivir forzosamente. Ésta se desarrollará durante casi todas las canciones del disco junto con otro concepto: la sensación de estar viviendo en un mundo progresivamente más y más complejo y confuso, ajeno, virtual.

Donde sus colegas de generación le cantan a la fiesta non stop y a la cultura del consumo y el desapego, Lorde afirma con su voz grave que “nunca seremos de la realeza”. Lo que está diciendo es que todo eso que ve en tele no tiene nada que ver con SU realidad cotidiana. Al hacerlo, la artista no sólo plantea un antagonismo de intenciones sino también de clase y procedencia. Queda así claro que el “We” de Miley Cirus en “We can't stop”, y el “We” de Lorde en “We'll never be royals” no podrían estar más alejados.

A lo largo de “Pure Heroine”, Lorde se dedica a dibujar paisajes alejados de ese universo mediático en el que se la quiere hacer entrar. Y es precisamente este discurso el que parece haber calado en un panorama social que necesita referentes con más urgencia que el comer. Porque Lorde no será Baudelaire en lo poético, ni una versión kiwi de Leon Trotski en lo político, pero una cosa sí hace estupendamente: describir con sensibilidad y sinceridad lo que para una adolescente como ella es vivir hoy, 2013, Nueva Zelanda, con YouTube y Twitter y Facebook machacando las retinas y el entendimiento, con canales de televisión retransmitiendo 24/7 la vida de los ricos y famosos mientras 24/7 la economía mundial y la igualdad social se va por el desagüe.

“Y nada está mal pero nada es cierto, vivo en un holograma contigo”

Con seguridad es esa finura descriptiva y el punto de orgullo de origen que exhiben sus canciones, ese anclaje suave en la tradición del pop desafiante, el que ha conectado con el imaginario colectivo del momento, con esos jóvenes (y no tanto) que como ella no acaban de entender el mundo en el que les ha tocado vivir, y rumian un descontento generalizado ante un mundo mediático que promete mucho pero no da nada. Cuando en “Buzzcut Season” dibuja una especie de distopia soft ( “explosiones en la tele/y todas esas chicas con sus cabezas en un sueño” o “Lo que creemos es hiperreal/vivo en un holograma contigo”) parece estar haciendo precisamente eso: pensar en qué demonios hacer cuando te ha tocado crecer en un mundo que es prácticamente un desconcertante desierto de píxeles ( “quizás internet nos educó, o quizás la gente es idiota”, dice en otro momento).

Lorde nos es cercana porque su mundo es también nuestro mundo. Su angustia distante es también la nuestra, un eco de la intuición de que hay algo que no va nada bien. De Blasio hizo de la lucha contra la desigualdad económica su bandera en la campaña electoral, y el hecho de que eligiese “Royals” como banda sonora no es casualidad. Tal vez, después de muchos años de famoseo musical, Lorde haya llegado al mainstream para encarnar algo así como la versión 2.0 de lo que alguna se vez se conoció como “working class hero”. Un concepto que no ha gozado de muy buena prensa en los últimos años, y que probablemente ella misma no hiciera suyo (al fin y al cabo no viene de una familia pobre ni de un contexto obrero, sino de un hogar de clase media bastante normal), pero que tal vaya siendo tiempo de empezar a rescatar del barro.

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