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La ruta del bakalao, ¿otra víctima de la retromanía?

La reparación del mito roto suma más connotaciones políticas de las que aparenta

Los titulares que anunciaron la llegada al museo de la Ruta del Bakalao desprendían entusiasmo. La revisión del fenómeno prometía hacer justicia con este movimiento contracultural. ¿Sería un retrato fiel? ¿Qué llegaría al museo después de 30 años? ¿Y qué sentimientos albergarían sus protagonistas, al ver su legado apropiado por la cultura oficial? Ante la creciente mercadería de la nostalgia, podía sonar oportunista. Para sus héroes resulta un gesto amable que aquella época sea vista con respeto.

En la historia de los museos valencianos, la cifra de visitantes terminó siendo récord. Por el MUVIM han pasado ya 30.000 personas, y aún permanecerá abierta hasta marzo. El contenido de la muestra se enmarca en la exposición “Ídolos del Pop”, un repaso al sonido valenciano en tres etapas que va de 1954 a 1994. La parte dedicada a la ruta se presentaba como un análisis del fenómeno sociológico, si bien es una recopilación de carteles, invitaciones (o flyers) y vinilos. El tema no deja de ser interesante aunque en ciertos detalles resulta huérfano: ahí queda la ausencia de atribución de las obras a sus artistas, entre los que se encuentran Paco Roca o Quique Company.

Es un buen comienzo para “reparar un mito roto”, como dice Vicente Pizcueta, director en distintos momentos de las discotecas Chocolate, Barraca y Arena durante la época. La sala dedicada a esta etapa la preside un maniquí de Chimo Bayo, referente habitual. El de carne y hueso opina que en la ruta estuvieron “estigmatizados”: que llegabas a las diez de la mañana al trabajo el lunes y te miraban como si “vinieras de matar a alguien”.

Su nombre es uno de los primeros que recordamos al pensar en la música del momento. “Mi sombra me persigue”, dice. Las salas lo reclaman por el público que convoca. Acaba de publicar un nuevo remix y estima que “la gente que me sigue tiene muy buen gusto”. Kike Jaén es otro de los nombres fundacionales. Fue el creador de una de las fotografías más emblemáticas de Chimo, que usó en la portada de su disco “Así me gusta a mí” (Area Import Records, 1991). Comenzó como discjockey en Don Julio y pinchó más tarde en locales como ACTV o Puzzle. Él nos acompaña en nuestra visita por el MUVIM y es reconocido por algunos visitantes. Uno de ellos, que acude a la exposición con su hijo, se acerca a hablar con él. El movimiento traspasa generaciones.

Destaca que “había menos música pero más buena” y la exclusividad que se valoraba en las sesiones. La discoteca daba dinero a sus dj´s para comprar discos y “a veces había cinco copias de un disco y un dj las compraba todas para tenerlas sólo él”, cuenta. Habla sobre cómo empezó en las sesiones que hacía Fran Lenaers en su cabina de Spook. Entonces no se compartían archivos musicales a través de la red. Encontrar nuevos temas era más complicado. La gente iba a escuchar nueva música, el público iba a oír al pinchadiscos.

La cartelera de conciertos en Arena tenía nombres como The Cramps, Ramones o Simply Red. Unido a un cierto vacío legal sobre el ocio, todo esto fue determinante para la gestación de la criatura. Con el tiempo llegó la masificación y se “prostituyó”. Perdió la clandestinidad y el misterio que la hacía tan atrayente y “al final era como el electrolatino”, dice Kike. Aunque ahora baste pagar una suma para entrar en una fiesta, en la ruta debías conocer a la gente adecuada.

Hasta que el cuerpo aguante

La fatalidad de la época se enmarca en 1993 con el documental “Hasta que el cuerpo aguante”, presentado por Carles Francino en C+. La cinta mostraba todo lo malo que podía tener este tiempo. Un autobús fletado desde Barcelona dispuestos a desgastar la mandíbula, pinchadiscos que empalman sesiones surcando las horas del fin de semana y conversaciones absurdas entre jóvenes en el aparcamiento apuntaron el comienzo de una percepción negativa por parte de la opinión pública. También ganaron montones de adeptos.

El tono de su metraje lo definen preguntas realizadas con impertinencia, como la que le hace una periodista a Kike Jaén, mientras están dándole forma a uno de sus nuevos temas en su casa. “¿Quién sabe más de música, vosotros o el ordenador?” Su respuesta es rápida: “el ordenador solo sabe lo que nosotros le decimos”.

Los estereotipos comenzaron a brotar. Kike afirma de manera rotunda que no todos los dj´s se drogaban y que le fastidia que todos los accidentes de tráfico se atribuyeran a la ruta. “Ahora han disminuido porque hay más control y publicidad; entonces se estrellaba un señor de 70 años y la culpa era de la Ruta del Bakalao”.

Existen teorías conspiratorias que hablan de una maniobra urdida desde Madrid con la Guardia Civil como compinche para terminar con la Ruta Destroy. Cuando se analiza, no resulta tan descabellado. ¿Acaso no hay en Ibiza la misma droga, o más? ¿Y qué pasa con los festivales? La mala fama, los titulares amarillistas y la opinión pública quebraron aquel fruto de la bienvenida a la democracia. El fin de aquello lo plasma a la perfección Joan Oleaque en el prólogo de “En éxtasi”, el libro que mejor ha documentado el movimiento hasta la fecha.

Aquel tiempo fue para sus agentes, comparable a los hippies de los 60 en Ibiza. Como afirma Pizcueta, “bailar a las cinco de la mañana es cultura”, pero lo cierto es que divertirse se pone más difícil con las restricciones al ocio por parte del gobierno. Se trata de enormes mordeduras que van debilitándolo. El bocado a la Ruta del Bakalao fue tajante y certero. Y aunque su reaparición hoy coincida con una sospechosa fiebre por los tiempos pasados, la Ruta ha de entenderse como un hito de la libertad, algo que hoy viaja en retroceso.

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