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Robinsones en la vida real, o cómo vivir en una isla desierta durante 40 años

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Daeng Abu y su esposa Daeng Maida son los únicos habitantes de Pulau Cengkeh. La pareja lleva viviendo en la isla, sin compañía de ningún otro humano, desde 1972

PlayGround

29 Enero 2016 15:28

Mira la cara de este hombre. Fíjate en su gesto, en su postura relajada, en su piel tostada plegada en arrugas.



Fíjate en sus ojos apretados, en esa sonrisa explosiva que se contagia en forma de olas por la superficie de su cara.

Así, sin pensarlo mucho, ¿dirías que estás ante un hombre feliz?



Si no lo es (feliz), desde luego lo parece.

Quizás tenga que ver que lleve media vida viviendo en una isla paradisíaca de arenas blancas y aguas cálidas como esta.



Aunque esa vida tiene poco que ver con la postal de esas vacaciones exóticas con las que todos soñamos. Más bien, su vida evoca las desventuras propias de un personaje de novela.  

Robinson Crusoe. ¿Te dice algo ese nombre?

Seguro que sí.



El hombre de las fotos se llama Daeng Abu y lleva más de 40 años viviendo en Pulau Cengkeh, una pequeña isla de arenas blancas situada frente a Sulawesi, una de las cuatro islas mayores de la Sonda de Indonesia.

Abu no es ningún naufrago, pero como el personaje de la novela de Defoe, sabe lo que es vivir solo (o casi) en una isla desierta.

Daeng Abu y su esposa Daeng Maida son los únicos habitantes de Pulau Cengkeh. La pareja lleva viviendo allí, sin compañía de ningún otro humano —salvo vistas puntuales—, desde 1972.

Para más inri, Abu hace años que está ciego. Su cuerpo deja ver las marcas de la lepra.



En el pasado, Pulau Cengkeh fue usada como cementerio por la población de la vecina isla de Pulau Pala. Desde principios de los 70, sin embargo, el islote sirve como santuario de tortugas.

Abu y Maida llegaron a Pulau Cengkeh para ocuparse de las tortugas. Para ellos, vivir en una isla desierta se convirtió en su única salida.



Ninguno de ellos recuerda qué edad tenía el otro cuando se conocieron por primera vez en los días previos a su boda. El suyo fue un matrimonio arreglado entre familias. Pero la cosa cuajó.

Ambos iniciaron una vida en común que les trajo seis hijos y muchas más penas.

Cinco de los vástagos murieron antes de llegar a cumplir un año. Años más tarde, la desgracia se cebó con el paterfamilias.

“Estaba buceando en busca de conchas de abulón. Sentí como si mi cuerpo se hinchara, sentí que se ponía duro como un saco de cemento”, cuenta Abu a la BBC.



El hombre puso rumbo a la ciudad. Remó durante doce horas hasta llegar a Makassar para que le viera un médico. El diagnóstico no dejaba lugar a dudas: kusta, el término local para la lepra.

Hasta entonces, Abu se había ganado la vida pescando a pulmón. Si la lepra no le dejaba bucear, la familia no tendría nada para comer.

Su solución llegó en forma de llamamiento municipal. En 1972, el jefe del distrito pidió voluntarios para vivir y criar tortugas en Cengkeh. Nadie quería ir. Abu sintió que una isla desierta podía ser la mejor manera de escapar del estigma social y de la carga moral que le causaba la idea de poder contagiar su lepra a otros.

La pareja desmontó su casa en Pala, cargó sus pocas posesiones en un bote y puso rumbo a Cengkeh. Sus amigos y familiares lloraron al verlos partir. La primera noche en la isla, también ellos lloraron.



Cuando llegaron a su destino, Pulau Cengkeh era poco más que un islote de arena en mitad del mar. Abu y Maida se ocuparon de reforestar el terreno para asegurarse un poco de color y de resguardo frente al sol y las tormentas.

Al principio, la cría de tortugas se hacía con un fin comercial. Ellos las cuidaban, otros las vendían en Makassar. Pero las prioridades del Gobierno cambiaron, y Pulau Cengkeh se convirtió en un criadero verde. Abu y Maida pasaron a criar tortugas, para soltarlas en libertad.



En los 90, la proliferación del uso de cianuro y dinamita para la pesca se convirtió en un problema en la zona. Las explosiones llenaban de químicos las aguas, afectando a los arrecifes de coral.

Abu y Maida veían que aquellas prácticas estaban poniendo en peligro el ecosistema que ellos tanto amaban, y no se quedaron callados. Empezaron a aleccionar a los pescadores que pasaban cerca de la isla sobre las consecuencias de sus métodos. A veces denunciaban a los “dinamiteros de peces” a la policía. Sin comerlo ni beberlo, aquella pareja de robinsones ancianos se convirtió en una fuerza imparable de activismo medioambiental.



44 años después, allí siguen, viviendo solos en Pulau Cengkeh, disfrutando de las tortugas y de las visitas puntuales de autoridades, medios y turistas curiosos.

“No cambiaría nada de lo que lo que la vida nos ha dado”, comenta Abu. “Soy feliz. La vida aquí es muy tranquila. Todo, hasta la enfermedad, es un regalo de Dios”.

[Vía BBC]

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