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Esta es la verdadera historia de cuando tuvimos veinte años

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En su nueva novela, Miqui Otero retrata la realidad compleja de lo cotidiano

silvia laboreo

02 Marzo 2016 18:09

Imagen de Sophie Green

Esa época en la que uno piensa que tiene mucho que decir, pero en realidad tiene poco que contar. O nada.

Todos hemos tenido 20 años. Todos nos hemos mudado a una nueva ciudad, hemos sido becarios y hemos aprendido a vivir una nueva vida alejados de nuestra gente de confianza. Todos hemos vivido la mejor fiesta y pasado la peor resaca en menos de 24 horas —lo que tarda en hacer efecto ese chupito de más—, y todos nos hemos enamorado de una, de dos o de más personas a la vez 



Rayos va un poco de eso. De los veinte, de la vida. De nada.

La última novela del escritor catalán Miqui Otero (editada por Blackie Books) cuenta la historia de Fidel Centella, un chico que podrías ser tú.

O ser yo.

Este chico, periodista, veinteañero, antiguo estudiante de colegio de curas, despistado y recién instalado en el Raval, uno de los barrios más canallas de la ciudad de Barcelona.

Este chico que un día decide coger la puerta y salir, para no volver, de la casa en que creció, así de imprevisto, en pijama y zapatillas de cuadros.

Porque, ¿quién no ha odiado nunca la casa de sus padres y todo lo que representa?

Los horarios, las normas, los gritos, la falta de intimidad...

Fidel, que se pierde en cada calle, en cada esquina y que padece algo parecido a una topographagnosia —se llama así a aquellos que no consiguen recordar los lugares en los que han estado— que le impide orientarse por Barcelona.  

Fidel, que decide huir de casa para inicarse en la aventura de vivir con amigos. Con los Rayos. Su pandilla del Colegio Amarillo.

“Los amigos son así, ¿no? Son como esa pareja de borrachos que camina de madrugada a gritos y con los brazos pasados por encima del hombro y en la que uno no sabe identificar si el que está en apuros, realmente perjudicado, el que lo necesita y no podría caminar sin el otro, es el de la derecha o el de la izquierda. O los dos. O los cuatro”.



Así son los Rayos. Porque esta novela trata sobre todo de la amistad.

De amistad y cervezas, de barrio y graffitis. De cajeros y jeringuillas. Y de aquellos rayos de Montjuic que nos recuerdan que no todo está perdido. Que siempre podemos encontrar el norte o el rumbo, o las dos cosas.

Porque, ¿quién no ha tenido amigos para siempre? O todo lo para siempre que puede tenerse algo a los veinte.

Otero se mueve entre lo costumbrista y lo anecdótico tan rápido como un rayo. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Y va contando las historias de la vida de Fidel, de su trabajo como periodista en La Verdad —curioso nombre para un periódico—, de sus amores, de su familia y de sus amigos.

Rayos va de 1974 a 2008, de Galicia a Barcelona. Y cuenta tres historias diferentes. La de esos padres gallegos que un día tuvieron que abandonar su terriña y construir un futuro en Barcelona, la de la infancia y adolescencia de Fidel y la del presente del protagonista.

Porque, ¿quién no se ha preguntado nunca a los 20 años si estaba haciendo lo correcto? ¿Si estaba perdiendo el tiempo o quizás no malgastándolo lo suficiente?

“A veces creo que seremos jóvenes demasiado tiempo. No nos casamos, no somos padres, somos demasiado hijos, no cambiamos de ropa, no hacemos la mili, no rompemos con amigos, nos emborrachamos igual aunque las resacas cada año son peores”.



El presente de Fidel Centella se debate entre el padre enfermo, su trabajo en el periódico, sus colegas y las chicas. Entre Bárbara, la chica que silba y Diana, la de la falda de tablas y mucho dinero en la cartera.

Porque, ¿quién no ha sentido —o creído sentir— el amor llamando a su puerta? ¿O tirándola abajo?

En Rayos no pasa nada. No pasa nada hasta que pasa algo. No pasa nada hasta que pasa algo (y entonces pasa de todo). Y para cuando ha sucedido... ya estás completamente atrapado.

“Mis lazarillos son los Rayos. No sé a dónde voy si ellos no me acompañan. Sé que la tormenta llega cuando ellos me lo anuncian. Sé que sin ellos no sabría a dónde ir. Sé que sin ellos, sin los Rayos, estaría perdido”

Porque, ¿quién no ha estado totalmente perdido con 20 años?


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