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Yo quiero bailar: una fiesta donde las únicas drogas son el pop, la poesía y la vida

El joven escritor Alberto Acerete publica un libro de poemas tan íntimo como político

La literatura, en realidad, no importa nada. O eso es lo que dice Alberto Acerete en voz muy baja al otro lado del teléfono cuando le preguntamos algo tan obvio pero tan necesario de conocer como “¿por qué tu libro lleva como título una canción de Sonia y Selena?”Acerete, que acaba de publicar Yo quiero bailar en la editorial de poesía joven La Bella Varsovia, responde que en verdad, a pesar de la referencia pop, lo que ese título esconde es algo mucho más sencillo. Cambiemos entonces el verbo bailar por el verbo vivir y obtendremos la respuesta. El verdadero sentido de Yo quiero bailar es que Yo quiero vivir, porque la literatura que a Acerete realmente le interesa es aquella que puede tocarse, aquella que mete el dedo en una herida caliente y humana, aquella que habla de las cosas más sencillas y cotidianas, o lo que es lo mismo, de nuestras vidas.

Yo quiero creer

Dividido a su vez en tres libros, este poemario está construido en tres mundos distintos. El primero de todos, al que se le ha dado el nombre de El hambre y los hijos, supone un retrato familiar que juega entre lo político y lo íntimo de la descripción de una familia convencional de la España profunda. Aquí el padre, la madre y los hermanos intercambian sus sangres como una obligación y no como un verdadero signo de amor.

¿Qué nos lleva a amar a nuestros familiares? ¿Qué nos une a esas personas que nos lo han dado todo pero que al mismo tiempo lo requieren todo de nosotros? ¿Por qué debemos mantenernos unidos a ellos si lo único que compartimos es eso, un puñado de glóbulos y el perfil exacto de nuestras facciones? La voz poética que recorre los poemas de este primer libro es dura como el hueso. El lector se convierte aquí en perro mordedor, invitado a descifrar a través del contacto de sus dientes cada parte del esqueleto que el poeta nos ha puesto en bandeja.

Yo quiero rezar

“El mundo que nos han enseñado nuestros padres no es el mundo en el que nosotros hemos crecido”.  Así habla Acerete cuando trata de describir aquello que le empujó a escribir Matrimonio, el segundo de los libros de Yo quiero bailar en el que el esqueleto que nos entregó se va revistiendo poco a poco de una carne elástica y brillante. Porque crecemos, y nos damos cuenta de que aquel amor que la televisión nos vendía era una mentira.

Nuestros progenitores, además, se habían dado cabezazos contra la pared para encontrar el modo de entregarnos un mundo a su medida, pero lo que no sabían es que esa medida ya no era la nuestra. Allí no cabían los celos, allí no cabía el dinero, allí no cabía la homosexualidad, ni la precariedad, ni mucho menos la idea de que el futuro podía ser más oscuro que el presente. Es entonces cuando nosotros, hijos desterrados, tuvimos que enfrentarnos al mundo con aquellas que nadie nos habían dado, y que nosotros nos vimos obligados a inventar.

Agarrado a un rosario roto, Alberto Acerete habla con oraciones tiernas aprendidas en una catequesis atea cuyas lecciones le han sido impartidas por hombres desnudos y crueles. La ruptura se parece demasiado al duelo. La ruptura de Matrimonio se parece demasiado a la pérdida. La ruptura con los hombres desnudos y crueles se parece a un ballet silencioso, en el que los bailarines que antes se abrazaban ahora canturrean borrachos en el suelo, como si nada ni nadie pudiera salvarlos.

Yo quiero volar

A finales de 2014 el autor de este libro autopublicó en Internet otro de descarga gratuita titulado Cartas de la guerra. En aquellos poemas encontrábamos una especie de ensayo sobre la soledad, una búsqueda de la supervivencia. Porque la literatura no importa nada, Alberto Acerete cierra Yo quiero bailar con lo que también es una suerte de carta de guerra, en la que todo lo bélico se torna suave, y en la que todas las granadas se vuelven gorrión. Yo quiero bailar, yo quiero volar, yo quiero vivir, sí.

El poeta ha encontrado en el canto de los pájaros su propia canción de verano. Esa que reconforta a quien la escucha porque le recuerda que aún quedan días de sol y de reposo. La cría a mano del vencejo común es el último y más breve de los libros que encierra este poemario. Aquí el sol y la vida han ganado a toda esas oscuridad que se precipitaba en las primeras páginas. Aquí nada importa más que el futuro, la tranquilidad y la verdad. La literatura, dice Acerete al otro lado del teléfono, no importa tanto como la vida.

Es por esto por lo que Yo quiero bailar se convierte en uno de esos manuales que narran una supervivencia. Como Anne Carson en La belleza del marido. Como una realidad paralela en la que Sylvia no mete la cabeza en el horno, sino que se pone manos a la obra y perfila con su pluma un poema larguísimo contra la muerte. Como una canción de la radio en la que los tambores nos invitan a movernos desenfrenados, Alberto Acerete ha encontrado su grito y su espacio.

Qué agradable pertenecer a esta fiesta luminosa. Qué emoción, haber podido desgastarnos las suelas de tanto bailar.

La literatura, en verdad, no importa nada.

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