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Es más probable morir por una extinción masiva que en un accidente de coche

El cambio climático, las armas nucleares y las plagas son más peligrosas de lo que creemos

“Estadísticamente, lo que debería darnos miedo es ir en coche”.

Este es uno de los argumentos más recurrentes para calmar a una persona con miedo a volar. Y es cierto: existen muchas más probabilidades de sufrir un accidente de tráfico que no uno de aviación.

Lo que quizá no sea tan conocido es que el mismo argumento podría utilizarse a la inversa con las guerras nucleares, el cambio climático y las grandes pandemias. Aunque suenen a material de cine de catástrofes, esas tres cosas son las mayores amenazas para la civilización. Y, según un nuevo informe de la Global Challenges Foundation, son mucho más probables de lo que pueda parecer. Sí, más que un accidente de coche.

En su informe anual de “riesgo de catástrofe global”, la organización ha compartido un dato que puede resultar chocante: el americano medio tiene cinco veces más probabilidades de morir durante un evento de extinción humana que no en un accidente de tráfico.

Cada año, una de cada 9.395 personas muere en un accidente de automóvil, lo que se traduce en una probabilidad de un 0,01 al año. Si se extrapola a lo largo de toda la vida, la probabilidad aumenta, con uno de cada 120 americanos muriendo por dicha causa.

Observemos ahora el riesgo de una gran extinción humana. Según un informe del gobierno británico, existe un riesgo del 0,1 de una extinción humana cada año. Puede parecer una cifra pequeña. Pero si se extrapola a una escala de un siglo, se estima que existe un 9,5 por ciento de probabilidades de una extinción humana a lo largo de los próximos cien años.

“No esperamos que ninguno de estos eventos ocurra en los próximos 10 años. Son posibles, pero lo más probable es que no ocurran”, ha dicho Sebastian Farquhar, director del Global Priorities Project, a The Atlantic. “Pero hay muchos eventos que creemos que son poco probables para los que deberíamos prepararnos”.

En otras palabras, si aún sabiendo que existen pocas probabilidades de tener un accidente seguimos poniéndonos el cinturón al subir al coche, deberíamos hacer lo mismo con el planeta.

¿Pero de qué clase de eventos hablamos?

Según el informe, los fenómenos asociados al cambio climático y una guerra nuclear son dos de las mayores amenazas.

También existen amenazas naturales no asociadas a la actividad del hombre. Cada año existen posibilidades, por remotas que sean, de que, por ejemplo, un súper-volcán entre en erupción o que un asteroide impacte contra la tierra. Además de devastar la zona dónde se produjeran, ambos fenómenos podrían generar una inmensa nube de polvo que bloquearía la luz solar, haciendo que las temperaturas se desplomaran (algo parecido ocurriría tras una gran detonación nuclear).

Pero el mayor riesgo de todos lo plantean las pandemias. No en vano, en los últimos dos milenios, los dos únicos eventos que los expertos certifican como catástrofes globales de esta envergadura fueron plagas.

En el siglo XIV, la peste negra acabó con más del 10 por ciento de la población mundial. Ocho siglos antes, la conocida como plaga de Justiniano mató entre 25 y 33 millones de personas, lo que, por entonces, representaba entre un 13 y un 17 por ciento de la población mundial.

El informe también explora otros posibles riesgos, como una pandemia gestada con ingeniería genética, ingeniería climática que se volviera en contra o una inteligencia artificial disfuncional. El informe aclara que estos últimos son riesgos especulativos, pero alerta que “prácticamente todas las mayores amenazas de catástrofes globales eran imprevisibles pocas décadas antes de que se hicieran evidentes”.

Entre las medidas prevención propuestas por el informe están la reducción de los arsenales de armamento, así como recortar las emisiones de gases de efecto invernadero. Otra de las maneras que tendría la población de aumentar su resiliencia sería potenciar el desarrollo de las tecnologías de producción de alimentos. Si la obtención de comida no dependiera tanto de la luz solar, disminuirían las posibilidades de que un largo invierno provocado por un gran volcán o una guerra nuclear tuviera consecuencias catastróficas.

El informe completo puede leerse aquí.

[Vía The Atlantic]

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