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El primer país gobernado por Big Data da bastante miedo

En Singapur se ha entrenado a sus habitantes para tener tanto miedo, que estos no dudan en ceder sus datos personales a las instituciones

"El servicio líder en anticipación estratégica para la Seguridad Nacional. Mejoramos las competencias políticas a través de análisis pormenorizados, procesos robustos y sistemas innovadores."

Así se vende el RAHS en su propia web. Las siglas corresponden a la expresión Risk Assesment and Horizon Scanning, en castellano: Evaluación de riesgos y exploración del futuro, un departamento al servicio del gobierno de Singapur que rec opila datos de los habitantes del país para gobernar en base a amenazas futuras.

Y no, no es una novela de Ciencia Ficción: e n Singapur el big data tiene el control absoluto de la política. Son las informaciones privadas de su población las que, filtradas por algoritmos, ejercen el poder político. Aunque privado no sería el término adecuado para un país que considera que los informes médicos, las contraseñas o el historial de navegación deben estar al servicio de las autoridades si pueden preservar el estado de bienestar y la seguridad de la nación.

En pleno debate sobre la privacidad de los ciudadanos y la legalidad de los gobiernos a la hora de rastrear nuestras informaciones, en tiempos en que los hackers activistas son considerados los nuevos profetas y cada nueva revelación de Snowden desata polémicas internacionales, hay un país al que estas cuestiones no le interesan porque, en definitiva, se ha entrenado psicológicamente a la población para hacerles creer que no hay derechos civiles sin un estado social de absoluta transparencia y publicidad de lo cotidiano.

De Reagan a la regulación algorítmica

En Singapur se ha entrenado a sus habitantes para tener tanto miedo, que estos no dudan en ceder sus datos personales a las instituciones

Muchos defensores del Big Data, fanáticos del poder de las tecnologías para rienventar el progreso, hablan de "regulación algorítmica", o lo que es lo mismo, de un futuro en el que el feedback de datos entre ciudadanos e instituciones sea capaz de crear enmiendas a las leyes y normas sociales más justas. Todos ellos, con el tecnócrata Tim O'Reilly a la cabeza, miran a Singapur como un estado utópico y se les llena la boca hablando de su estabilidad, riqueza y seguridad. Sin embargo, la mayoría desconocíamos el funcionamiento real de ese país. Hasta hoy.

En un detalladísimo reportaje publicado en Foreign Policy, Shane Harris a naliza desde el propio país las causas que llevaron a Singapur a instaurar este sistema de control social y los motivos de su éxito entre la población:

Como no podía ser de otra manera, Singapur tuvo noticia de esta alternativa a través de Estados Unidos. Un consejero de Seguridad Nacional de Reagan les enseñó un programa que, a partir del tratamiento de ingentes bases de datos, podía alertar de amenazas terroristas. Ese mismo programa, hoy (en teoría) prohibido en Norteamérica, es uno de los frentes abiertos en la lucha de Snowden. En aquel momento, estaba en fase beta, pero los americanos dejaron que Singapur lo importara y lo desarrollara. Al fin y al cabo, acababan de sufrir un cruento ataque terrorista.

Pero lo que surgió como una vía de prevención del terrorismo, pronto empezó a utilizarse en otros frentes mucho menos peligrosos.

Del terrorismo a la vida diaria

En 2003, cuenta Harris, una epidemia de un virus relacionado con la neumonía sacudió Singapur. Y el gobierno se dio cuenta de que, si hubieran tenido a su disposición los datos de sus habitantes, sus turistas y todos los que visitan la nación para realizar transacciones comerciales, dicho brote podría haberse evitado.

Hoy, hasta los bancos disponen libremente de los datos de sus clientes. Pero si hay un foco de reclutamiento de datos por parte del gobierno es el que tiene que ver con la navegación casera.

Las páginas abiertamente porno están prohibidas (abiertamente porno significa, en este caso, que incluyan palabras sexuales en sus titulares) y los comentarios racistas en las redes son delito. Singapur es un país reciente, liberado de Malasia hace media década y con una altísima tasa de población emigrada de países aledaños. Cualquier amenaza verbal a la paz social o cualquier posible "perturbación mental" son vistas como un riesgo para el colectivo.

Suena a totalitarismo, pero Singapur se jacta de ser una democracia, aunque sólo en la forma. Tiene elecciones parlamentarias, pero el discurso de sus políticos ha estado durante años centrado en infundir miedo a la población: miedo a la amenaza terrorista, miedo a la crisis financiera, miedo a los disturbios raciales. En estado de terror, la gente cede toda su privacidad para sobrevivir.

¿El futuro de Occidente?

Curiosamente, Singapur tiene una tasa de crecimiento económico inigualable, un ratio muy bajo de criminalidad y unas cotas de bienestar que son la envidia de Asia. Pero les han metido el miedo el cuerpo y ellos han cedido al paternalismo político. Y a la implantación de cámaras de seguridad en todas partes, a la cesión de sus datos personales, a la escucha de llamadas y, en definitiva, a la legitimación del espionaje. Hasta los turistas tienen que dar sus datos para hacerse con una tarjeta SIM. Mientras tanto, en su territorio se abren sedes de multinacionales, crece el tráfico de su aeropuerto y la Interpol piensa abrir una central dentro de sus fronteras. Les facilitaría mucho el trabajo.

Muchos países occidentales, instaurando sedes en sus confines, están legitimando implícitamente su modelo de Estado y admirando su nivel de seguridad y estabiidad. Hasta un grupo de abogados estadounidenses lo premió nombrándolo el segundo país más seguro del mundo. Están claras, en definitiva, las intenciones (o al menos, los valores) que guían a algunos de los grandes gobiernos.

El problema es que, en efecto, Singapur es un país reciente, y no se tiene que encontrar con las trabas constitucionales que frenan algunas de las directrices ocultas de otras naciones. Sin embargo, este modelo, utópico para algunos, distópico para otros tantos, podría convertirse en una realidad si el discurso del miedo cala en la población occidental. Quizá Estados Unidos sea el mejor ejemplo de cómo gobernar infundiendo inseguridad ante una amenaza constante. Si muchos asumen como natural tener armas escondidas en la mesilla de noche, ¿por qué no acabar cediendo parcelas de privacidad a las instituciones?

Por eso, los defensores del Big Data como forma de gobierno, centran sus proclamas en la seguridad individual: en la posibilidad de tener seguros médicos más fiables, de alertar a las autoridades de forma eficaz, de votar en aplicaciones la reputación de servicios de consumo o de interconectar todos los dispositivos de uso diario a la nube para detallar el funcionamiento de nuestro propio cuerpo: qué comes, qué compras, cuánto caminas y cuánto duermes. Quiénes se han interpuesto en tu camino, cuáles son tus intereses y qué te lleva a deprimirte o a alegrarte. Una vida mejor a golpe de click. Eso sí, a expensas de hacerla pública en los monitores del gobierno.

Harris concluye su reportaje alumbrando alternativas: los habitantes de Singapur se están dando cuenta de que su modelo es único, tanto que empiezan a concienciarse de que es probable que no sea el mejor de los gobiernos posibles. Pero todos los que se empeñan en alabarlo con la apertura de negocios, los premios y las transacciones están acallando las voces disidentes. El imperio del Big Data tiene su propio reino en pruebas, y tal vez a muchos no les interese que sea derrocado tan fácilmente.

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