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Por qué deberíamos ser más pretenciosos

O por qué la presuntuosidad juega un papel principal en la rueda del progreso, según Dan Fox

Imagen de Brian Finke

Snob, pedante, presuntuoso, afectado... pretencioso. Distintas maneras para referirse al atributo que nunca celebramos en otros y que nadie quiere poseer a la vista del resto. Bueno... ¿Nadie?

Realmente, ¿es tan malo ser pretencioso? ¿O deberíamos serlo un poco más?

¿Es importante ser presuntuoso por alguna razón más allá del efecto balsámico en el ego propio? ¿Es mejor huir de la presuntuosidad natural o simplemente aprender a aceptarla?

Dan Fox se lo pregunta en su último libro Pretentiousness: Why it matters?, un tratado en defensa de esta ¿cualidad?. Fox llega al punto de afirmar que la pretenciosidad ha sido y es un factor básico en el camino del progreso humano.

En los últimos días, varios autores de varios medios han reflexionado sobre el tema. Lo que aquí sigue es una selección de sus ideas.

El autor del libro, el escritor y coeditor de la revista frieze Dan Fox, destacaba en una entrevista para VICE que:

La gente usa la palabra presuntuoso para encerrar cosas que no entienden, o que difieren de su idea de “lo que debería” ser el arte, la cultura u otras personas. La pretensión es, a menudo, señal de una mente curiosa.

La presuntuosidad es una fuerza impulsora en el arte, porque entraña riesgo: el riesgo de superarte o quizás el de caer de bruces al suelo. Pero si tú juegas sobre seguro durante todo el tiempo nunca conseguirás llegar a ningún lugar interesante.

Por su parte, el escritor George Pendle remarcaba en su reseña para Intelligent Life Magazine lo siguiente:

Escuchamos constantemente hablar de películas pretenciosas, series pretenciosas y arte moderno pretencioso. En muchos casos estas cosas se merecen ser criticadas, pero llamarlas “pretenciosas” es una manera muy perezosa y vacua de hacerlo.

En Twitter y Facebook somos rápidos a la hora de juzgar sin deliberar. Todo el mundo se pone de frente, con su máscara y reclaman ser reales, auténticos y fieles a sí mismos. No es de extrañar que Internet pueda parecer a veces esquizofrénico. Si nos abrazamos a la pretensión y a nuestro derecho a tomar diferentes personajes todo el mundo podría llevarse un poco mejor.

En su artículo para The Guardian, el escritor John Crace defiende así la presuntuosidad:

Sugerir que una persona es pretenciosa es decir que se está comportando de una manera para la que no está cualificada dentro de su experiencia o estatus económico.

Necesitamos la presuntuosidad. No las falsas acusaciones de presuntuosidad que simplemente intentan dividirnos y socavar el progreso humano, sino la presunción real que puede hacer avanzar el esfuerzo creativo e intelectual, permitiendo que una buena idea para un artículo en una revista pueda extenderse a un libro.

El propio Dan Fox también profundiza en sus ideas en la spáginas de The Guardian :

El anti-intelectualismo es snobismo exactamente igual que la anti-pretensión. Es decir, el anti-intelectual está ansioso de no ser catalogado como parte de una élite educada. Ese tipo de persona que se sospecha que utiliza las ideas y el lenguaje para mantener la posición de poder.

La presuntuosidad importa porque revela como tu identidad se relaciona con la de los demás. Puede ser duro aceptar que ser pretencioso es parte de lo que hacemos cada día. La presuntuosidad mantiene la vida interesante. Sin la permisividad que da —la licencia para probar nuevas experiencias, experimentar con nuevas ideas, ver si podrías vivir la vida de otra manera— la gente de todo tipo de escenarios no se expondría a la diferencia, a nuevas ideas o historias que se alejen de su campo. Una cultura rica que se sostiene por gente que dedican su vida a ello, con un pequeña recompensa de reconocimiento, es una cultura presuntuos.

El profesional está cualificado —por entrenamiento, título, dinero o tiempo invertido— para trabajar en un campo particular. Ellos pueden evitar esta carga de pretensión porque trabajan con una capacidad oficial. El aficionado, por otra parte, hace solo ciertas cosas los fines de semana o por las tardes, a menudo gratis y con entusiasmo. El diletante no tiene las credenciales necesarias, así que intentar hacer lo que hace un profesional podría acarrearle acusaciones de ser presuntuoso. La pretensión es una cuestión de ópticas: el pesimista ve la pretensión como un engaño. El optimista lo ve como un inocente, tragicómico, exceso de esfuerzo.

Lo que somos reacios a admitir es que la cultura no tendría color sin pretensión. La vida sería como un constante tono de beige de tienda Gap. Las puertas de la imaginación podrían mantenerse cerradas por el miedo a encontrar detrás algo que viola el consenso sobre qué es aceptable en el arte, qué es aceptable beber en un bar o qué pares de zapatos son aceptables para llevar al trabajo.

Finalmente, Steven Pole, en su reseña para The Guardian, argumenta que:

Emplear la palabra 'pretencioso' como un arma contra el arte que aspira a algo difícil es imponer las jerarquías sociales del poder. Pero cuando aquellos que están en el poder fingen tener menos de lo que tienen, eso es la verdadera pretenciosidad sin honor.

Después de estas reflexiones, ¿es la presuntuosidad buena o mala?

Quizás debamos quedarnos con la frase del músico Howard Devoto: “la presuntuosidad es interesante. Al menos estás haciendo un esfuerzo. Tu ambición tiene que superar a tus habilidades en algún momento”.

Y rezar para que cuando la pronunciemos —la frase— no sonemos demasiado... presuntuosos.

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