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La explicación a tus prejuicios reside en el placer que se desencadena en lo más profundo del cerebro

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Así explica la neurociencia tus opiniones prejuiciosas

silvia laboreo

14 Diciembre 2016 15:52

Creer en los alegatos racistas y prejuiciosos de Donald Trump provoca placer. No estamos locos por hacer esta afirmación. También nos provoca placer Marine Le Pen, creer que los catalanes son agarrados, que los musulmanes son unos terroristas, que los ricos son peores personas y los pobres unos vagos, que la juventud actual es peor que la de la generación anterior, que los homosexuales son promiscuos o que los tipos inteligentes son siempre un coñazo.

Los prejuicios existen, no podemos huir de ellos. Por muy progresistas y abiertos de mente que nos creamos, cada cierto tiempo un pensamiento como los mencionados anteriormente sobrevuela nuestro cerebro. Y esto se debe a que gran parte de nuestro cerebro es menos racional de lo que pensamos.

Se calcula que aproximadamente el 85% de los procesos mentales del ser humano se producen en su mente no consciente. Es ahí donde se encuentran los mecanismos que condicionan nuestras decisiones. Existen diversos estudios que parecen probar que una persona toma decisiones en un ambiente emocional y después las justifica racionalmente.




Este sistema de pensamiento lo explica muy bien Daniel Kahneman en su libro Pensar Rápido, pensar despacio. Por un lado, está el sistema 1 cerebral que es intuitivo y rápido y, por el otro, el sistema 2 que se basa en el razonamiento formal y la lógica. Lo primero que solemos hacer es basar nuestras decisiones en un sentimiento automático y, posteriormente, ponemos en funcionamiento el sistema 2 que nos ayudará a racionalizar nuestra decisión.  

Como habrás imaginado, los prejuicios residen en el sistema 1 y son la forma perfecta para procesar información, categorizar y recordar aspectos más amplios de nuestra vida cotidiana de forma rápida. Algo así como meter en cajas cerebrales nuestros pensamientos para poder recurrir a ellos con celeridad, de manera que podamos interpretar nuestro entorno de una manera casi automática.


Se calcula que aproximadamente el 85% de los procesos mentales del ser humano se producen en su mente no consciente, donde se encuentran los mecanismos que condicionan nuestras decisiones


¿Pero cómo sabemos si un prejuicio está justificado o simplemente es el fruto de un pensamiento estereotípico sin ninguna conexión con la realidad? Desgraciadamente, nuestro cerebro es como una máquina para crear creencias y tiene un “fallo de programación” bastante gracioso: creer en los prejuicios le provoca un intenso placer.

Si mantenemos, por ejemplo, que los negros son peligrosos, no lo hacemos porque seamos mala gente, sino porque esa idea nos hace sentir bien. Y esto, cómo no, tiene una explicación científica. La respuesta la podemos encontrar en este artículo publicado en la revista Annals of neurology, elaborado entre otros por el investigador Andrew Newberg, autor del libro Por qué creemos lo que creemos. A grandes rasgos, el estudio nos dice que creemos en algo concreto, más allá del raciocinio, porque esa creencia desencadena procesos cerebrales que nos hace sentir bien, ya que la decisión sobre si una afirmación es verdadera o falsa es mayoritariamente emocional.

Y esto ocurre porque a que a la hora de tomar la decisión final sobre si un argumento es verdadero o falso, se activa un sistema de procesamiento situado en la corteza prefrontal y la ínsula anterior. En concreto, la corteza ventral prefrontal medial (VMPC), un lugar en el cerebro conocido por la recompensa de procesamiento, la emoción y el gusto.




Como en el caso de ciertos sabores, el cerebro crea una experiencia emocional a partir de las afirmaciones. Lo que nos parece cierto nos genera una respuesta positiva y lo que nos parece falso, disgusto. Por lo tanto, por mera cuestión de supervivencia y salud mental, creeremos en las cosas que nos hagan sentir bien, independientemente de que sean o no veraces.

“Cuando la gente desarrolla una creencia particular, incluso una que se contradice con los hechos, su química cerebral continúa sustentando esa creencia”, indica el estudio. “Las neuronas que se activan juntas se conectan. Cuanto más creemos algo, más fuerte se vuelve la creencia, incluso frente a ingentes cantidades de datos que la contradigan”.


El cerebro crea una experiencia emocional a partir de las afirmaciones. Lo que nos parece cierto nos genera una respuesta positiva y lo que nos parece falso, disgusto


Para llegar a esta conclusión, los investigadores realizaron un experimento donde recogieron 360 declaraciones de 14 adultos. Mientras, analizaron su actividad cerebral mediante dispositivos de imagen de resonancia magnética funcional (fMRI). Los autores del estudio comprobaron cómo reaccionaba el cerebro a afirmaciones en siete categorías diferentes: matemáticas, geográficas, semánticas, de hecho, autobiográficas, éticos y religiosas.

Los resultados en las siete áreas eran interesantes, pero fueron las matemáticas y la ética las categorías que más llamaron la atención de los científicos. Allí, lo simple y lo complejo, lo subjetivo y lo objetivo se mezclaban. Los pensamientos matemáticos más complejos, aquellos que se analizaban en las zonas “superiores” del cerebro, tenían un sello final de “creencia” asociado en los lugares “primitivos” del cerebro. Incluso un '2+2=4' era, en cierto modo, una cuestión de gusto.

Y si una afirmación matemática tan categórica como esa tenía cierto sesgo emocional, ¿cómo no lo va a tener nuestros prejuicios más arraigados?

¿Lo más interesante de todo? El componente emocional a la hora de creernos un argumento tiene aplicaciones prácticas en diversos aspectos de nuestra vida. En comunicación política, por ejemplo, cada vez se recurre más a las emociones. Nuestro cerebro político es emocional y parece que nos esté susurrando al oído “a mí dame un buen debate con mucha sangre y morbo y déjate de programas electorales y ese tipo de mierdas”. Por ello, la mayoría de debates, spots, discursos y técnicas de persuasión se basan en las primeras emociones y en las emociones que despiertan los candidatos. ¿O acaso os habéis olvidado de los gatitos de Izquierda Unida? ¿O del Yes We Can? 




Las emociones mueven el mundo, los prejuicios están muy arraigados en nuestra cabeza y eso es algo que, desgraciadamente, los políticos lo saben muy bien. Al final va a resultar que todos nos parecemos a Trump más de lo que pensamos.








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