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Así es el polémico 'café nazi' de Indonesia

La presión internacional obligó al cierre del Soldaten Kaffee el pasado año, pero este establecimiento temático a mayor gloria del imaginario nazi ha vuelto a abrir sus puertas en Bandung

La parafernalia militar lleva siglos levantando pasiones en todos los rincones del planeta. Es materia de estudio de la Historia Militar como disciplina de las humanidades enfocada al registro de los enfrentamientos bélicos y su impacto en las sociedades, y es también objeto de interés de miles de coleccionistas anónimos de todo el mundo. Muchas veces se trata de gente atraída por la estética y la tecnología castrense en general, sin importar el bando al que hayan podido pertenecer las piezas que se atesoran. Pero también hay quien se siente atraído por un episodio histórico y un frente concreto, entendiendo el coleccionismo de objetos de la época como expresión de una filiación cultural, política o ideológica determinada que puede rayar en el fanatismo.

A nadie le inquieta, por ejemplo, que Aphex Twin tenga un tanque en su jardín, que un general retirado pueda tener las alacenas de su casa llenas de uniformes y armas centenarias usadas por todos los ejércitos del mundo, que un diseñador gráfico pueda atesorar cientos de carteles de propaganda bélica o que las grandes editoriales pongan en los quioscos, a la vista de cualquier niño, colecciones acompañadas de insignias militares y modelos a escala de artefactos diseñados a lo largo de la historia para hacer la guerra. Todo cambia, sin embargo, cuando ese interés apunta en exclusiva a uno de los episodios más oscuros de la historia humana. ¿Es posible sentir fascinación por la parafernalia y la simbología nazi sin compartir las ideas del nacionalsocialismo y sin que esa fascinación valide en forma alguna las atrocidades cometidas en nombre del nazismo?

Henry Mulyana, ciudadano indonesio, defiende que sí. Mulyana es el dueño del Soldaten Kaffe (Café de los Soldados), un establecimiento situado en Bandung, la capital de Java occidental, que toma su nombre de un popular café parisino frecuentado por los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El establecimiento abrió sus puertas en 2011 y funcionó con normalidad durante tres años hasta que se vio obligado a cerrar en julio del año pasado debido a la presión mediática. Una presión que creció a partir de una reseña negativa publicada en la prensa local hasta convertirse en un asunto viral de interés internacional que derivó en acusaciones de incitación al odio racial, críticas por parte de organizaciones judías y amenazas de muerte para Mulyana. ¿La razón? El grueso de la imaginería que uno se encuentra en el Soldaten Kaffe hace referencia al Tercer Reich.

¿Culto a un episodio fundamental de la historia bélica o glorificación del nazismo?

Apología del nazismo vs. Perspectiva histórica

Tras el cierre voluntario del pasado verano, el abogado de Mulyana anunció que el café reabriría reorientando su decoración temática hacia la Segunda Guerra Mundial en un sentido amplio. Las esvásticas, decía, serían retiradas.

El pasado sábado el SoldatenKaffe reabrió sus puertas en Bandung. En la rueda de prensa escenificada por los dueños del local se insistió en esa idea de que el café no está dedicado al nazismo, sino a lo militar, teniendo su foco en la Segunda Guerra Mundial. En línea con ese discurso, la decoración del café ha incorporado imágenes de otras figuras de la época como Winston Churchill y Josef Stalin y algunas piezas de memorabilia de ejércitos como el francés, el británico o el japonés. Lo cierto, sin embargo, es que los motivos que predominan siguen siendo aquellos que hacen referencia directa a la era nazi, su propaganda y sus símbolos.

“Todos los aspectos del SoldatenKaffee son legales”, aseguró su dueño a AFP. “Tenemos un montón de clientes de Europa y ellos no tienen problemas con que esté enfocado a la Segunda guerra Mundial, porque lo ven desde una perspectiva histórica”. En declaraciones a France-Presse, Mulyana insiste en que no idolatra a Hitler, “ simplemente adoro la parafernalia de los soldados”.

Con la reapertura han vuelto las presiones, pero Mulyana y su entorno se muestran firmes en su alegato: “El concepto real de este café es lo militar de la Segunda Guerra Mundial. No hay ideología, no hay glorificación”. El problema es que, a pesar de su constante apelar a la precisión histórica y a la recreación histórica como coartadas legitimadoras, buena parte de los materiales y mensajes que el Soldaten Kaffe difunde a través de sus redes sociales muestran un claro sesgo ideológico.

Al hilo de la polémica, algunos historiadores indonesios han culpado a la pobre escolarización del país y al bajo nivel educativo en materia histórica de la falta de conocimiento y sensibilidad en relación al holocausto. En ese sentido, la exhibición pública de parafernalia nazi, si no va acompañada de un discurso negacionista, podría verse como un mal menor que cumple, aunque sea de manera involuntaria, una función educativa en la medida en que evoca una etapa de la historia que no conviene arrinconar en la trastienda de la memoria. Y es que, como dijo Cicerón, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.

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