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La dulce poesía de las lolitas demoníacas

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«Fuimos niñas que no sabían ser niñas»

Luna Miguel

07 Octubre 2014 09:57

Nos enseñaron a ser limpias: la pulcritud por encima de todo. Lavarnos la boca con jabón era un castigo, pero lavarnos el sexo y la falda con lejía era una obligación si queríamos llegar a ser alguien. Si queríamos llegar a ser algo parecido a las temidas palabras “buena mujer”. Nos enseñaron a leer en voz alta, a recitar de memoria las tablas de multiplicar con las que multiplicaríamos nuestros nervios y nuestra tristeza de haber nacido niñas. De haber nacido malas. De habernos sentido salvajes e incluso masculinas en un mundo de telas rosadas. Así éramos nosotras a los cinco o a los ocho años: unas bestias deseosas de libertad.

Recordar la infancia, ahora, es acordarse de esa pureza. De esos hermosos años de castigo como los que Fleur Jaeggy detalla en sus brutales novelas sobre la infancia. Una aprendiz de Jaeggy, precisamente, es la joven poeta alicantina Carmen Juan, quien hace apenas unos meses resultó ganadora del Premio García Baena de poesía joven convocado por La Bella Varsovia. Su libro, titulado Amar la herida, es un espejo mágico en el que se reflejan todos nuestros recuerdos. La rodillas moradas, los calcetines llenos de tierra, las vulvas al aire —inocentes e incomprensibles—, los hombros ilustrados de pecas y el pelo duramente enmarañado, como si estuviera hecho de paja.

En Amar la herida, los rastros de Nabokov son latentes, aunque es posible que entre sus páginas no habiten verdaderas lolitas, sino más bien descendientes de Monelle, esa pequeña prostituta que perdió su infancia vendiendo su cuerpo y sus cerillas, hasta morir entregando al mundo la última luz. Bestias, lolitas, niñas salvajes provistas de uñas y de cánticos y de vientres preparados para romper en sangre: la poesía puede volverse un cuchillo o un bisturí, o incluso un frío filo de cristal que de pronto lo desgarra todo. ¿Nos enseñaron a ser limpias? Pues aquí traemos la suciedad. ¿Nos enseñaron a ser buenas? Pues aquí traemos el delito. ¿Nos enseñaron a ser ángeles? Pues aquí Carmen Juan nos trae el testimonio de lo contrario. Orgullosa y lírica lo sabe: en la infancia estuvo nuestra primera guerra; que nadie se atreva a decirnos cómo tenemos que ser. 

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