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Un poema a la muerte de Robin Williams

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Esta es nuestra nota de despedida para el actor que llenó las largas horas de nuestra infancia

Luna Miguel

12 Agosto 2014 09:53

ELEGÍA A PETER PAN. O DE CUANDO LEÍ EN LAS NOTICIAS QUE ROBIN WILLIAMS, HÉROE DE NUESTRA INFANCIA, SE HABÍA SUICIDADO

Trajiste los tambores más temidos de la selva.

Trajiste a los niños huérfanos, vestidos de carne.

Trajiste sueños viscosos parecidos a la plastilina.

Trajiste un poema de Neruda —no soporto a Neruda—, que en tu boca parecía importante, más amable, más intenso, más esperanzador.

Eran tardes de mermelada, mamá y sus rebanadas de pan,

lo dulce en nuestros hocicos y en nuestras manos infantiles

manchaba las carátulas del VHS —a dónde fue el olor del cajón de los vídeos, a dónde

ese característico olor a plástico y cinta magnética amontonando sueños de Disney—

Trajiste los tambores, los elefantes, los monos chocando sus cráneos.

Trajiste canciones contra los piratas, y eras Wendy y eras un mago azul, y eras un pervertido, y eras un cazador, y eras un estúpido payaso triste o una vieja travestida,

y quizá por todas esas cosas te convertiste en mi infancia,

convertiste nuestra infancia en un estúpido payaso triste, en una plastilina pegajosa,

en una vieja que cantaba canciones contra los piratas mientras pasaba el aspirador.

Porque trajiste la pulcritud.

Porque trajiste un banquete de mentiras.

Porque trajiste todas esas cosas y luego te las llevaste. Qué estúpido es echarte de menos ahora, si ayer apenas pensábamos en lo que nos diste.

Tenemos ocho años y hace calor.

Tenemos ocho años y acabamos de aprender qué significa despedirse.

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