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"Yo era tan pobre que el gobierno me lo pagaba todo"

Un adelanto de la novela 'Pórtate bien', recientemente publicada por Pálido fuego

—Entonces ella me tiró a la cabeza todo lo que había en la estantería —dijo Tony.

Estábamos sentados en Denny’s a las tres de la mañana después de haber estado bebiendo en varios bares. Tony aparecía con el semblante totalmente relajado. El tío tenía un posgrado con matrícula de honor y debía más de cincuenta mil dólares de préstamo universitario.

El rostro de Tony tenía un aspecto envejecido. Lo conozco desde hace bastante. Dos veces al año regresa a casa desde Nuevo México y parece más viejo. Yo tengo veintiocho años; él unos veintiséis. Ha pasado el tiempo. Hemos logrado cosas. Él tiene un máster; yo tengo cuatro libros publicados. Él ha tenido unas doscientas novias, todas con un principio, un desarrollo y un final. Yo estuve a punto de casarme con una mujer, pero el experimento fracasó. Ahora vivo con otra llamada Amanda, muy diferente de la anterior, tanto en aspecto como en perfil psicológico. Pero no somos amantes. Un jueves de 2005 me di cuenta mientras me lavaba el pelo de que necesitaba una amiga más que una amante. Así que nos hicimos amigos y no amantes.

—Entonces yo la agarré por el cuello —dijo Tony. Tony seguía contándome cosas raras sobre violencia doméstica y una chica rica que había ido a Nueva York para convertirse en abogada.

Tony dijo:

—Era como una niña.

Aquello me sonó raro. Como una niña. Llevo toda la vida topándome con mujeres así. Llevo toda la vida topándome con hombres así. Niños. Adultos que se comportan como niños. Pero la niña a la que él se refería había obtenido unas notas excelentes e iba a convertirse en abogada. Era lo que el mundo denomina una niña buena. El ojito derecho del profesor. La que sacaba todo sobresaliente. La que se crió en una urbanización privada con un médico o empresario como padre. Esa chica le tiraba libros a la cabeza a Tony.

—Ella creó un jardín pero dejó que todo se marchitara.

Me pregunté qué clase de persona deja que un jardín se marchite.

Dije:

—Pero cuando estás conmigo pareces muy agradable.

—Quizá tenga un yo secreto que desconoces —dijo.

—Será eso.

—Una vez nos peleamos durante horas.

—¿Qué originó la pelea?

Levantó la vista intentando recordar el inicio y dijo:

—No me acuerdo. Sinceramente no puedo decir qué fue lo que originó la pelea. Recuerdo las peleas, pero no lo que las originaba.

—Nada importante.

—No, nada importante, las facturas o algo relacionado con el día a día. Normalmente empezaba a darle vueltas al tema de estar gorda hasta que yo no podía soportarlo más. O se ponía como una fiera por algo del perro.

—¿Cómo empieza alguien una pelea violenta por un perro? —dije asombrado.

—Con gran habilidad y determinación. —Continuó—: Estábamos peleándonos en el sofá, ella no dejaba de pegarme. —Hizo gestos de puñetazos—. Así que yo le sujeté las manos y ella dijo, «¿Quieres casarte conmigo?». Yo respondí, «Quizá algún día». Entonces sí que se

cabreó de verdad y se lió a darme patadas, pero fue gracioso porque yo le estaba sujetando los brazos y estábamos en un sofá. No me reí en voz alta ni nada, sino por dentro. Así que la tumbé en el suelo, me senté sobre su pecho y la llamé zorra estúpida. Eso no mejoró mucho la situación. Entonces me quité de encima, fui a la cocina y cogí un cuchillo pequeño pero afilado.

—¿Ibas a matarla?

—Se me pasó por la cabeza, pero me sentí culpable por mi padre y por la Santa Iglesia Católica y Romana y descarté la idea. En vez de matarla me senté enrabietado en el sofá y me clavé el cuchillo en la pantorrilla.

—Se levantó la pernera del pantalón para enseñarme la cicatriz.

—Qué dramático.

—Sí, lo fue. Pero puso fin a la pelea.

La mayoría de la gente tiene yoes secretos. En su caso, los celos se apoderaban de él. Tony era un fanático del control. La gente que hace posgrados con matrícula de honor es por lo general fanática del control. Los que controlan sus vidas son fanáticos del control. No tienen más remedio que serlo. El capitalismo exige responsabilidad y la responsabilidad exige que el ser humano que quiera llevar una vida estable y ordenada tome el control de sus emociones y de su comportamiento para conseguir sus metas en la vida. Él acabó con préstamos universitarios y un trabajo para el estado en una biblioteca. No sé si eso supone la realización del destino personal. Tiene un lugar donde vivir, comida en el plato, un coche, las facturas se pagan a tiempo y dispone de la posibilidad de conocer mujeres fácilmente. Admiro a este tío. Proviene de una buena familia del cinturón industrial, padres divorciados, un padre marine que trabaja en correos y una madre que trabajaba para la universidad, y él se hizo ingeniero, pero le despidieron porque la Chevrolet ya no vendía coches…

Las cosas habían cambiado desde que vi a Tony en verano. Por entonces los precios de las gasolinas rondaban los cuatro dólares. Ahora están por debajo de los dos. La economía se había desplomado. Estaban despidiendo a mucha gente y, si no eras tú personalmente, conocías a alguien a quien habían despedido. A muchos les embargaban la casa, y si no eras tú personalmente, conocías a alguien a quien se la habían embargado. El miedo estaba en todas partes. Habíamos votado a Barack Obama, los años de Bush estaban a punto de tocar su fin. Algo extraño empezaba a suceder.

Tony recibió un mensaje de su compañero de piso “Ponle un mensaje a Ashley, se pregunta qué estarás haciendo”.

Tony fue al baño y le envió un mensaje.

Mientras él no estaba, miré a mi alrededor.

En la barra había un hombre de treinta y tantos años tan borracho que apenas podía moverse. A su lado se sentaba una mujer obesa, sosteniéndolo. Parecía como si él quisiera echarse a dormir.

El resto de la concurrencia eran negros y hablaban por el móvil en lugar de entre ellos.

Tony volvió y dijo:

—La he llamado. Pero me juego lo que quieras a que se está follando a mi compañero de piso ahora mismo. Ha hecho esto para convencerme de que no están follando.

—Siempre habría que dar por hecho de que hay una conspiración.

—Estoy seguro de que sí.

—Culpables si no demuestran inocencia.

Tony sonrió.

Nos echamos a reír.

Le hablé de volver a la universidad. Yo había ido de más joven. Lo dejé al cabo de cuatro semanas porque no quería hacer felices a mis padres. No les creía. No me parecía que la universidad importase. No les creía porque nada de lo que me decían tenía sentido. Así que por qué iba a tenerlo aquello. Pasó el tiempo. Tuve empleos lamentables uno tras otro. No eran trabajos duros. Normalmente cocinero o repartidos de pizza. Cocinar me hacía sudar en verano, aunque tampoco es que duela sudar algo de vez en cuando. Pero nunca había dinero. Tenía veintiocho años y nunca había ganado más de diez dólares la hora. Tardé años en tener una cuenta bancaria de verdad. El año anterior había ganado dos mil dólares escribiendo. No parecía que existieran razones para que yo ganase dinero. No me había casado ni tenía niños. No había nadie a quien mantener. Nadie me admiraba. Nadie me necesitaba. Por tanto un jueves mientras me lavaba el pelo, decidí que me necesitaría a mí mismo. Era un reto volver a un estado de motivación. Como me había demorado en mis préstamos, tuve que pagar religiosamente nueve meses del tirón. Después de cumplir aquel requisito me permitieron regresar al ámbito académico con la ayuda del programa de Becas Federales Pell. Yo era tan pobre que el gobierno me lo pagaba todo. Volvía con diez mil dólares de préstamo de estudios. Era el cuento de nunca acabar: préstamos, dinero e intentar cumplir con las cosas. 

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