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Estas son las pesadillas de infancia de Lena Dunham

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Recuerdos de una chica difícil

Luna Miguel

26 Agosto 2014 13:26

Más allá de tramas sentimentales delirantes, de feminismos perdedores, de voces generacionales o más allá incluso de esa estética 100% hipster que caracteriza la obra de Lena Dunham, la directora y protagonista de Girls tiene un mensaje muy claro para este mundo: se puede sobrevivir a los miedos de nuestro tiempo. Su trabajo televisivo y cinematográfico es un claro ejemplo de superación diaria, en el que tanto su alter ego como los personajes de ficción que le rodean tratan de echar a un lado fobias, prejuicios, recuerdos angustiosos del pasado y, sobre todo, los complejos que desde niñas o adolescentes vienen teniendo.

Este lunes The New Yorker estrenó la semana publicando en exclusiva un texto de Dunham que pertenece a Not that kind of girl, su primer libro de próxima aparición el 30 de septiembre. El capitulo seleccionado por la célebre publicación norteamericana no es otra cosa que una vuelta de tuerca a los temas fetiche de la joven escritora: la experiencia personal por encima de todo, la autocompasión, su manera descarnada de narrar todas esas cosas que le asustan, y de las que sin embargo ella logra servirse para poder escalar hasta la cima del buen ánimo.

En esta pieza titulada Difficult Girl, Growing ug, with help (Niña difícil, creciendo, con ayuda) Dunham hace uso de una de las técnicas que más le gusta utilizar, la de dejar su alma desnuda por completo. La líder de Girls regresa a su infancia, y más concretamente a sus ocho años, en un momento en el que absolutamente todo le asustaba. Lo que ella sufría no eran sólo los típicos miedos nocturnos de cualquier niño que ha de dormir con la lamparilla encendida, sino que por su cabeza pasaban asuntos realmente horrorosos sobre su vida, sobre su existencia, sobre cómo madurar.

Tal y como cuenta, su TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) no era un elemento ficcional con el que vestir al personaje de Hannah, sino que fue algo que le persiguió durante años, y que sólo pudo tratar gracias a distintos psicoanalistas que se convirtieron en figuras casi tan importantes como sus padres. Sin ellos, insinúa, nadie le hubiera enseñado a crecer. Así, como con un bisturí, Lena Dunham nos transporta a las esquinas más oscuras de su cerebro, porque quizá al exhibirlas se sienta más alejada de ellas. Con la confesión, se autoanaliza. Con la sinceridad, también nos diagnostica. En sus propias palabras:

“Tengo ocho años y todo me da miedo. La lista de cosas que me mantiene en vela incluye —aunque no se limite a eso—: apendicites, tifoidea, lepra, carne impura, comidas que no he visto que salen de sus envases, comidas que mi madre no ha probado por lo que si morimos morimos juntas, vagabundos, dolores de cabeza, violación, secuestros, leche, el metro, dormir”.

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