PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Pequeñas esculturas que empatizan contigo y tu día a día

H

 

Isaac Cordal nos presenta su mundo de hombres diminutos para reflexionar acerca de la sociedad y su ritmo de vida

Helena Moreno Mata

17 Noviembre 2015 06:00

Las pequeñas esculturas de Isaac Cordal sólo son diminutas físicamente; el universo interior que crea este artista explora ideas tan interesantes como la gentrificación, la naturaleza o la evolución humana. Un grupo de trabajadores dentro de un cajón de oficina, un hombre contemplando una obra a pie de calle, dos adultos besándose en mitad de un charco o un señor atrapado en una pinza gigante son algunos ejemplos.



Como recién sacadas de un cuento infantil o de una obra de teatro con títeres, sus diminutas figuras son hombrecillos que están colocados por los rincones menos esperados de distintas ciudades. Su objetivo es que el transeúnte encuentre a su paso algo que le haga gracia y que le permita dejarse llevar por su imaginación, pero sobre todo que le lleve a la reflexión.



Y es que Cordal busca con estas pequeñas intervenciones pensar acerca de nuestro progreso, y de los efectos colaterales que este produce. También indaga en cuestiones como la homosexualidad, la supervivencia o la precariedad.




Un grupo de trabajadores dentro de un cajón de oficina, un hombre contemplando una obra a pie de calle, dos adultos besándose en mitad de un charco, un señor atrapado en una pinza gigante




Aunque en su primera exposición individual, Urban Inertia, ya trabajaba sobre esa idea, en el último proyecto la explota hasta sus límites. Cement Eclipses es una definición crítica de nuestro comportamiento como masa social, donde cada pequeña figura nos abre la puerta a otros mundos, permitiéndonos enlazar conceptos y llegar a conclusiones. Porque uno de los objetivos de su trabajo es precisamente ese: crear múltiples significados.



Uno de ellos es la precariedad del ser humano, reflejado en la altura de todos esos pequeños cuerpos escultóricos que apenas llegan a la suela de los transeúntes. Y una precariedad que representa los restos nómadas de nuestra imperfecta construcción social. Porque, al fin y al cabo, lo que busca Isaac Cordal es que todos los pequeños hombres que aparecen en sus esculturas empaticen con cada uno de nosotros.



Colocados en la misma vida urbanita que en la que vivimos, sus personajes también se ven obligados a esperar el bus, se desesperan por la pérdida de tiempo que suponen ciertas rutinas y entienden lo trágico que puede ser un accidente mortal. En definitiva, se meten en nuestra piel y no hacen más que evidenciar que el ajetreo de nuestras sociedades corre en paralelo al florecimiento de nuestros miedos, alegrías y sorpresas.












share