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¿Qué pasará cuando los grandes genios de la moda se retiren?

Todos tienen más de sesenta años y su labor, más allá de la gestión de sus marcas, ha sido hacer creer que la moda es una cuestión de talentos irremplazables

Un diseñador no es un artista en el sentido más estricto del término, porque, si hay que vender, no puede sustraerse a los gustos de la sociedad y hacer lo que se le antoje. Pero tampoco es un gestor, porque, aunque se las tenga que ver con licencias, identidades de marca o gestión de equipos creativos, tiene que crear productos distintos, únicos y, hasta cierto punto, sorprendentes.

Todavía algunos tienen la sensación de que las etiquetas de las prendas de alta gama son el equivalente a la firma de un artista en su obra. Que una chaqueta de Chanel, por mucho que hoy se produzcan en cadena dentro de una fábrica, es, en parte, una creación artística. A la moda le interesa mantener esa comunicación ambivalente: es una industria millonaria que funciona con los elementos de cualquier otra pero, a la vez, tiene que dar la impresión de ser un ámbito poblado por genios creativos, elitistas y con egos caprichosos para seguir llenando las arcas. Aunque, de un tiempo a esta parte, está dejando su verdadera cara al descubierto.

Directores creativos de quita y pon

Primero, los holdings empresariales compraron las firmas de lujo a montones y después situaron en ellas a diseñadores carismáticos. Galliano, McQueen o Tom Ford funcionaron como modistos, pero también como personajes que imprimían genialidad a sus creaciones. Después, estos grandes holdings se dieron cuenta de que ya no necesitaban líderes, y hoy contratan y despiden a los directores creativos con tal rapidez que ya es prácticamente imposible saber quién diseña cada marca.

Sin embargo, en este ambiente absolutamente mercantil donde nadie es irremplazable, todavía quedan historias de artistas inimitables, relatos que en realidad son mitos fundacionales y genios que han levantado imperios revolucionarios. Ellos son los que mantienen viva la idea de que la moda es algo más que un negocio muy rentable.

¿Qué pasará cuándo Karl Lagerfeld, Miuccia Prada o Ralph Lauren se retiren? Tiene 80, 65 y 74 años, son las figuras más carismáticas del sector y, en la mente de los expertos, no aparece ningún sucesor digno de dirigir las marcas en las que trabajan.

Lauren fundó, a partir de una pequeña firma de corbatas, un emporio millonario basado en la idea de una América elitista poblada por las adineradas familias de los primeros emigrantes irlandeses. Él no pertenecía a esa casta (de hecho viene del Bronx) pero la coherencia con la que supo construir esa mentira logró que todos los americanos, ricos y pobres, quisieran mentir con él, y disfrazarse con un estilo que, a partir de aquel momento, empezó a pertenecerles. Su modelo de marca y de empresa (vende absolutamente de todo, de camisas a vajillas) es indistinguible de su persona. En una entrevista reciente concedida a la revista Port, Lauren confesaba que le obsesiona la idea de morir después de todo lo que ha construído. Y aunque todo apunta que le sucederá en la empresa su hijo David, muchos desconfían de que la marca favorita de los americanos siga siéndolo tras la retirada de su líder.

Se buscan inventores

"Un sucesor debe ser también un inventor, nunca un imitador. El motivo es bastante simple: todas las marcas de éxito fueron creadas por inventores", comentaba la famosa consultora Floriane de Saint Pierre respecto a este tema en la revista Business of Fashion.

De Karl Lagerfeld se podría decir, a priori, lo contrario: diseña en Chanel y diseña a partir de su legado, reformulando sin cesar las invenciones de su fundadora. Pero ostenta ese puesto desde hace más de treinta años (que en moda equivale a varios siglos). La sucesión de Coco Chanel en la empresa fue, además, uno de los temas más complejos a los que se ha enfrentado la industria. Hasta el sociólogo Pierre Bourdieu se hizo eco del asunto en algunos de sus textos. En Lagerfeld encontraron una figura casi tan carismática como la de Coco, porque eso era lo que hacía falta: no diseños novedosos, sino una nueva personalidad que siguiera alimentando el mito de la casa de moda más importante del mundo. Es el único diseñador que, sin ser dueño de la marca, tiene un contrato de por vida y ha asegurado que morirá diseñando. Hoy es difícil (por no decir imposible) encontrar directores creativos que cubran ese perfil.

El pasado febrero, Miuccia Prada se (auto)nombró presidenta de su marca homónima. Hasta entonces el título pertenecía únicamente a su marido, Patrizio Bertelli. Ella se dedicaba a las laboras de diseño, al menos oficialmente. El movimiento no ha sido caprichoso: Miuccia, de pasado comunista, feminista a su manera y sutilmente irreverente, ha creado la mayor parte de las tendencias que todos llevamos (vía clones de Zara) durante las últimas décadas. Sabe que su reinado no durará mucho más tiempo, y prefiere hacer y deshacer los asuntos de su imperio antes de que eso ocurra. No tiene descendencia ni conoce a nadie con quien compartir su peculiar visión de la moda. Quizá cierre las puertas con candado al salir.

En cualquier caso, ahora que la industria muestra sin tapujo lo que ha sido siempre, una industria, el seductor discurso de genialidad, carisma y talento artístico se apagará cuando estas figuras se retiren. La moda, tal y como se entendió durante siglos, morirá un poco con ellos. Quedarán acuerdos empresariales, cambios vertiginosos en los equipos de diseño y montañas de informes de ventas, pero muy poco de ese relato de emprendedores y genios que la convirtieron en el objeto de deseo de varias generaciones.

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