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Este es el país donde más vino se bebe del mundo

Con la venia de Dios...

In vino veritas (En el vino está la verdad) decía el proverbio latino y los habitantes del Vaticano se tomaron muy en serio el aforismo. Tanto es así que han llevado la sentencia al máximo de su expresión, buscando la verdad en el elixir sagrado y convirtiéndose en el país que más vino consume del mundo.

Con solo 800 habitantes y 0,44 kilómetros cuadrados, el país más pequeño del planeta consume 45.000 litros de vino al año. Es decir, cada habitante del Vaticano ingiere 54 litros anuales, unos 4,5 litros al mes.

Pero, ¿a qué se debe ese ingente consumo?

Lo más lógico sería pensar que con la cantidad de misas que celebran, las botellas se van descorchando a mansalva por razón de su desempeño eclesiástico, pero el estudio elaborado por el Instituto del vino de California y la Organización Internacional de la Viña y el Vino no ha tenido en cuenta en la ecuación el vino de misa.

Con solo 800 habitantes y 0,44 kilómetros cuadrados, el país más pequeño del planeta consume 45.000 litros de vino al año

La razón más lógica para explicar el gran consumo de vino podría ser la demográfica. Los habitantes del Vaticano, prelados, obispos, monjas y funcionarios, son todos personas adultas, en la mayoría de los casos ya muy envejecidas, que viven en comunidad y comen en comedores donde fluye el vino.

"La mayoría de los habitantes del Vaticano cumple con un perfil clásico del consumidor de vino: hombres mayores de 50 años, solventes y sin niños a su cargo", analiza Raquel Pardo, periodista especializada en el mundo vinícola.

A esta apreciación se le suma el hecho de que en un país con una densidad de población tan alta, se pueden generar resultados desorbitados en las estadísticas.

"El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia de la fiesta y la alegría de la celebración. ¡No hay fiesta sin vino!"

Sin embargo, hay otra razón más que hincha las estadísticas: al papa Francisco le encanta el vino. Uno de los regalos más comunes que recibe son botellas de vino procedentes de todo tipo de viñedos y cosechas que regularmente comparte con los demás habitantes del país. Casi que podría decirse que la afición la lleva en la sangre: el propio abuelo del papa era un productor vinícola de la zona del Piamonte.

Hace un mes, en una catequesis semanal, Francisco recordó a su audiencia la historia del milagro de las bodas de Caná en el que Jesús convirtió el agua en vino. "El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia de la fiesta y la alegría de la celebración. Un banquete nupcial sin vino es una vergüenza para los recién casados, imaginaos acabar el banquete bebiendo té, sería vergonzoso. ¡No hay fiesta sin vino!".

Así, el proverbio latino queda completado. In vino veritas, non est festum sine vinum.

En el vino está la verdad, no hay fiesta sin vino.

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