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"Mi padre pasaba mucho tiempo fuera de casa; solo nos unieron los videojuegos"

Esa figura admirada y respetada a la que solo le has pedido dinero o con la que solo has hablado del tiempo: tu padre

En El árbol de la vida de Terrence Malick, Mr. O'Brien es un hombre tosco y austero que intenta enseñarle a su hijo Jack las claves para enfrentarse a la hostilidad de la vida. Sin embargo, los cuidados de Mr. O'Brien están completamente alejados del pequeño Jack. Ese amor del padre no es el que Jack busca, que al final siempre encuentra refugio en su madre.

El padre es el tipo al que sus hijos ven como un héroe cuando son pequeños. Son admirados y respetados pero, sin embargo, siendo personas tan cercanas, la comunicación con sus hijos varones es casi siempre nula. El padre siempre ha faltado al partido de béisbol, no se ha acordado de la actuación teatral o ha llegado tarde al cumpleaños. A pesar de todos sus esfuerzos por conectar, todo se reduce a hablar del tiempo, a dar dinero y sermones que nadie quiere escuchar.

Pedimos a nuestros lectores que salieran del armario (aunque en el anonimato) y que nos contaran las relaciones con sus padres. Que nos contaran por qué a los hijos varones les costaba tanto entrar en confianza con sus padres y por qué a los padres les costaba tanto comunicarse con sus hijos. Esto fue lo que nos dijisteis , una colección de testimonios especialmente interesante para reflexionar (y redefinir) las relaciones padre -hijo.

“Mi padre era un león con una astilla en la pata”

Cuando era pequeño, yo admiraba a mi padre. Él podía lograrlo todo. Montaba muebles, pintaba cuadros, saltaba desde las rocas al lago. Sin embargo, cuando me hice mayor, comencé a tener relación con mi madre. Y no entendía cómo un hombre inteligente y habilidoso no veía las inmensas cualidades que tenía mi madre.

Se separaron y yo me fui con mi madre y mis hermanas. Vivía en un nido de amor y cariño. Él se volvió cada vez más ausente e intentaba llenar esos vacíos con regalos o llevándonos de viaje los fines de semana. Nos cambiamos de ciudad y él seguía acercándose para lograr el cariño de mi madre y el nuestro. Había creado una desconfianza a través de su autoritarismo, el del hombre que ordena sin atender a razones. Es algo que él había mamado de pequeño.

Pensaba que él era como un león con una astilla en la pata y que era violento por su mala suerte, no por su manera de ser

Cuando crecí quise recuperar la relación con mi padre. Me trasladé al norte, a la ciudad en la que él residía. Yo trabajaba en una piscina y los fines de semana íbamos a las ferias a comprar antigüedades o a comer “mote con huesillos”. Sin embargo, al poco tiempo de estar juntos, noté que la relación era muy distante. Era muy irascible. Me propuse penetrar en su intimidad y ayudarle. Pensaba que él era como un león con una astilla en la pata y que era violento por su mala suerte, no por su manera de ser.

Intenté hablar con él muchas veces, abriéndome a mí mismo, pero él seguía cerrado en banda. Una noche tuvimos una discusión muy fuerte y casi llegamos a las manos. Sentí mucho poder en ese momento, pero decidí irme. Me arrepentí de ese episodio. No sé si ese momento le hará pensar su relación con su hijo, pero seguiré intentando ayudarlo. Al final solo pienso que es un hombre fuerte con un pasado triste. Y el día que consiga sacarle la astilla será el padre que siempre quise tener.  

“Le dije a mi padre que era homosexual”

Nunca en mi vida he hablado con mi padre. Cuando era niño, mi padre era una especie de héroe, pero toda nuestra comunicación se reducía a cuando yo le pedía dinero para comprar golosinas o cuando él me sermoneaba. Yo quería que me enseñase a jugar a fútbol pero nunca lo hizo. Y cuando me frustraba por cosas como estas, él no sabía calmarme, sino que me reprendía y me hacía sentir aún peor.

Cuando llegué a la adolescencia, me obligó a ir a trabajar con él a su taller de cerámica. Era un trabajo que a mí no me gustaba y le comencé a odiar. Dentro del taller solo hablábamos con monosílabos: “Haz esto, haz lo otro”. Y luego me soltaba algún que otro sermón para enfrentarme a la vida.

Esa falta de comunicación nunca me dio la confianza como para abrirme ante él. Pero era mi padre, y un día que no podía más, se lo dije: era homosexual. En lugar de ayudarme solo me dijo que me callara y que siguiera mi vida como si no fuera gay. Tenía 17 años y mucho miedo. Decidí hacerle caso.

Los padres creen que deben convertirse en una especie de superhombre para guiar a su familia. Y en la interpretación de ese papel se deshumanizan, como le ha ocurrido con mi padre

Desde entonces he vivido con miedo. Ahora estoy en la universidad y con un trabajo precario, soy más o menos independiente.

Después de todo esto, me pregunto: ¿cómo un padre puede, debido a su poca capacidad de comunicación, dejar a su hijo en una orfandad emocional terrible? ¿Cómo sería mi vida si mi padre se hubiera preocupado por lo que yo sentía?

Nunca he tenido una relación sentimental por miedo al rechazo o por no saber acercarme a la gente. Mi vida social ha sido casi siempre nula. Me he sentido solo, frustrado por no poder decir todo lo que pensaba porque al primero a quien no podía decírselo era a mi padre.

Siento que los padres creen que deben convertirse en una especie de superhombre para guiar a su familia, para ser un ejemplo. Y en la interpretación de ese papel se deshumanizan, como le ha ocurrido con mi padre. En mi infancia le recuerdo jovial y alegre. Ahora es un viejo gruñón de 58 años.

“Mi padre pasaba mucho tiempo fuera de casa. Nos unieron los videojuegos”

Mi padre trabajaba mucho, llegaba tarde a casa o tenía que viajar mucho y estaba semanas enteras fuera. Le echaba mucho de menos y valoraba el tiempo que podía pasar con él: jugábamos a fútbol, veíamos deportes en la tele, íbamos al estadio, podía abrazarlo e incluso decirle que le quería.

Mi padre estaba mucho tiempo fuera de casa. Cuando me compró mi primera PlayStation, yo le enseñé a jugar y nos unió mucho un juego de golf

Cuando me compró mi primera PlayStation, yo le enseñé a jugar y nos unió mucho un juego de golf. Pasábamos muchas horas jugando juntos y mi madre se enfadaba porque él tenía que madrugar al día siguiente y yo tenía que hacer los deberes.

Ahora que soy mayor (26), la relación es más distante. No le veo ni hablo mucho, y le echo de menos. Le reprocho que no pasara más tiempo conmigo, pero es mi padre y pienso que siempre quiso —y quiere— lo mejor para mí.

“Mi marido no hablaba con su padre; ahora tampoco lo hace con nuestros dos hijos”

Mi mayor preocupación siempre ha sido la poca comunicación que ha tenido mi marido con su padre. Nunca hablan por teléfono y cuando vamos a verlos, apenas hablan. Yo estaba obsesionada y le preguntaba si había ocurrido algo cuando él era pequeño, ya que nunca me contaba nada de su padre. Su padre tiene 84 años y no sé si conseguirán arreglar la relación. Lo que me preocupa ahora es que con nuestros hijos, de 22 y 24 años, mi marido repite la misma conducta que su padre tenía con él. Mis hijos se quejan de esto, pero cada día que pasa hablan menos y se cierran más.

“Todo el amor que pretendía darnos fue en vano, porque nunca se comunicó con nosotros”

Mi padre fue una persona luchadora toda su vida. Alguien muy aguerrido. Siempre quiso dar lo mejor a sus hijos, protegiéndonos de una sociedad que el consideraba dañina y trabajando a destajo para darnos una buena calidad de vida. Pero todo este amor que él pretendía darnos fue en vano, porque nunca se comunicó realmente con nosotros. Quería inculcarnos unos valores pero nunca supo hacerlo. Jamás se sentó a entender qué es lo que nos pasaba por la cabeza, qué preguntas nos hacíamos, cómo veíamos el mundo...

Me gustaría poder decir que soy amigo de mi padre

Con el paso de los años estaba cada vez más sumido en el trabajo, en las obligaciones y en las deudas. Mientras, nosotros crecíamos y comenzábamos a tomar nuestro camino. La distancia era cada vez más evidente.

Vi que mi padre no era mi consejero ni mi acompañante. Físicamente no lo veía. Sabía que tendría su apoyo económico, pero nada más. Ahora tengo 24 años y siento la figura paterna a muchos kilómetros. Me gustaría poder decir que soy amigo de mi padre, pero no es verdad. Él pronto envejecerá, yo pronto consolidaré mi vida y solo me gustaría sentirlo más cerca, porque le agradezco de corazón todo su esfuerzo.

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