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El “padre de lo hipster” opina que los transexuales están locos

Cosas muy desagradables: los modernos retrógrados

"No estamos ciegos. Sabemos que no hay transexuales viejos. Mueren por sobredosis o se suicidan antes de los 40 y nadie se da cuenta porque nadie los conoce. Son homosexuales mentalmente enfermos que necesitan ayuda, y dicha ayuda no incluye ser mutilado por los médicos. No son mujeres atrapadas en cuerpos de hombre. Son locos atrapados en el cuerpo de un loco".

El párrafo corresponde al ensayo "La transfobia es perfectamente natural". Publicado en Thought Catalog, quien firma es Gavin McInnes, cofundador de la revista Vice y apodado durante años el "padre de lo hipster".

A McInnes se le ha conocido siempre por sus opiniones radicales. Comentarista habitual en la FOX, y autor de tweets incendiarios contra cualquiera de sus detractores, hace un año declaraba a la cadena ABC: "el feminismo ha hecho a las mujeres más infelices. La gente sería más feliz si las mujeres dejaran de intentar ser hombres".

Tampoco ha tenido reparos en confesar su orgullo al comprobar que la mayoría de los hipsters residentes en Williamsburg son blancos. En aquel momento McIness era el director de Vice, puesto que abandonó en 2007 alegando "diferencias creativas". Hoy se dedica a apoyar al Partido Republicano, a escribir ensayos y dar opiniones incendiarias y a gastarle bromas pesadas a los medios de comunicación. Como aquella vez que le hizo creer a Gawker que se había comido un bol de cereales con pis. También gestionaba una agencia de publicidad, Rooster, aunque, al parecer, su fobia a los transexuales ha sido motivo de despido.

¿Postureo? Probablemente. Pero lo cierto es que las continuas llamadas de atención de McIness mediante estos manifiestos y actitudes ultraconservadores son herederos de una época, los primeros 2000, que convirtió a la incorrección política en el estilo favorito de aquellos que quisieron ser modernos. Una década en la que estos comenzaron a vestirse como camioneros de hace cincuenta años, en la que se exhibían campañas publicitarias influídas por las cintas de porno casero bajo el supuesto de la "libertad sexual" y en la que Vice comenzó a dejar de ser una publicación independiente para pasar a convertirse en el gigante mediático que es a día de hoy.

Ya en 2003 el New York Times le dedicaba un perfil a la cada vez más potente maquinaria Vice, refiriéndose a ellos como los padres del movimiento hipster (no en vano, su sede llegó a Williamsburg mucho antes de que esa zona conociera el café orgánico y la ropa vintage) y definía así su imaginario:

"Su estética se basa en camisetas de segunda mano con logos del equipo de fútbol del instituto y en gorras de camionero. En lo que respecta al entretenimiento, sus referentes son grupos que resucitan el rock sureño, como Kings of Leon, y programas de skaters cargados de testosterona como Jackass y Punk'd. Vice pasa de aquel dañado sentido de la responsabilidad que definió a la generación de Nirvana y abraza la crudeza de las fiestas de hermandades y los estereotipos raciales. Es como una revista de tíos para la gente de Williamsburg".

O, en pocas palabras, una vuelta a la estética y las formas de entretenimiento del señor machista, malhablado y conservador de hace cincuenta años. Pasado, obviamente, por el filtro de la ironía.

El triunvirato Vice, Terry Richardson y American Apparel

Hoy la etiqueta hipster alude a individuos tan dispares que ya no significa nada. Han corrido ríos de tinta cuestionándose si este movimiento (con el que no se siente identificado ninguno de sus miembros) esconde una base conservadora camuflada bajo preferencias culturales novedosas y estilos de vida consumistas. Sea o no sea el caso, lo cierto es que la ironía les ha servido como escudo ante ciertas actitudes. La palabra cinismo consiguió, hace una década, que se pudiera bromear con casi cualquier cosa, que todo fuera juzgado únicamente por su vertiente estética.

Como se detalla en un reciente reportaje publicado en la revista Grant Land, los primeros años del nuevo siglo fueron los años del despegue de Vice, del triunfo de Terry Richardson y de la fama de la marca American Apparel. Salvando mucho las distancias entre la primera y los segundos, este triunvirato logró enganchar a una generación a través del gancho de la incorrección política.

Hoy incluso se habla de " sexismo hipster", es decir, de la proliferación de imágenes y actitudes machistas entrecomilladas, como si al teñirlas de comicidad fueran menos sexistas. "La sexualización constante de las imágenes femeninas en revistas como Vice, anuncios de American Apparel o en la fotografía de Richardson crearon una falsa disyuntiva: si te molestaban, es que eras un cerrado de mente", cuentan en la revista.

Pero no sólo abrieron esa doble vertiente: mientras American Apparel retrataba a chicas desnudas aludiendo a la transgresión y la modernidad, la marca se jactaba de tener unas políticas justas con sus trabajadores y respetables con el medio ambiente. Y mientras Vice se mofaba de culos gordos y estilismos fuera de lugar en su mítico Do y Dont's, enviaba a sus redactores a zonas bélicas, investigaba a fondo casos de corrupción y publicaba (y publica) notables reportajes de periodismo gonzo. Sí, van a la semana de la moda puestos de LSD, pero también se desplazan hasta Irak para comprobar en carne propia el funcionamiento de ISIS.

McInnes y sus proclamas radicales han forjado todo un estilo que la publicación sigue manteniendo, pero hoy Vice es un gigante de la comunicación con sede en varios países, que factura casi 500 millones de dólares al año y que acaba de firmar un contrato millonario nada menos que con Fox, bastión de la América republicana.

La carrera por el público joven

Hoy Vice tiene un poderosísimo rival que le hace sombra si hablamos de llegar al público joven: Buzzfeed, el medio que empezó probando mediante prueba y error cómo funcionaba la viralidad en Internet y que, pocos años después, quiere ir más allá de sus míticas listas y lanzarse, como Vice, a la producción audiovisual y los contenidos de calidad. Incluso ha contratado a un premio Pulitzer, Mark Schoofs, para que se encargue de las investigaciones. Para ello acaba de recibir una inversión de casi 40 millones de euros de Andreessen Horowitz, una firma de capital riesgo de Silicon Valley.

Buzzfeed y Vice son dos de los nombres principales en la actual la batalla mediática de Internet, y por lo mismo son una buena herramienta para comprobar cómo han cambiado nuestras actitudes ante la información en los últimos diez años.

Obviamente, sería impensable que Buzzfeed publicara un ensayo tan radical como el que McInnes escribió en Thought Catalog (una web que, por otro lado, se basa en la libertad absoluta de opiniones). Tampoco es tan descabellado que lo hubiera hecho en Vice hace algunos años, siempre escudándose, claro, en el chiste y en la transgresión como epítome de lo cool.

Buzzfeed suele hacer contenidos inocuos, entretenimiento de fácil digestión y reportajes que, cuando son críticos, tienen como blanco a empresas poco limpias, a actitudes racistas o a todo tipo de hechos comúnmente censurables: su fórmula es tan políticamente correcta como adictiva. En cambio, Vice necesita el humor negro y la risa grosera; tradicionalmente ha preferido la ridiculización al argumento.

Recientemente, el New York Times afirmaba que la media de edad de los espectadores que ven la serie de Vice en la HBO oscila entre los 46 y los 50 años. Su público en Internet es más joven, pero tampoco son los adolescentes que disfrutan rellenando tests de Buzzfeed. Donde antes importaba la incorrección, la risa fácil y las posturas radicales, ahora son los contenidos divertidos, inofensivos y políticamente correctos los que marcan la pauta.

Vice está más vivo que nunca, pero se juega su puesto con un medio diametralmente opuesto en estilo, estética y valores. Conviven dos generaciones, y quizá por eso McInees, antes de cargar con los transexuales escribió un libro titulado "La muerte de lo cool". Dentro de unos años, es posible que acabe contando a sus colegas de Williamsburg que, cuando era joven, vestir como un camionero y hacer chistes con los negros, los liberales y a las feministas era una cosa muy guay.

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