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Una oficina demasiado buena para ser real

Les vendieron el mejor espacio de co-working. Lo que no sabían es que formaban parte de un experimento…

Abres el periódico y ves un anuncio en el que se ofrece la zona de co-working con la que todo freelance soñaría. Espacios abiertos y luminosos en la segunda planta de una fábrica reformada. Mobiliario colorido y diverso. Un jardín zen y hasta un conejo. La tarifa es ridícula: apenas 3 euros al mes. Te apuntas corriendo. Pronto el ambiente es estupendo y compartes el espacio con unos 50 freelances que como tú andan metidos en “el mundo creativo”. Estás encantado.

Sin embargo un buen día todo empieza a cambiar. Primero es una alfombra que desaparece. De pronto el conejo, al que habéis puesto nombre entre todos, ya no está. La organización da argumentos poco convincentes. La cama en la que echabas siestas se esfuma. Las mesas de colores se transforman en cubículos individuales grises. Y por si fuera poco un señor con cara de pocos amigos parece vigilarte desde un monitor situado encima de tu cabeza. ¿Te estás volviendo loco?

No, sencillamente estás siendo sometido a un experimento.

Trabajar en un tablero

Rebobinemos: un tiempo antes La galería de arte MU, situada en Amsterdam había contactado con el estudio de diseño KNOL, también holandés, para poner en práctica un pequeño juego en la segunda planta del edificio en el que se ubica la galería. Querían explorar las fronteras entre los nuevos espacios laborales flexibles y la experiencia tradicional de la oficina. Si en el nuevo mercado laboral estamos abocados a fluir, ¿significa eso que vamos a ser más productivos?, ¿que seremos más felices o haremos mejor nuestro trabajo?

Para comprobarlo, las diseñadoras Celine De Waal Malefijt y Jorien Kemerink, se pusieron rápidamente manos a la obra. Primero crearon el espacio más “cool” que uno puede imaginar (según la norma del profesional liberal joven) y poco a poco lo fueron sustituyendo por una pesadilla distópica salida de la película “Brazil”. Y por supuesto utilizaron a los incautos freelance del lugar como conejillos de indias. Uno de los puntos claves además era que cada cambio se hacía supuestamente, porque otros trabajadores lo habían pedido.

Como era de esperar, a los pocos días de cambios e incomodidades, unos cuantos trabajadores dejaron el lugar y nunca volvieron. Pero curiosamente otros se quedaron, pese al creciente malestar. Además, apenas hubo quejas. Los que se retiraron, lo hicieron sin ruido. Suponiendo que si el sentir general no iba con ellos, antes que pronunciarse, lo mejor era ahuecar el ala. Por último, se comprobó que la productividad de los que decidieron quedarse, lejos de reducirse, aumentó.

Las reglas del juego

Hace años que sabemos que en las oficinas de Google hay espacios temáticos, piscinas de relajación y cabinas para hacer la siestas. Que lo importante es mantener al profesional creativo distraído y cómodo para que las ideas fluyan. Pero, ¿y si no fuera así? De Wall Malefijt y Kemerink demostraron que, cuando la oficina era muy bonita y muy cómoda, la gente pasaba más tiempo echando cabezaditas o charlando que haciendo lo que se supone que tenían que hacer. Al recluirles en un cubículo con un vigilante, el volumen de trabajo creció exponencialmente.

Tal vez estamos tan acostumbrados a la autoridad que necesitamos tener un superior en el cogote para producir. O tal vez el hecho de tener en la oficina un sofá desde el que trabajar con el portátil hace que nuestras jornadas sean interminables, porque no existe una desconexión física entre nuestro espacio de trabajo y el sofá de nuestras casas. Desde ese punto de vista, ¿es mejor trabajar unas horas en un lugar donde estar concentrado, y luego romper con esa lógica e irse a casa a estar con la familia o los amigos en un espacio que sea sólo nuestro?, ¿necesitamos realmente trabajar tanto?, ¿preferimos trabajar más horas en un entorno distendido, o pocas en un espacio completamente distinto a nuestra vida personal?

Ante los retos futuros del mundo laboral, este debate parece más oportuno que nunca, y además es uno al que todavía le queda mucho recorrido. De momento, una cosa sí que es cierta: tener un conejo al que dar de comer siempre será mejor que estar encajonado entre cuatro paredes.

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