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4 nombres que revolucionaron los festivales de música

En la estela del último spot de Estrella Damm, repasamos a continuación algunas historias de éxito en el mundo de los festivales

La semana pasada Estrella Damm lanzaba su último spot y desde entonces se mantiene en lo más visto de YouTube España. Aun con el debate suscitado alrededor de la campaña, la historia de fondo en el video narra cómo dos hermanos deciden montarse un festival en una luminosa cala mediterránea para recibir el verano como se merece. La jugada les sale bien.

Lo cierto es que algunos de los festivales más importantes hoy nacieron de un modo parecido: aventura, improvisación y empuje. A continuación te presentamos cuatro historias de aventureros que revolucionaron el mundo de los festivales.

Michael Eavis, de granjero a organizador de Glastonbury

La historia de Michael Eavis es ampliamente conocida. No en vano, este agricultor del valle de Somerset lleva décadas al frente del mayor festival de música y artes performativas al aire libre del mundo. El año pasado Glastonbury congregó a más de 175.000 personas en la Worthy Farm, las tierras que Eavis posee en Pilton. Sin embargo, pero sus comienzos fueron modestos.

Influido por la ética hippie, Eavis se animó a organizar su primer festival en 1970 después de asistir a un concierto al aire libre de Led Zeppelin en el Bath Festival of Blues and Progressive Music. Aquel evento, bautizado como Pilton Pop, Blues & Folk Festival, consiguió reunir a 1.500 personas en torno a grupos como T. Rex, Quintessence y Al Stewart. Entonces las entradas para el festival costaban una sola libra.

A principios de los ochenta, la Glastonbury Fayre se transformó en lo que hoy conocemos como el festival de Glastonbury. Es decir, tres jornadas de música y artes escénicas que cada año reúnen en la granja de Eavis a los principales nombres de la música popular del momento. Entre otras cosas, su labor como promotor musical le ha valido a Eavis ser nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II de Inglaterra.

Barry Hogan, de booker para otros a fundador de la familia de festivales ATP

Haciendo un buen uso de la experiencia acumulada como agente de contratación de varios clubes londinenses, y como organizador de conciertos en salas a través de su pequeña promotora Foundation, en la primavera de 1999 Barry Hogan se lió la manta a la cabeza para organizar el Bowlie Weekender, un festival de fin de semana comisariado a nivel artístico por Belle & Sebastian.

El año siguiente nacía All Tomorrow's Parties como alternativa a los grandes festivales ingleses de siempre, manteniendo las señas de identidad de aquel primer weekender como factor diferencial, a saber: reinventar la figura del impopular complejo vacacional para convertirlo en el escenario perfecto para un “festival boutique”, cuyo cartel está seleccionado íntegramente en cada ocasión por un artista (no necesariamente músico) que ejerce como comisario artístico. Como dijo el propio Hogan en su día, cada festival ATP es “como una excelente mixtape” realizada por el curator de turno en función de sus propios gustos.

Con el paso de los años, ATP ha ido extendiendo su modelo a otras fechas y lugares con festivales y ciclos como I’ll Be Your Mirror, Nightmare Before Christmas o Don't Look Back, llevando sus tentáculos hasta eventos ajenos como Primavera Sound. Los problemas financieros que han sufrido en los últimos tiempos no empañan su labor y su enorme influencia a nivel internacional.

Conny Opper, de promotor de clubes über-hip a director del Berlin Festival

La leyenda de Berlín como oasis de sucios placeres noctámbulos le debe un par de capítulos a la figura de Conny Opper. Aquel local underground, bohemio y canalla, que a mediados de la década pasada festejaba la vida cada fin de semana entre las cuatro paredes del club Rio de Chaussee Strasse, sabrá bien de lo que hablamos. Rio cerró sus puertas convertido en leyenda de la noche berlinesa más ecléctica y gamberra, pero Conny no ha cesado en su empeño de agitar Berlín promoviendo clubes como Scala (otro enclave favorito de la comunidad más hipster de la ciudad mientras duró), fiestas como The Broken Hearts Club y bares como King Size. Su gran criatura, sin embargo, es el Berlin Festival. Desde su relocalización en las instalaciones del viejo aeropuerto de Tempelhof, el Berlin Festival ha ido mejorando su oferta y su logística organizativa para convertirse en un festival de primer orden, con carteles equilibrados y precios asequibles. Su mayor baza, sin embargo, es su emplazamiento en pleno nucleo urbano. Al Berlin Festival se va en bicicleta.

Kulturkosmos Müritzsee e.V., una asociación sin ánimo de lucro para un festival diferente

Fusion Festival

El Fusion Festival es y a la vez no es un festival musical al uso. Aunque la idea de fondo sea la de siempre (reunirse en un enclave físico a disfrutar de varios días de fiesta en torno a la música), el Fusion responde a unos rasgos de personalidad poco comunes. El festival está organizado por la gente de Kulturkosmos Müritzsee e.V., una asociación sin ánimo de lucro que entiende su propuesta como una forma de Ferienkommunismus (comunismo vacacional).

La asociación trabaja cada año para crear una “sociedad temporal paralela” libre de restricciones en la que, al menos de cara al público, se priman valores como la colaboración, la convivencia, la tolerancia o el respeto medioambiental por encima de los habituales intereses comerciales. No sabemos cómo lo hacen, pero la realidad es que el Fusion es un festival barato y anticomercial: no cuentan con ningún patrocinador importante, y el reciento está 100 % libre de publicidad. Para completar su estampa diferencial, la presencia de medios de comunicación no es bienvenida.

Con semejante política, este año han colgado el cartel de sold out.

Como de costumbre.

Contrarios a la idea del “cabeza de cartel”, en el programa del Fusion caben estéticas y niveles de popularidad de lo más diversas: desde músicas electrónicas hasta rock, desde hip-hop hasta klezmer, desde reggae y dub hasta tango finlandés; eso, bien condimentado con teatro, cabaret, performances o sesiones de cine. Por algo el Fusion se llama como se llama.

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