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De Black Mirror al iWatch: ¿qué va a ser de nosotros, yonkis de la red?

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Ya no sabemos relajarnos sin mirar Facebook ni hacer turismo sin consultar Google Maps. Nicholas Carr activa las alarmas al respecto en su último libro

Leticia García

24 Septiembre 2014 13:48

Hace un par de días, Charlie Brooker, el creador de Black Mirror, escribía en el diario The Guardian un texto sobre las implicaciones psicosociales del iWatch. Como era de esperar, el enfoque de Brooker no es demasiado optimista: el teléfono le cederá sus capacidades al reloj y, mientras este actualiza su sistema operativo (esos pocos minutos que, en nuestras cabezas, parecen una eternidad), calmará esas imperiosas necesidades de revisar nuestro email cada seis segundos.  "Si tuviera un reloj de Apple podría al menos juguetear con él mientras espero que mi móvil vuelva a la vida. Piénsenlo, ese es probablemente el único fin real de este reloj. Deberían haberlo publicitado de esa forma".

Simultáneamente, el ensayista Nicholas Carr escribía sobre las desventajas de este mismo aparato en la revista Time. Carr no hablaba de la impaciencia y la dependencia que nos había creado la tecnología sino que apelaba a la historia para sacar una conclusión similar: si la invención del reloj de pulsera había cambiado de arriba abajo nuestros ritmos vitales, ¿qué no haría un reloj capaz de desplegar tantas capacidades a golpe de muñeca?

Por supuesto, existen diversas voces en contra de la tecnología ponible y las consecuencias que tendrá en el modo de relacionarnos e incluso de percibirnos a nosotros mismos, pero todas han quedado enterradas bajo el inmenso impacto mundial que tuvo la presentación del reloj inteligente de Apple en Cupertino: no fue la presentación de un dispositivo tecnológico más, fue el acontecimiento social más importante del año. Una prueba irrefutable de cómo la compañía de la manzana es capaz de hacernos creer que lo accesorio es, en realidad, una necesidad.

Entre las voces disidentes que cuestionan nuestra fe en el progreso tecnológico, la de Nicholas Carr quizá sea, si no la más autorizada, sí la más mediática. El que fuera finalista del Pulitzer en 2001 con el bestseller Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? ha alertado en numerosos artículos y ensayos sobre los peligros de la tecnologización de lo cotidiano: la red ha mermado nuestras capacidades intelectuales al ofrecernos una información inmediata y fragmentaria, el exceso de datos ha hecho que el conocimiento se desvalorice y la pérdida de paciencia crea relaciones marcadas por el déficit de atención y la abstracción de los individuos.

Carr, que no se considera tecnófobo, sino crítico, aborda desde distintos frentes los cambios que la técnica está introduciendo en la percepción del ser humano. Mientras muchos esperan impacientes la llegada de ese mundo cómodo y funcional y la mayoría acatan sin rechistar, él intenta dar la vuelta al fenómeno: no se trata de qué puede hacer la tecnología por el ser humano sino de qué le queda al ser humano por hacer ante la tecnología.

Su nuevo libro, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas (Taurus), es un esbozo de una teoría actualizada de la evolución humana: la técnica ha configurado un nuevo ecosistema y, ante él, sus habitantes deben desplegar nuevas facultades adaptativas y relegar otras que les sirvieron para sobrevivir en épocas anteriores. El de Carr es un darwinismo 2.0 con perspectivas poco halagüeñas.

Aviones y barcos que se estrellan porque confiamos demasiado en la navegación automática, médicos que prefieren descifrar sus diagnósticos mirando a las pantallas sin centrar su atención en el paciente, conductores robot y estudios que nos alertan de que, pese a valorar socialmente el tiempo libre, no sabemos qué hacer con él.

¿Qué hacer cuando las máquinas inteligentes relegan nuestras habilidades a un segundo plano? ¿Cómo definirnos cuando nuestra percepción ya no se relaciona con la experiencia del cuerpo sino con una realidad virtual que desafía nuestros sentidos? ¿Dónde queda la confianza en nuestras capacidades cuando depositamos una fe sin fisuras en los dispositivos tecnológicos? ¿En qué se convertirá el lenguaje si las búsquedas de información cada vez necesitan menos palabras certeras? ¿Habrá que redefinir los códigos éticos ahora que los robots, esos humanoides sin libertad y responsabilidad, conducen, van a las guerras y hacen el trabajo sucio?

Hace unos días, Enrique Dans respondía a Carr en El País argumentando que el autor estaba sacando conclusiones precipitadas: "el tecno-escepticismo de Nick renuncia, desde mi punto de vista, a la visión de proceso, una visión que considero absolutamente imprescindible para analizar el efecto de la tecnología. Argumentos como 'los conductores que usan GPS se relajan en sus instrucciones y dejan de ver las señales de la carretera' pueden ser válidos, pero toman como base únicamente lo que ocurre en la primera fase del encuentro entre la tecnología GPS y el ser humano que la desarrolló", escribe.

Lo cierto es que Carr plantea sus críticas desde un enfoque alarmista y, como sostiene Dans, adelanta acontecimientos que no sabemos si van a suceder.

Pero esboza un término, el de 'complacencia tecnológica', cuya fuerza es palpable aquí y ahora. Somos incapaces de realizar cualquier labor intelectual sin Google, de hacer turismo sin Google Maps, de conducir sin un GPS o e incluso la idea de procrastinación o relajación momentánea no se concibe sin mirar Facebook o Twitter. Casi nadie se cuestiona ninguna de estas prácticas precisamente porque se han convertido en algo tan cotidiano que nos resulta casi imposible verlo con la distancia necesaria para que se produzca la crítica.

La complacencia, esa emoción aparentemente positiva, ha cambiado radicalmente nuestra forma de percibirnos, relacionarnos, informarnos y valorar el entorno. Quizá Carr peque de pesimismo y enarbole un discurso por momentos fatalista, pero cuando la falta de cuestionamiento entra en juego, son necesarios los gritos de alarma, las profecías distópicas y los ejemplos excepcionales.

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