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¿Y si el nazismo hubiese nacido de un delirio ecologista?

Nazismo y cambio climático, dos cómplices inusuales

Montañas de cadáveres apilados en zanjas. Miles de esqueletos en vida hacinados en barracones. Montones de enseres de quienes exhalaron su último aliento entre gases mortales… Si alguien saca a colación la masacre nazi, esa es la estampa que nos viene a la cabeza.

Pero, ¿y si te dijéramos que la motivación de Hitler respondió a una preocupación ecológica?

Dicho así, suena a chifladura. Sin embargo, esa es una de las tesis que defiende el historiador Timothy D Snyder —profesor en la Universidad de Yale y autor de obras ampliamente reconocidas como Bloodlands— en su más reciente libro, Black Earth. The Holocaust as History and Warning.

El "warning" del subtítulo no es casual. Snyder quiere advertirnos: el mundo visionado por Hitler podría no estar tan lejos como pensamos, y el holocausto podría repetirse.

Y no, esta vez la cosa no va de neonazis odiadores con bigotillo fino.  

Del pánico ecológico al Tercer Reich

"El holocausto comenzó en un lugar oscuro pero accesible, en la mente de Hitler", reza la nota promocional del libro. Y en ese lugar pasaban cosas que, a juicio de Snyder, aún no se han terminado de explicar.

Hitler, según el análisis del autor, no era un nacionalista. A él no le importaba la nación alemana, sino la raza. El nacionalismo era para él un instrumento político útil para lograr su objetivo final: eliminar a los estados soberanos para facilitar la vuelta a un estado natural puro. Llegados a ese estado, las razas lucharían por los recursos disponibles de acuerdo a esa "supervivencia del más apto" observada por la concepción darwinista.

En esa cosmovisión, Hitler veía en los judíos un obstáculo en la medida en que promovían ideas —desde el contrato social al contrato legal, desde el capitalismo al cristianismo— que prevenían al mundo de volver a ese estado natural de competencia brutal que él ansiaba. Hitler era, en palabras de Snyder, un "anarquista racial" que veía a los humanos como animales violentos, más que como sujetos políticos.

En la mente del Führer, eliminar a la población judía era un paso necesario para restaurar el balance natural del planeta y, así, asegurar para el pueblo alemán los recursos necesarios.

Es decir, Hitler habría actuado movido por una preocupación de raíz malthusiana. Demasiadas bocas para poco pan. Había que asegurarse el suelo, los cultivos, el alimento para su pueblo. Las promesas de la tecnología agrícola que luego darían lugar a la Revolución Verde las consideraba una mentira judía. Para él, su visión sólo era realizable por la vía colonial: había que destrozar a otros estados, y así para ganar terreno.

La expansión nazi se edificó sobre el principio del Lebensraum. Esa expresión, que se puede traducir de forma literal por "espacio vital" o "habitat" según el contexto, tiene una doble connotación: por un lado comodidad, por otro supervivencia.

"Para Hitler, las razas necesitaban más Lebensraum, más espacio para vivir, de manera que pudieran asegurarse el sustento y la propagación de su especie. La naturaleza demandaba que las razas superiores sometieran y privaran de comida a las inferiores. Dado que el deseo innato de cada raza era reproducirse y conquistar, la lucha era idenfinida y eterna", explica Snyder.

"Mi preocupación es que hemos malinterpretado el Holocausto, centrándonos en lo que es conveniente para nosotros e ignorando las que yo estoy convencido que son algunas de sus lecciones básicas", sostiene el autor. ¿Cuáles son esas lecciones?

" Los riesgos del pánico ecológico, algo que estaba en la raíz de la ideología y la llamada de Hitler, y las políticas de destrucción del Estado, que es lo que permitió que el Holocausto sucediera. Pocos vinculan el Holocausto al miedo a la escasez alimentaria y el desmantelamiento de los Estados, pero deberíamos".  

La misma amenaza, con dimensión global

Hitler fue hijo de la primera globalización, la que emergió entre auspicios imperiales a finales del siglo XIX. Nosotros somos hijos de la segunda, la de finales del XX. "La globalización no es ni un problema ni una solución; es una condición con una historia", nos recuerda Snyder. Y esa condición acarrea peligros específicos que resultan cada vez más evidentes.

En el último capítulo de Black Earth, el autor alude de forma somera a las matanzas en Ruanda como ejemplo de respuesta política con trasfondo racial ante una crisis ecológica; mira a la hambruna en Somalia como consecuencia directa del clima; o caracteriza la ideología catastrofista de un Vladimir Putin que tontea con una doctrina de "guerra étnica" y cuya política exterior niega la legitimidad de otros Estados vecinos.

Snyder se refiere a la inestabilidad política en Oriente Medio, a la amenaza del fundamentalismo islámico, la reintroducción de ideas antisemitas en Europa de la mano de los musulmanes norteafricanos, a las inundaciones y las sequías que vienen azotando países como Bangladesh o Libia, o a la especulación financiera en los mercados de materias primas.

También a China, un gigante con pies de barro con una ingente necesidad de recursos naturales —empezando por los combustibles fosiles y siguiendo por el agua potable— que podría despertar malas tentaciones.

"Enfrentados a crisis futuras, por ejemplo una serie de sequías anuales, los líderes de Beijing podrían llegar en 2030 a las mismas conclusiones a las que llegaron los líderes de Berlín en 1930: que la globalización que sirve a una exportaciones en auge debe ser complementada con un control duradero de espacio vital que asegure el suministro de alimentos", conjetura el historiador.

La solución ante un problema grave de escasez de recursos como el que muchos vaticinan podría pasar por definir un enemigo global a exterminar, para asegurar el abstecimiento del resto. Del Lebensraum nazi, a las Guerras del Hambre. De la búsqueda de espacio vital y confortabilidad, a la más desesperada supervivencia.

Y en el centro de esa posible deriva, el mismo pánico ecológico que, según la interpretación de Snyder, alimentó las intenciones expansionistas de Hitler.

El fantasma del mal banal

"La ideología nazi fue especial porque partió de la premisa de que los judíos estaban usando ideas universales falsas, éticas y científicas, para crear una crisis ecológica para los europeos y los alemanes. Pero las crisis ecológicas pueden volver, los miedos a la escasez pueden motivar que otras sociedades desarrolladas, y otras ideologías, traduzcan el pánico ecológico en agresión contra ciertos grupos".

Puede sonar alarmista, pero no deja de ser posible, e incluso probable.

Con su libro, Snyder quiere acercar el pasado al presente, hacer conexiones, para llevarnos a reflexionar.

Porque, ¿qué pasará el día que nuestras fronteras se vean asaltadas cada mes por centenares de miles de personas que no huyen de guerras ni buscan disfrutar de un estándar de riqueza como el nuestro, sino simplemente tener agua limpia que beber, un pedazo de tierra fértil que poder cultivar, un algo que llevarse a la boca? ¿Qué harán los Estados entonces?

Y tú, llegados a ese escenario, ¿de qué lado te querrías ver?

¿Invasor o invadido?

¿Rescatador o verdugo? 

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